Comunidades energéticas en Tenerife: esperanza sí, milagros no
La energía también puede ser una forma de ciudadanía
Durante años nos acostumbramos a hablar de la electricidad como si fuera algo lejano. Algo que ocurría en centrales, subestaciones, líneas de transporte, despachos regulatorios y facturas incomprensibles. La ciudadanía aparecía casi siempre al final de la cadena: como consumidora, como pagadora y, muchas veces, como sufridora.
Las comunidades energéticas vienen a cambiar una parte de esa lógica. No toda, conviene decirlo desde el principio. Pero sí una parte importante. Permiten que vecinos, ayuntamientos, pequeñas empresas, cooperativas o entidades locales participen directamente en la producción, gestión y consumo de energía renovable. Es decir, que la transición energética deje de ser solo una gran política pública o un gran negocio empresarial, y empiece a ser también una práctica social cercana.
En Tenerife, este concepto empieza a adquirir protagonismo. El Cabildo, a través de la Oficina de Transición Energética de Tenerife, ha impulsado acciones de asesoramiento, formación y divulgación para dar a conocer experiencias reales de comunidades energéticas en la isla. En febrero de 2026 se presentó incluso una serie audiovisual destinada a visibilizar cinco experiencias reales, con el objetivo de acercar este modelo a ciudadanía, empresas y administraciones públicas. (Tenerife + Sostenible)
La dirección es correcta. Pero precisamente porque la idea es buena, conviene protegerla de su peor enemigo: la exageración.
Qué es una comunidad energética
Una comunidad energética es, en esencia, una agrupación de personas, entidades o administraciones que se organizan para producir, consumir, compartir o gestionar energía renovable de forma colectiva.
Puede adoptar distintas fórmulas. Una comunidad de vecinos que instala placas solares en una cubierta. Un ayuntamiento que aprovecha edificios públicos para compartir energía con hogares cercanos. Un polígono industrial que impulsa autoconsumo colectivo. Una cooperativa local que promueve generación renovable, eficiencia energética o movilidad eléctrica.
La clave no está solo en poner placas solares. Está en cambiar la relación entre ciudadanía y energía.
El Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía define el autoconsumo colectivo como aquel en el que varios consumidores se asocian a una o varias instalaciones de producción próximas. Esta modalidad permite que distintos usuarios compartan la energía generada, siempre dentro del marco técnico y administrativo previsto por la normativa. (Idae)
La idea, por tanto, tiene mucho sentido en una isla como Tenerife. Hay cubiertas públicas, centros educativos, instalaciones deportivas, comunidades de propietarios, polígonos, aparcamientos y edificios municipales que podrían convertirse en pequeños nodos de producción renovable.
Además, las comunidades energéticas tienen un valor que va más allá del kilovatio hora. Generan pedagogía. Hacen visible la energía. Permiten que la gente entienda cuándo se produce, cuándo se consume, cuánto cuesta, cuánto se ahorra y qué significa depender menos de los combustibles fósiles.
Eso, en una sociedad acostumbrada a mirar la factura con resignación, ya es bastante revolucionario.
Por qué son importantes en Tenerife
Tenerife tiene un problema estructural evidente: necesita avanzar mucho más rápido en la penetración de energías renovables. No por moda, ni por estética verde, ni por quedar bien en una memoria institucional. Lo necesita porque el actual modelo basado en combustibles fósiles es caro, contaminante, vulnerable y climáticamente insostenible.
En un sistema eléctrico insular, cada megavatio renovable bien integrado cuenta. Y cuenta más aún cuando se produce cerca del consumo, reduce pérdidas, aprovecha espacios ya ocupados y permite implicar a la ciudadanía.
Las comunidades energéticas pueden aportar cinco ventajas claras.
La primera es ambiental. Sustituyen parte de la generación fósil por energía renovable.
La segunda es económica. Pueden reducir la factura eléctrica de hogares, comercios o entidades públicas.
La tercera es social. Bien diseñadas, pueden ayudar a familias vulnerables mediante mecanismos de reparto solidario.
