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La llamada “prioridad nacional” en el pacto PP Vox

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“Prioridad nacional”: el viejo veneno de siempre con envoltorio administrativo

Hay conceptos que llegan a la política envueltos en una apariencia técnica, casi inocente. Parecen expresiones de gestión pública, fórmulas burocráticas destinadas a ordenar mejor los recursos escasos. Pero basta rascar un poco la superficie para descubrir que no estamos ante un simple criterio administrativo, sino ante una operación ideológica de mucho más calado.

Eso ocurre con la llamada “prioridad nacional”, incorporada en los recientes acuerdos entre el Partido Popular y Vox en Extremadura y Aragón. La expresión ha entrado en el debate público con una rapidez notable. Y no por casualidad. Vox la presenta como una victoria política. El PP intenta domesticarla hablando de arraigo, legalidad y vinculación con el territorio. Y el Gobierno central la denuncia como una amenaza al principio de igualdad. Según EFE, el acuerdo extremeño menciona la “prioridad nacional” en relación con ayudas públicas, subvenciones, prestaciones, vivienda protegida y alquiler social, aunque PP y Vox discrepan sobre su interpretación exacta: arraigo para unos, “españoles primero” para otros. (EFE Noticias)

El problema no está solo en la palabra. Está en el mundo mental que esa palabra inaugura.

Qué dice exactamente el pacto

Conviene empezar por los hechos. En el acuerdo de gobierno PP-Vox en Extremadura, el acceso a la vivienda protegida y al alquiler social se vincula al “principio de prioridad nacional”, “adecuado a la legalidad vigente”, con el propósito de asignar prioritariamente los recursos públicos a quienes mantengan un “arraigo real, duradero y verificable” con el territorio. En el caso de la vivienda, se habla de empadronamiento histórico en Extremadura, con un mínimo de diez años para compra y cinco años para alquiler. (EFE Noticias)

El mismo acuerdo incluye también la prioridad nacional en el acceso a ayudas, subvenciones y prestaciones públicas. La fórmula, de nuevo, se presenta bajo el paraguas del arraigo: empadronamiento, vinculación territorial, relación económica, social, familiar, laboral o formativa. En apariencia, nada demasiado escandaloso. ¿Quién podría oponerse a que las ayudas se asignen con criterios objetivos y verificables?

Ahí empieza precisamente la trampa.

Porque una cosa es establecer requisitos razonables de residencia efectiva para evitar fraudes, asegurar la vinculación real con una comunidad o priorizar situaciones de mayor necesidad. Y otra muy distinta es utilizar el arraigo como una puerta trasera para introducir una jerarquía de derechos basada, directa o indirectamente, en la nacionalidad.

Vox no esconde demasiado la intención. Sus dirigentes han defendido que la prioridad nacional debe significar que se atienda a los españoles “sobre cualquier otra consideración”, mientras el PP intenta rebajar la carga ideológica del concepto reduciéndolo a una cuestión de arraigo territorial. Esa tensión no es menor: revela que la misma expresión funciona como puente entre una apariencia jurídica moderada y una intención política mucho más dura. (EFE Noticias)

El origen francés del concepto

La “prioridad nacional” no nace en Extremadura, ni en Aragón, ni en un despacho autonómico preocupado por ordenar mejor las listas de vivienda pública. Su genealogía política es mucho más clara y bastante menos amable.

El antecedente está en la extrema derecha francesa. Durante décadas, el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen defendió la “préférence nationale”, una idea que planteaba reservar o priorizar determinados derechos sociales, económicos o políticos para los nacionales frente a los extranjeros. Posteriormente, bajo Marine Le Pen y el Rassemblement National, esa formulación fue suavizada retóricamente como “priorité nationale”. Cambia el envoltorio, pero la lógica de fondo permanece: primero los nacionales, después los demás. (Wikipedia)

El propio programa del Rassemblement National ha defendido reservar ayudas sociales a los franceses, condicionar prestaciones a años de trabajo en Francia y asegurar la prioridad nacional en el acceso al logement social y al empleo. Es decir, no estamos ante una sospecha exagerada ni ante una interpretación maliciosa. Estamos ante un concepto con una historia política reconocible y con una función muy concreta: convertir el Estado social en una herramienta de preferencia identitaria. (RN – Rassemblement National)

Por eso resulta tan inquietante que esta expresión empiece a normalizarse en España a través de pactos de gobierno. No porque todo criterio de arraigo sea ilegítimo. No lo es. Sino porque la etiqueta “prioridad nacional” no viene de la tradición constitucional española, ni del municipalismo social, ni de las políticas públicas de vivienda. Viene de la caja de herramientas discursivas de la extrema derecha europea.

