🟠 Libertad de expresión y bulos: cuando la mentira es poder
Pocas palabras se invocan tanto, y se entienden tan mal, como la “libertad de expresión”. Hoy todo el mundo apela a ella: desde quienes defienden derechos y libertades, hasta quienes difunden odio, falsedades o teorías conspiranoicas. Pero conviene recordar que la libertad de expresión no ampara la mentira deliberada, ni la calumnia, ni el señalamiento difamatorio como herramienta política.
España está viviendo una etapa en la que la desinformación organizada se ha convertido en un actor político de primer orden. No hablamos de errores, exageraciones o rumores. Hablamos de auténticas estructuras mediáticas y digitales diseñadas para manipular, intoxicar y polarizar a la sociedad. Y lo más preocupante es que lo hacen desde la impunidad.
📌 El bulo como arma política
Durante años, desde determinadas terminales mediáticas y redes digitales asociadas a la derecha y la ultraderecha, se ha construido un relato basado en la sospecha, el escándalo y la intoxicación sistemática. Se ha mentido sobre el presidente del Gobierno, sobre su familia, sobre miembros del Ejecutivo, sobre políticas públicas, sobre cifras y datos oficiales. Se ha hecho con la intención de erosionar la credibilidad institucional y fomentar la desafección política.
No se trata de errores periodísticos. Se trata de una estrategia planificada para sembrar dudas, generar ruido, y desmovilizar a la ciudadanía progresista. Porque una sociedad desinformada es una sociedad indefensa. Y una sociedad indefensa es el caldo de cultivo ideal para el autoritarismo.
📌 ¿Dónde está el Gobierno?
Uno de los grandes errores del Ejecutivo de Pedro Sánchez ha sido no haber dado una respuesta contundente y estructural a esta ofensiva informativa. Se han denunciado casos concretos, se han dado ruedas de prensa, se ha apelado a la responsabilidad periodística. Pero no se ha construido una política pública clara y firme contra la desinformación y el odio.
Tampoco se han activado todos los recursos del Estado para proteger a los representantes públicos, especialmente mujeres y personas LGTBI, que han sido víctimas de campañas de acoso brutal en redes y medios. La normalización de estos ataques debilita nuestra democracia, y la falta de una respuesta institucional nítida transmite una peligrosa sensación de permisividad.
📌 Libertad sí, impunidad no
Conviene dejarlo claro: la libertad de expresión es un derecho fundamental, y debe ser protegido incluso cuando nos incomoda o nos provoca. Pero no es un derecho absoluto. La propia Constitución y los tratados internacionales establecen límites cuando esa libertad se utiliza para atacar derechos fundamentales, incitar al odio o difamar deliberadamente.
En Alemania no se puede negar el Holocausto. En Francia se persigue la incitación al racismo. En Estados Unidos, incluso, se sancionan ciertas formas de difamación pública. ¿Por qué en España se permite que se publique una mentira flagrante y no ocurra absolutamente nada? ¿Por qué la mentira política, cuando viene de ciertos medios o desde el anonimato digital, no encuentra freno?
Lo más grave no es que se mienta. Lo más grave es que se hace con cálculo, con respaldo económico, con maquinaria tecnológica, y con la certeza de que el sistema no va a responder.
📌 Desinformación, odio y polarización
La desinformación no es solo una cuestión ética o mediática. Es una cuestión democrática. Porque erosiona la confianza social, alimenta teorías conspirativas, y legitima discursos que acaban en violencia. La ultraderecha en España —como en otros lugares del mundo— ha convertido el bulo en su principal herramienta política. Y lo ha hecho sin oposición real.
El Gobierno, las fuerzas progresistas, la sociedad civil y los medios responsables deben entender que estamos ante una batalla cultural y política decisiva. No se trata de censurar, sino de defender la verdad. No se trata de imponer un relato, sino de proteger el derecho ciudadano a la información veraz. No se trata de controlar a los medios, sino de exigir responsabilidad a quienes han hecho de la mentira un negocio.
🟢 Conclusión: sin verdad, no hay libertad
Pedro Sánchez ha sido víctima directa de una campaña de bulos sostenida y despiadada. Pero el problema no es solo suyo. Es de todos. Porque si permitimos que la mentira se imponga como forma de hacer política, si normalizamos la desinformación como parte del juego democrático, estamos abriendo la puerta a la barbarie.
Urge una estrategia pública contra los bulos. Urge protección jurídica para quienes los sufren. Urge alfabetización digital masiva. Y, sobre todo, urge que la izquierda recupere la iniciativa narrativa, sin complejos ni temores.
Porque no hay democracia posible si la verdad es solo una opción entre muchas.
