La cuarta es cultural. Acercan la transición energética a la vida cotidiana.
La quinta es territorial. Permiten aprovechar cubiertas y espacios urbanos sin abrir siempre el debate sobre suelo rústico, paisaje o afección territorial.
En una isla tan tensionada como Tenerife, esto no es menor. Cuando la implantación renovable en suelo genera oposición, las cubiertas, aparcamientos y espacios ya antropizados deben aprovecharse al máximo. Sería absurdo no hacerlo.
Pero sería igual de absurdo vender la idea de que con eso basta.
El riesgo del relato mágico
Aquí conviene ser muy claro. Las comunidades energéticas son necesarias, pero no suficientes.
Y este matiz no es una cuestión secundaria. Es el centro del debate.
En Canarias se ha instalado, en determinados sectores políticos y sociales, una idea aparentemente amable: si llenamos cubiertas de placas solares, impulsamos autoconsumo y creamos comunidades energéticas, podremos resolver prácticamente todo el problema energético sin necesidad de grandes infraestructuras, redes reforzadas, almacenamiento a gran escala ni generación renovable adicional en otros espacios.
Suena bien. Pero técnicamente es una simplificación peligrosa.
Una isla no se electrifica solo con buenas intenciones distribuidas por los tejados. Un sistema eléctrico necesita energía, sí. Pero también necesita potencia firme, estabilidad, control de tensión, reserva, capacidad de respuesta ante contingencias, gestión de excedentes, almacenamiento, redes robustas, protección frente a cortocircuitos y equilibrio permanente entre generación y demanda.
La electricidad no funciona como una hucha. No basta con producir mucho al mediodía si luego la demanda punta aparece por la tarde o por la noche. No basta con tener muchas instalaciones pequeñas si todas dependen de la red para sincronizarse. es insuficiente generar energía renovable si no se dispone de mecanismos adecuados para absorber excedentes, desplazar energía en el tiempo y mantener estable el sistema.
Este es el punto que muchas veces se omite en el discurso público.
La red no es el enemigo: es la condición de posibilidad
Buena parte del autoconsumo actual funciona conectado a la red. Es decir, las instalaciones fotovoltaicas domésticas o colectivas no operan como islas eléctricas autónomas. Se sincronizan con la red existente, se apoyan en ella, vierten excedentes cuando procede y consumen de ella cuando la generación propia no alcanza.
Esto no es un defecto. Es lo normal, lo eficiente, lo razonable.
Pero tiene una consecuencia importante: si la red falla, muchas instalaciones de autoconsumo convencional también se desconectan por seguridad. No están diseñadas para mantener por sí solas el suministro durante un cero eléctrico general. Para hacerlo necesitarían configuraciones específicas, almacenamiento, inversores adecuados, sistemas de respaldo, protecciones y capacidad de operar en isla interior de forma segura.
Por eso, cuando alguien presenta el autoconsumo como alternativa completa al sistema eléctrico, está confundiendo una pieza útil con el tablero entero.
La comunidad energética necesita red. Necesita regulación, contador, reparto, gestión, estabilidad del sistema. Necesita que el conjunto eléctrico siga funcionando.
Dicho de forma sencilla: una comunidad energética puede reducir la dependencia de la red, pero normalmente no elimina la necesidad de la red.
El avance normativo ayuda, pero no resuelve todo
Es cierto que el marco normativo está evolucionando para facilitar el autoconsumo colectivo. Según la Oficina de Transición Energética de Tenerife, el Real Decreto-ley 7/2026 incluyó medidas como la ampliación de la distancia para compartir energía de 2 a 5 kilómetros, una modificación relevante para barrios y municipios que quieran desarrollar comunidades energéticas con mayor flexibilidad. (oficinarenovables.es)
También el MITECO ha venido impulsando cambios para facilitar el autoconsumo colectivo, incluida la propuesta de crear la figura del gestor del autoconsumo colectivo, destinada a simplificar trámites y representar a los participantes. Según el IDAE, el autoconsumo en España se multiplicó por 17 desde 2018 hasta alcanzar 8.256 MW a cierre de 2024. (Idae)
Estos avances son importantes. Menos burocracia, más distancia de reparto y mejor gestión administrativa pueden acelerar muchos proyectos.
