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La hipocresía del capitalismo

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Europa ha decidido que el dinero sí existe. Y no cualquier calderilla, sino la asombrosa cifra de 800.000 millones de euros. Claro, no para hospitales, educación o políticas de vivienda, no nos volvamos ingenuos. Este maná financiero tiene un destino mucho más «digno»: rearmarse hasta los dientes. Después de décadas de sermones sobre austeridad, resulta que la chequera sí se abre cuando se trata de alimentar la maquinaria bélica. ¡Qué sorpresa!

Llevamos años escuchando la letanía de que no hay recursos para mejorar el sistema de salud colapsado, que las pensiones son insostenibles y que la educación debe apretarse el cinturón. Pero, ¡oh, milagro!, cuando la industria armamentística tose, los gobiernos europeos entran en estado de urgencia y desenfundan la billetera más rápido que un pistolero del Viejo Oeste. ¿Qué ha cambiado? Nada, salvo que las élites necesitan seguir asegurando su lucrativo negocio del miedo.

Este episodio es solo otro capítulo en la larga novela de la hipocresía capitalista. Se nos dice que invertir en el bienestar de la gente es un despilfarro insostenible, pero que verter fortunas en tanques, aviones y misiles es una necesidad incuestionable. Se nos predica austeridad con la misma convicción con la que se firman contratos millonarios con fabricantes de armas. Y todo, por supuesto, en nombre de la «seguridad». Porque, al parecer, lo que realmente nos mantiene a salvo no son médicos ni profesores, sino bombas y fusiles.

La historia nos lo ha demostrado una y otra vez: cuando el negocio de la guerra llama a la puerta, los gobiernos corren a atenderlo como si de un mesías se tratara. La Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la «lucha contra el terrorismo»… siempre hay un buen pretexto para desviar los recursos públicos hacia el bolsillo de las grandes corporaciones. Y ahora, con la tensión global en aumento, el argumento se repite con la misma teatralidad de siempre: necesitamos más armas, más gasto, más «disuasión». Mientras tanto, la crisis climática, la pobreza y la precariedad laboral pueden esperar. Total, ¿qué más da que la gente pase frío en invierno si al menos tenemos misiles nucleares relucientes en el almacén?

Pero vayamos un paso más allá en esta comedia grotesca. ¿Cómo se justifica este saqueo de los recursos públicos? Con la narrativa del miedo. Nos dicen que sin un rearme masivo, Europa estará indefensa ante amenazas inminentes. ¿Cuáles? Bueno, eso depende del día y del enemigo de turno. Rusia, China, el terrorismo, el caos… lo importante es que el peligro está ahí, acechando, y solo gastando cantidades obscenas en armamento podemos dormir tranquilos. Que luego esas mismas armas alimenten conflictos y desestabilicen regiones enteras es un pequeño detalle sin importancia.

Mientras tanto, los ciudadanos seguimos viendo cómo los hospitales colapsan, cómo los alquileres se disparan y cómo se nos pide «hacer sacrificios» por el bien de la economía. La ironía es tan densa que podría cortarse con un cuchillo. Al final, lo que queda claro es que no es una cuestión de falta de dinero, sino de prioridades. Y las prioridades del capitalismo son evidentes: cuando se trata de ayudar a la gente, siempre hay excusas; cuando se trata de engordar la industria militar, las puertas del tesoro público se abren de par en par.

Si algo nos enseña esta grotesca realidad es que la «seguridad» que nos venden no es la nuestra, sino la de quienes se enriquecen con la guerra. Nos recortan el bienestar mientras nos prometen protección con cañones y drones. Nos piden paciencia mientras firman contratos millonarios con fabricantes de armas. Nos dicen que «no hay alternativa», cuando la alternativa es evidente: invertir en la vida, no en la destrucción. Pero claro, eso no deja dividendos.

Así que sigamos observando esta tragicomedia en la que la pobreza, la desigualdad y el colapso ecológico son problemas menores en comparación con la urgencia de tener más y mejores armas. Y cuando nos digan que «no hay dinero» para garantizar derechos básicos, recordemos que lo que realmente falta no son recursos, sino vergüenza.

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