Y las palabras importan. Importan mucho.

El problema jurídico: no todo cabe bajo el paraguas del arraigo

España tiene un marco constitucional y legal que no permite convertir la nacionalidad en una barrera general de acceso a derechos sociales básicos para los extranjeros residentes. La Constitución establece en su artículo 13 que los extranjeros gozarán en España de las libertades públicas en los términos que establezcan los tratados y la ley. Y la Ley Orgánica de Extranjería desarrolla ese marco con criterios que no encajan fácilmente con una preferencia automática por nacionalidad. (BOE)

La Ley Orgánica 4/2000 señala, como criterio interpretativo general, que los extranjeros ejercen los derechos que les reconoce la ley en condiciones de igualdad con los españoles. Además, su artículo 13 establece que los extranjeros residentes tienen derecho a acceder a los sistemas públicos de ayudas en materia de vivienda en los términos legalmente establecidos, y que los residentes de larga duración tienen derecho a dichas ayudas en las mismas condiciones que los españoles. (BOE)

En materia de servicios sociales, el artículo 14 es todavía más claro: los extranjeros residentes tienen derecho a acceder a las prestaciones y servicios de la Seguridad Social y a los servicios y prestaciones sociales en las mismas condiciones que los españoles. Incluso los extranjeros, cualquiera que sea su situación administrativa, tienen derecho a los servicios y prestaciones sociales básicas. (BOE)

Por tanto, si la “prioridad nacional” se limita a exigir criterios objetivos, proporcionales y no discriminatorios de residencia efectiva, podrá intentar vestirse de legalidad. Pero si su finalidad real es colocar a los españoles por delante de los extranjeros residentes por el mero hecho de ser españoles, el choque con el ordenamiento jurídico es evidente.

No se trata de buenismo. Se trata de Estado de derecho.

la llamada “prioridad nacional”

El truco político: cambiar la causa del problema

La fuerza de este concepto reside en que se apoya sobre problemas reales. Hay falta de vivienda pública. Familias que no llegan al alquiler. Hay jóvenes expulsados del mercado inmobiliario. Hay servicios sociales saturados. Barrios con tensiones acumuladas. Hay ciudadanos que sienten que pagan impuestos y no reciben respuestas suficientes.

Hasta ahí, el diagnóstico social merece respeto.

Pero la “prioridad nacional” introduce una desviación interesada: sugiere que el problema principal no es la escasez de vivienda pública, ni la precariedad laboral, ni la especulación inmobiliaria, ni los años de políticas insuficientes. El problema, según este marco, sería que “los de fuera” compiten con “los de aquí”.

Es una operación política conocida: tomar un malestar legítimo y dirigirlo contra un colectivo vulnerable.

Si no hay vivienda protegida suficiente, la solución seria es construir más vivienda pública, movilizar vivienda vacía, regular mejor los abusos del mercado, reforzar los servicios sociales y diseñar políticas de acceso con criterios de necesidad, renta, vulnerabilidad y residencia efectiva. Pero eso exige presupuesto, planificación, gestión y valentía frente a intereses económicos poderosos.

Es mucho más sencillo señalar al inmigrante.

Mucho más rentable electoralmente, también.

Del derecho social al mérito nacional

La “prioridad nacional” introduce una mutación peligrosa. Hasta ahora, el Estado social se justificaba sobre una idea básica: quien se encuentra en situación de necesidad, cumple los requisitos legales y forma parte de la comunidad residente debe poder acceder a determinadas prestaciones públicas.

Con este nuevo marco, el centro se desplaza. Ya no se pregunta solo quién necesita más ayuda, quién tiene menos ingresos, quién tiene menores a cargo, quién sufre una discapacidad, quién ha perdido la vivienda o quién vive una situación de emergencia. Se empieza a preguntar quién pertenece más.

Y esa pregunta es profundamente corrosiva.

Porque la pertenencia nacional se convierte en una especie de certificado moral. El ciudadano deja de ser sujeto de derechos y pasa a ser clasificado por grados de merecimiento. Primero los de aquí. Luego los de fuera. Hoy los inmigrantes. Mañana, quién sabe.