Pero no debemos confundir facilidad administrativa con suficiencia energética. Que sea más fácil compartir energía no significa que desaparezcan los límites físicos del sistema eléctrico. La normativa puede facilitar el camino, pero no deroga las leyes de la electricidad.

Comunidades energéticas y justicia social
Uno de los aspectos más interesantes de las comunidades energéticas es su posible dimensión social.
Una comunidad energética bien diseñada no debería ser solo una fórmula para que quienes ya tienen recursos instalen placas y reduzcan su factura. También debería servir para democratizar el acceso a la energía renovable.
Pensemos en familias que viven de alquiler y no pueden decidir sobre la cubierta. En comunidades de propietarios sin capacidad económica para acometer una instalación, personas mayores que no entienden la tramitación, barrios donde la factura eléctrica pesa demasiado o en pequeños comercios que tienen poco margen para invertir.
Ahí la administración pública puede jugar un papel decisivo. Un ayuntamiento puede poner cubiertas municipales al servicio de proyectos compartidos. Un cabildo puede asesorar, formar y coordinar. Una oficina técnica puede ayudar a evitar que la transición energética quede reservada a quien tiene dinero, tiempo y conocimientos.
La Oficina de Transición Energética de Tenerife se presenta precisamente como un servicio público de asesoramiento para apoyar a ciudadanía, empresas y administraciones en la producción y uso de renovables, tanto en modalidad individual como colectiva. (Tenerife + Sostenible)
Ese acompañamiento es fundamental. Porque una comunidad energética no nace solo con entusiasmo. Necesita proyecto técnico, forma jurídica, financiación, gestión administrativa, acuerdos de reparto, mantenimiento, seguros, relación con comercializadoras y comprensión mínima por parte de sus participantes.
Sin apoyo técnico, muchas buenas ideas se quedan en una charla bonita y una foto institucional.
El papel de los ayuntamientos
Los ayuntamientos deberían ser protagonistas de esta transformación. No todos tienen la misma capacidad técnica ni económica, pero todos tienen algo que aportar.
Pueden identificar cubiertas públicas disponibles, simplificar licencias, impulsar ordenanzas favorables. Pueden utilizar colegios, centros deportivos, mercados, aparcamientos o edificios administrativos. Promover proyectos con participación vecinal. Pueden reservar parte de la energía para hogares vulnerables. Pueden convertir la transición energética en una política de proximidad.
El MITECO publicó en febrero de 2026 una guía dirigida a municipios para fomentar el autoconsumo, explicando el marco normativo y las posibilidades de actuación de los ayuntamientos en edificios públicos, viviendas y actividades económicas. (Ministerio Ecológico)
Esto es especialmente relevante en Tenerife, donde los municipios tienen realidades muy distintas. No es lo mismo Santa Cruz que Vilaflor, La Laguna que Arona. No es lo mismo un barrio residencial, un casco histórico, un polígono industrial o una zona turística.
La política energética local debe adaptarse al territorio. Y ahí las comunidades energéticas pueden ser una herramienta flexible, cercana y comprensible.
El error sería contraponer comunidades energéticas y grandes soluciones
Uno de los debates más empobrecedores es presentar las comunidades energéticas como alternativa a cualquier otra infraestructura renovable.
No deberían serlo.
Tenerife necesita comunidades energéticas, autoconsumo, eficiencia, rehabilitación, almacenamiento distribuido, redes inteligentes, generación renovable a mayor escala, almacenamiento de gran capacidad, gestión de demanda y planificación territorial seria.
La transición energética no se resolverá con una sola herramienta. Mucho menos en un sistema insular.
Quien defiende únicamente grandes proyectos y desprecia la generación distribuida se equivoca. Pero quien defiende solo autoconsumo y comunidades energéticas como solución total también se equivoca.
La clave está en el equilibrio.
