Inicio Nacional La peligrosa ilusión de la expulsión masiva

La peligrosa ilusión de la expulsión masiva

0
475

La peligrosa ilusión de la expulsión masiva: un ataque frontal a la dignidad y la convivencia

Una propuesta sin precedentes y sin escrúpulos

VOX ha decidido cruzar un umbral que hasta hace pocos años ningún partido democrático en España se atrevía siquiera a nombrar en voz alta: la deportación o “remigración masiva” de más de siete millones de personas. No hablamos solo de quienes hayan cometido delitos –algo que ya contempla la ley en casos muy tasados–, sino también de inmigrantes perfectamente legales, menores de edad e incluso ciudadanos nacidos aquí.

La crudeza del planteamiento no deja lugar a eufemismos: se trata de desarraigar millones de vidas y romper millones de familias por la única razón de no ajustarse a un ideal étnico, cultural o religioso que la extrema derecha considera la única España legítima.

Frente a esta propuesta, no caben medias tintas: es un proyecto político que atenta contra la base misma de los derechos humanos y la civilización democrática. Y no es una exageración retórica: deportar a millones de personas equivaldría a borrar de un plumazo derechos fundamentales que han costado siglos de lucha.

Un desprecio absoluto a los derechos humanos

Conviene no perder de vista lo esencial. La deportación masiva es, por definición, una forma de persecución colectiva prohibida expresamente por la legislación española, europea e internacional.

La Convención Europea de Derechos Humanos, la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, la Declaración Universal de Derechos Humanos y nuestra propia Constitución recogen con toda claridad que nadie puede ser expulsado de su país por su origen o creencias ni privado del derecho a vivir en familia.

La propuesta de VOX no se limita a perseguir a quienes cometan delitos –para eso ya existen las leyes–, sino que apunta directamente contra el mero hecho de ser diferente, de haber nacido en otra tierra o de profesar otra religión. Eso no es política migratoria: es xenofobia institucionalizada.

Además, el mensaje que lanza es pavoroso: si mañana un partido decide que usted o sus hijos “no se adaptan”, podrían expulsarle. ¿Qué concepto de libertad, de ciudadanía y de respeto cabría en un país donde el poder político se arroga el derecho de decidir quién merece quedarse y quién no?

Un experimento económico suicida

Hay quienes piensan que estas políticas solo afectan a las minorías. Es un error grave. La expulsión de millones de trabajadores y trabajadoras provocaría un colapso económico inmediato:

  • Desabastecimiento en sectores enteros, desde la agricultura y la ganadería hasta los cuidados, la limpieza, la construcción y la hostelería.
  • Una caída drástica de cotizaciones a la Seguridad Social que haría insostenible el sistema público de pensiones y sanidad.
  • Un aumento del déficit público y un descrédito internacional sin precedentes, que dispararía el coste de la deuda y ahuyentaría inversiones.
  • Pérdida de productividad y consumo interno, llevando a miles de pequeñas y medianas empresas a la quiebra.

Es decir: la propuesta es tan irresponsable que combina el odio con la ruina económica. Porque mientras se agitan fantasmas del enemigo interno, se olvida que ese “otro” es quien cuida de nuestros mayores, recoge los alimentos que comemos, mantiene abiertas miles de pequeñas empresas y paga impuestos como cualquier otro ciudadano.

La deriva moral de un nacionalismo excluyente

No es casualidad que las democracias más prósperas y estables del mundo se hayan levantado sobre valores de pluralismo, respeto mutuo y convivencia. Propuestas como la de VOX no solo dinamitan la cohesión social: la corrompen.

La deshumanización sistemática de millones de personas es el primer paso de un proceso histórico demasiado conocido: cuando se divide a la sociedad entre “nosotros” y “ellos”, cuando se normaliza el desprecio y se justifica el recorte de derechos básicos, el siguiente paso es siempre más extremo.

Y cuando pase la ola de euforia de los que creen que por fin alguien “pone orden”, llega la resaca amarga de la violencia social, la represión y la fractura de la convivencia.

Por eso resulta tan inquietante el silencio cómplice de quienes piensan que todo esto es un mero exceso retórico. No lo es. Es un proyecto que, si no se detiene, nos convertirá en una sociedad más pobre, más injusta y más pequeña.

¿Dónde quedan ahora quienes pedían “darles una oportunidad”?

Conviene recordar que, durante años, muchas voces moderadas repetían ese mantra peligroso:

“Dejadles gobernar a ver qué pasa”.
“Quizá no era para tanto”.
“Es solo populismo de campaña”.

Hoy esa duda está despejada. No hay ambigüedad posible cuando un partido propone deportar a millones de seres humanos con argumentos de pureza cultural. No es un calentón electoral ni una exageración de la prensa: son palabras literales de sus portavoces.

Por tanto, la pregunta que debemos hacernos no es si exageramos al denunciarlo, sino cómo hemos llegado hasta aquí y qué haremos para impedir que este proyecto autoritario prospere.

La democracia no se defiende sola

Es legítimo debatir sobre integración, sobre políticas migratorias y sobre convivencia. Pero no es legítimo –ni compatible con ningún principio democrático– plantear que se expulse a millones de personas por ser diferentes.

Es legítimo querer seguridad y prosperidad. Pero no es legítimo edificar esas aspiraciones sobre el miedo y la humillación del otro.

Quienes proponen estos experimentos juegan con la dignidad humana como si fuera una mercancía desechable. Y cuando la dignidad se pisotea, nadie está a salvo.

Conclusión: la defensa de la decencia común

Frente a quienes trafican con el odio, la respuesta no puede ser la tibieza ni el silencio. La respuesta debe ser la firmeza serena de quien sabe que la convivencia no es una concesión graciosa de los poderosos, sino un derecho conquistado.

Porque una democracia verdadera no se mide solo por las urnas, sino por la forma en que protege a las minorías y reconoce la dignidad de todos.

La propuesta de VOX es una amenaza directa a esa idea de España que muchos compartimos: una España diversa, decente, solidaria y orgullosa de su pluralidad.

Por eso, cuando alguien vuelva a sugerir que “les demos una oportunidad para ver qué pasa”, convendrá recordar que ya nos lo han dicho bien claro: no hace falta esperar a que gobiernen para saber adónde conduce este camino.


DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí