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Decreto godo: más allá de las etiquetas identitarias

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Del “decreto godo” al “modo canario”: cómo el lenguaje político nos maneja más que los decretos

Introducción

En las últimas semanas, expresiones como “decreto godo”, “decreto Canarias” o “modo canario” han colonizado titulares, debates parlamentarios y tertulias de bar. Más que simples ocurrencias, son etiquetas diseñadas mediante sofisticadas técnicas de framing (enmarcado) para activar emociones muy profundas en la sociedad canaria. De paso, se consigue desviar la atención del contenido real de las medidas que se aprueban. En un archipiélago que enfrenta retos históricos frente al cambio climático y la desigualdad estructural, este texto propone mirar menos al adjetivo identitario y más a lo que de verdad se decide cuando se firma un decreto.

El día que un decreto se convirtió en “godo”

La frase en sede parlamentaria que lo cambió todo

En una sesión aparentemente “técnica” sobre ayudas económicas, el vicepresidente del Gobierno de Canarias soltó la expresión “decreto godo” para referirse al paquete anticrisis aprobado desde Madrid. La frase, lanzada con un gesto de indignación meticulosamente calculada, encendió rápidamente la sala. Aplausos en su bancada, caras de sorpresa en la oposición y un murmullo que ya anticipaba los titulares del día siguiente. En unos pocos segundos, un texto de varias páginas de farragoso lenguaje jurídico quedaba reducido a dos palabras cargadas de historia, agravio y resentimiento.

De medida anticrisis a meme político

A partir de ese instante, el decreto estatal dejó de ser un conjunto de artículos y disposiciones normativas para convertirse en un símbolo perfecto del supuesto “olvido” peninsular hacia las islas. Programas de radio, columnas de opinión y memes en redes sociales repitieron la etiqueta “decreto godo” hasta vaciar casi por completo cualquier matiz sobre su contenido real y sus implicaciones presupuestarias. Lo que debió haber sido un debate riguroso sobre la suficiencia del escudo social, quién se beneficia de las ayudas o qué sectores vulnerables quedan excluidos, terminó convertido en una trinchera: o estás con Canarias o estás con los “godos”.

Qué significa realmente llamar “godo” a un decreto

El peso histórico de la palabra “godo” en Canarias

En el ámbito de la sociología política, sabemos que el lenguaje crea realidades. La palabra “godo” no es, ni mucho menos, neutra en el imaginario canario. Durante décadas ha servido para nombrar, con mayor o menor acritud, a lo que se percibe como un poder externo, centralista, extractivista o ajeno a la realidad de las islas. No es solo una etiqueta geográfica; es un significante que resume una larga historia de desequilibrios económicos y decisiones tomadas a miles de kilómetros. Usarla en la tribuna parlamentaria no es un accidente freudiano, es una estrategia deliberada para convocar ese malestar acumulado y polarizar el debate.

El mensaje implícito: “esto no es para nosotros”

Cuando un dirigente institucional habla de “decreto godo”, en realidad está emitiendo un mensaje polisémico sin necesidad de argumentarlo empíricamente. Está sugiriendo que el texto aprobado en el Consejo de Ministros ignora las singularidades del Régimen Económico y Fiscal (REF). Que nos trata como una simple nota a pie de página. Y que, en el fondo, viene dictado por tecnócratas que jamás han sufrido el colapso de la sanidad pública isleña o la brutal crisis de vivienda impulsada por la turistificación. Esta carga implícita empuja a muchas personas a posicionarse de forma inmediata y visceral, a menudo sin haber leído una sola línea del Boletín Oficial del Estado (BOE).

Lo que no se discute cuando todo es “godo”

El principal peligro democrático es que, mientras debatimos si el decreto es “godo” o “canario”, el análisis material queda relegado. Rara vez se analizan con pausa los artículos que afectan a las rentas más bajas o al estado de los servicios públicos esenciales. Peor aún: se invisibiliza por completo la urgencia de la transición ecológica. Mientras se discute el origen geográfico del decreto, nadie cuestiona si las medidas perpetúan nuestra dependencia de los combustibles fósiles o si fomentan la indispensable democratización energética mediante fuentes renovables. La discusión se desplaza del terreno incómodo de los datos, como ese persistente ~33% de población en riesgo de pobreza (tasa AROPE) en Canarias, al terreno cómodo de las banderas.

Decreto godo

Cuando el Gobierno habla de “decreto Canarias”

El contrarrelato: “si Madrid no llega, respondemos nosotros”

Frente a la amenaza externa, surge el escudo interno. Casi como un reflejo condicionado, aparece el “decreto Canarias”, presentado por el Ejecutivo autonómico como una respuesta audaz a las carencias del Estado. El relato oficial se construye sobre una premisa proteccionista. Si el gobierno central no comprende nuestra vulnerabilidad, somos nosotros quienes debemos dar un paso al frente. Se apela, de forma constante, a la imagen de un Gobierno proactivo que ejerce de muro de contención frente a las injusticias peninsulares. Consolidando así la figura del «salvador» local.