Pedro Sánchez ha criticado precisamente ese riesgo, señalando que estos acuerdos hablan de ciudadanos de primera y segunda clase y que el Gobierno actuará si detecta medidas contrarias al principio de igualdad. Se puede compartir o no su lectura política, pero el fondo del aviso es relevante: una democracia no debería jugar alegremente con categorías que jerarquizan derechos por origen. (El País)

El papel del PP: normalizar lo que antes era frontera

La cuestión más grave no es que Vox defienda este concepto. Vox está haciendo exactamente lo que cabía esperar de Vox. Su discurso lleva años orbitando alrededor de la idea de que los recursos públicos deben reservarse preferentemente para los nacionales. La novedad política está en que el PP haya aceptado incorporar la expresión a acuerdos de gobierno.

Y aquí conviene ser claros. No basta con decir que todo se hará “dentro de la legalidad”. Esa frase se ha convertido en el salvoconducto retórico de demasiadas cesiones. Si un concepto nace para empujar los límites de la igualdad, aceptarlo como lenguaje de gobierno ya es una victoria cultural para quien lo introdujo.

El PP intenta refugiarse en la palabra “arraigo”. Pero entonces surge una pregunta sencilla: si de verdad solo se quería hablar de arraigo, ¿por qué aceptar una expresión cargada de historia ideológica como “prioridad nacional”? ¿Por qué no hablar simplemente de residencia efectiva, empadronamiento, renta, vulnerabilidad, unidad familiar o necesidad acreditada?

La respuesta parece bastante obvia. Porque Vox necesitaba una bandera. Y el PP se la ha concedido, aunque luego intente doblarla cuidadosamente para que no se vea demasiado.

Una mala respuesta a una angustia real

Sería un error despreciar a quienes escuchan este discurso con preocupación sincera. Hay personas que sienten abandono. Hay trabajadores que ven cómo todo sube menos su salario. Familias que no pueden acceder a una vivienda. Hay jóvenes que encadenan empleos precarios mientras oyen grandes discursos sobre prosperidad. Esa frustración existe.

Pero precisamente por eso hay que ser honestos.

La inmigración no explica por sí sola la crisis de vivienda. No explica la falta de parque público acumulada durante décadas. No explica los salarios bajos. Ni explica la conversión de la vivienda en activo financiero. No explica la debilidad de muchas políticas sociales. Y desde luego no explica que determinados gobiernos prefieran bajar impuestos mientras prometen mejores servicios con menos recursos.

La “prioridad nacional” no arregla la vivienda. No aumenta el número de pisos disponibles. No mejora la gestión pública. Ni reduce el precio del alquiler. No sube los salarios. No refuerza la sanidad. Ni mejora la educación. Solo introduce un criterio de sospecha sobre una parte de la población.

Es política de señalamiento, no política pública seria.

La batalla real es por el sentido común democrático

Lo preocupante de la “prioridad nacional” no es solo su posible aplicación concreta. Lo preocupante es su capacidad para desplazar el sentido común democrático.

Hace unos años, una propuesta que planteara ordenar derechos sociales según una preferencia nacional explícita habría generado un rechazo mucho más amplio. Hoy entra en pactos de gobierno, se discute como si fuera una medida técnica y se maquilla con informes jurídicos. Así se normalizan las regresiones: no siempre con grandes rupturas, sino con pequeños cambios de vocabulario.

Primero se cambia la palabra.
Después se cambia el marco.
Finalmente se cambia la política.

Por eso conviene no comprar el envoltorio. “Prioridad nacional” no es una expresión inocente. Es la adaptación española de una vieja idea de la extrema derecha europea: hacer creer a la ciudadanía que los derechos sociales solo podrán salvarse si se restringen para algunos.

Pero la historia enseña algo muy distinto. Los derechos sociales no se defienden enfrentando pobres contra pobres, trabajadores contra trabajadores o vecinos contra vecinos. Se defienden reforzando lo público, combatiendo la desigualdad, ampliando vivienda asequible, mejorando salarios, garantizando servicios dignos y aplicando la ley con justicia, no con prejuicio.

La prioridad de una democracia no debería ser la prioridad nacional.

Debería ser la prioridad constitucional: igualdad, dignidad, derechos y convivencia.

Todo lo demás es un viejo veneno con etiqueta nueva.

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