Las comunidades energéticas pueden reducir consumo de red en determinadas horas. Pueden mejorar la aceptación social de las renovables, distribuir beneficios, crear cultura energética. Ayudar a combatir la pobreza energética. Pueden aprovechar espacios urbanos.
Pero no pueden sustituir por sí solas a la planificación del sistema eléctrico. No garantizan potencia nocturna, ni resuelven automáticamente los picos de demanda. No eliminan la necesidad de almacenamiento. Dejan de aportar, salvo diseños muy específicos, los servicios técnicos que requiere una red insular para mantenerse estable.
Por tanto, el debate maduro no es comunidades energéticas sí o no. El debate serio es qué papel deben ocupar dentro de un sistema energético completo.
Tenerife necesita pedagogía energética adulta
Uno de los grandes problemas de la transición energética es que se comunica demasiado a menudo con consignas. Unos prometen que todo se arregla con placas solares. Otros agitan el miedo a cualquier instalación renovable. Unos convierten la energía en negocio puro. Otros la reducen a voluntarismo vecinal.
La realidad es más compleja.
Tenerife debe acelerar su transición energética, pero debe hacerlo con inteligencia. La ciudadanía tiene derecho a participar, pero también tiene derecho a recibir información completa. No basta con decir que una comunidad energética es buena. Hay que explicar para qué sirve, cuánto produce, cuándo produce, a quién beneficia, cómo se gestiona, qué límites tiene y cómo se integra en el sistema eléctrico insular.
Esa pedagogía es esencial para evitar frustraciones.
Porque si se prometen milagros, luego vendrá la decepción. Y la decepción es gasolina para los discursos reaccionarios que niegan la transición energética o la presentan como una estafa.
Las comunidades energéticas deben defenderse desde la seriedad, no desde la propaganda.
Una oportunidad que no conviene desaprovechar
Tenerife tiene una oportunidad evidente. Puede convertir las comunidades energéticas en una política pública transformadora, cercana y socialmente justa. Hacer que colegios, mercados, centros ciudadanos, aparcamientos y cubiertas municipales sean parte activa de la transición energética. Puede implicar a barrios, comercios, pymes y familias. Reducir facturas y emisiones. Puede demostrar que la energía también puede organizarse desde lo común.
Pero para que eso ocurra hacen falta tres cosas.
La primera, acompañamiento técnico real. No basta con campañas de comunicación.
La segunda, financiación accesible. Si solo participan quienes pueden pagar, la transición será desigual.
La tercera, honestidad en el discurso. Las comunidades energéticas son una parte de la solución, no la solución completa.
Y esto último no las debilita. Al contrario, las fortalece.
Porque una herramienta no pierde valor cuando se explican sus límites. Pierde valor cuando se la convierte en un mito.
Conclusión: energía compartida, pero con los pies en la tierra
Las comunidades energéticas representan una de las caras más interesantes de la transición ecológica. Acercan la energía a la ciudadanía, democratizan parte del sistema, aprovechan recursos locales y pueden generar beneficios ambientales, sociales y económicos.
En Tenerife, además, tienen un valor especial. Una isla que necesita reducir su dependencia fósil, ordenar mejor su territorio y repartir de forma más justa los beneficios de la transición no puede permitirse ignorarlas.
Pero tampoco puede permitirse engañarse.
Una comunidad energética no sustituye al sistema eléctrico. Lo complementa. No elimina la necesidad de red. La utiliza de forma más inteligente. No resuelve por sí sola la estabilidad de una isla. Ayuda a reducir parte del problema energético. No convierte cada barrio en una república eléctrica autosuficiente. Puede convertirlo, eso sí, en un actor más consciente, participativo y responsable.
Ese es su verdadero valor.
La transición energética de Tenerife no necesita cuentos infantiles. Necesita ciudadanía activa, instituciones serias, redes robustas, renovables bien integradas, almacenamiento, planificación y mucha pedagogía.
Comunidades energéticas, sí.
Milagros energéticos, no.
