Medidas que se venden como “muy nuestras”

En la maquinaria de la propaganda institucional, el “decreto Canarias” se empaqueta con expresiones como “medidas a la canaria”, “pensadas desde nuestra tierra” o “adaptadas a la ultraperificidad”. Se destacan en bloque bonificaciones, rebajas fiscales selectivas o inyecciones de liquidez a sectores fácilmente identificables con el tejido productivo tradicional. Sin embargo, la transparencia suele brillar por su ausencia. Pocas veces se explica a la ciudadanía cómo ese alivio fiscal puede desfinanciar servicios públicos, o si esas ayudas están condicionadas a criterios de sostenibilidad ambiental, reducción de emisiones o respeto a los derechos laborales básicos.

¿Defensa de Canarias o marketing institucional?

Todo esto da como resultado un relato épico, casi heroico. Es legítimo, y necesario desde el rigor politológico, preguntarse cuánto hay de protección social efectiva y cuánto de campaña de imagen diseñada para blindar el poder electoral. En muchas ocasiones, la letra pequeña de estas normas reproduce las mismas lógicas neoliberales y de concentración de riqueza que se critican de Madrid. El “decreto Canarias” termina funcionando más como un eslogan de supervivencia política que como una verdadera herramienta para redistribuir la riqueza o frenar la emergencia climática en nuestro frágil territorio insular.

Del eslogan al “modo canario” de hacer política

Quién inventa el “modo canario” y cómo lo vende

En paralelo a la guerra de decretos, se ha consolidado en este 2026 otra expresión hegemónica: el autodenominado “modo canario” de hacer política. Quienes ostentan el poder lo presentan como un paradigma superior de gobernanza, basado presuntamente en el diálogo, la transversalidad y la capacidad de forjar consensos. En discursos institucionales, publirreportajes y vídeos de campaña, se enmarca como una marca política propia, un «sello de calidad democrática» con denominación de origen que busca proyectar moderación y estabilidad.

Contra qué se define el “modo canario”

La sociología nos enseña que las identidades políticas suelen construirse por antagonismo. El “modo canario” se define por oposición a la política estatal. El ruido ensordecedor del Congreso de los Diputados, la polarización tóxica y la crispación mediática de la M-30. El relato insiste en que, en Canarias, «se habla, se negocia y se acuerda», mientras en la Península «se bloquean y se insultan». Este contraste auto-complaciente refuerza la idea de una sensatez intrínseca en las instituciones isleñas. Aunque los indicadores de desigualdad social y lentitud administrativa cuenten, a menudo, una historia radicalmente distinta.

Lo que oculta: viejas prácticas con nombre nuevo

Bajo esta atractiva pátina de “modo canario”, con demasiada frecuencia se esconden dinámicas de poder anquilosadas y poco transparentes. Hablamos de pactos de pasillo con grandes oligopolios turísticos y energéticos. Un reparto de poder que asfixia la pluralidad, y decisiones estratégicas (como grandes infraestructuras de dudoso impacto ambiental) tomadas de espaldas a la ciudadanía. Se renueva el envoltorio comunicativo, pero el metabolismo del sistema sigue siendo el mismo. El gran riesgo democrático es que la sociedad compre este relato de aparente modernidad. Mientras se aplazan sine die las verdaderas reformas progresistas que las islas necesitan.

“Godos”, “canarios” y el viejo pleito en versión 2026

El marco emocional: orgullo herido y orgullo canario

El éxito de este juego lingüístico radica en su capacidad para tocar fibras emocionales hondas. Por un lado, apela al orgullo herido de un pueblo que históricamente se ha sentido periférico y desatendido. Por otro, exalta el orgullo de pertenencia a una comunidad resiliente. El “decreto godo” explota la herida; el “modo canario” ofrece el bálsamo. Ambas narrativas crean un clima de épica permanente. Y como analistas sabemos que es extremadamente difícil argumentar con datos empíricos frente a quien siente que está defendiendo la dignidad de su propia tierra. Los estrategas políticos lo saben, y lo instrumentalizan.

De la política de contenidos a la política de etiquetas

La consecuencia más demoledora para la salud de nuestra democracia es que la esfera pública se satura de etiquetas fáciles de digerir pero vacías de contenido material. Empleamos más energía debatiendo si un representante público ha sido “muy canario” o “entreguista” en sus declaraciones, que en auditar qué ha votado realmente en relación a la Ley de Vivienda, la protección de los espacios naturales o las políticas de asilo y derechos humanos en la frontera sur. Hemos mutado de una política de propuestas a una guerra de identidades huecas.

Quién gana y quién pierde con este juego

Quien rentabiliza estos marcos discursivos es, indudablemente, quien los diseña: aseguran fidelidad del electorado, acallan la disidencia interna y mantienen a la base movilizada en torno a un enemigo externo. Sin embargo, la gran perdedora es la ciudadanía. Esa mayoría social que exige respuestas tangibles ante el encarecimiento de la cesta de la compra, la precariedad laboral, el colapso de la movilidad o la necesaria adaptación climática, y que a cambio recibe retórica. Cada vez es más complejo exigir responsabilidades estructurales cuando la gestión pública se evalúa a base de frases ingeniosas.

Decreto godo

De la tribuna al meme: lo que pasa en WhatsApp y TikTok

El viaje de la frase: titulares, tertulias y memes

En el ecosistema digital contemporáneo, la vida de expresiones como “decreto godo” no termina en el hemiciclo; allí solo empieza. Los equipos de comunicación recortan el vídeo, aíslan la frase incendiaria de todo su contexto técnico y la inyectan en las redes sociales. El ciclo de retroalimentación es implacable: un titular de clickbait, una tertulia matinal indignada, la creación de memes irónicos y su difusión masiva en grupos de WhatsApp. La presión virtual regresa luego a la política institucional, retroalimentando el bucle.

Identidad exprés: ser “muy canario” en 280 caracteres

Las plataformas premian la polarización. Posicionarse en este entorno algorítmico exige demostrar adscripción identitaria rápida, y la forma más eficiente es repetir el mantra del momento. Se comparte el corte de TikTok celebrando el «zasca», sintiendo que se hace patria, sin cuestionar si la medida en cuestión recorta derechos civiles o beneficia a fondos buitre. La identidad canaria, tan rica, plural y compleja, corre el triste riesgo de quedar reducida a una performance digital transaccional.

Lo que casi nunca se viraliza

Trágicamente, la complejidad no es viralizable. Un informe riguroso sobre la contaminación de nuestras aguas territoriales, un análisis sobre la necesidad de frenar el crecimiento turístico descontrolado o un debate sobre presupuestos progresivos, rara vez trascienden los nichos académicos. El algoritmo fomenta la bronca simbólica porque retiene la atención, invisibilizando el análisis profundo que nos obligaría a replantear, de manera radical, nuestro modelo de desarrollo socioeconómico hacia horizontes de justicia climática.

Y ahora, ¿cómo salimos del bucle de las etiquetas?

Tres preguntas para no tragarte el marco

Como ciudadanos críticos, la próxima vez que el ruido del “decreto godo” o el “decreto Canarias” inunde nuestros teléfonos, debemos hacer un ejercicio de autodefensa intelectual planteando tres preguntas. Primera: ¿qué dice el texto literal de la norma, más allá del adjetivo? Segunda: ¿a qué clase social beneficia materialmente, y a quién excluye? Tercera: ¿este decreto nos acerca a un modelo de islas ecológicamente sostenible y socialmente justo, o es un parche para mantener el statu quo?

Un “modo canario” que merezca el nombre

Quizás la verdadera construcción de un “modo canario” no resida en la complacencia dialéctica, sino en una praxis política transformadora. Un modelo propio que apueste por la democracia participativa real, la transparencia radical de las instituciones, la defensa inquebrantable de los derechos humanos y el liderazgo valiente en la transición energética. Evaluar el impacto real de cada política sobre los más vulnerables y rectificar cuando fallan; esos serían los mimbres de una gobernanza digna de tal nombre. Las verdaderas políticas «muy nuestras» deberían medirse por los derechos garantizados, no por la viralidad de sus eslóganes.

Conclusión

En el fondo, las palabras moldean nuestra visión del mundo, pero no pagan la cuota de los alquileres desorbitados, ni reducen nuestras emisiones de CO2, ni acortan las listas de espera sanitarias por sí solas. La próxima vez que escuches a alguien envolverse en la bandera para demonizar un “decreto godo” o glorificar un “modo canario”, detente un segundo. Mira más allá de la pirotecnia discursiva y pregúntate qué factura vital, social y climática estás pagando tú, mientras otros juegan a los dados con el diccionario. Porque los marcos se discuten con vehemencia en la tribuna, pero sus verdaderos efectos, fríos e implacables, te los encuentras en la cola del súper, en la cita del especialista y en el recibo de la luz.


¿Crees que la polarización lingüística en la política canaria está impidiendo que afrontemos debates estructurales, como el cambio de nuestro modelo energético y económico, o ves en estas disputas un reflejo necesario de la tensión territorial con el Estado?

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