El teatrillo de la libertad de prensa: cuando los censores se disfrazan de mártires
Pocas veces resulta tan evidente la distancia entre el discurso inflamado y la realidad como en el debate sobre la reforma del reglamento del Congreso. Quienes han salido en tromba a denunciar supuestas maniobras de censura y represión de la libertad de prensa deberían, antes que nada, mirarse al espejo y reconocer la inmensa contradicción que habita en su relato.
Porque si algo quedó claro en la sesión parlamentaria es que muchos de los que hoy se erigen en adalides de la libertad de expresión son, en realidad, los mismos que allí donde gobiernan no tienen reparo en censurar obras de teatro, retirar exposiciones culturales, perseguir actos educativos y señalar a quienes piensan distinto como enemigos de la patria. La libertad de prensa que ahora invocan con dramatismo no les interesa como principio universal, sino como un arma arrojadiza que emplean según el viento electoral.
El cinismo de los que confunden periodismo con activismo sectario
Resulta bochornoso escuchar a algunos portavoces políticos acusar al Gobierno de querer “amordazar la verdad”, mientras callan o aplauden a medios que se han especializado en acosar a diputados, insultar a periodistas acreditados y reventar cualquier rueda de prensa que no encaje en su guion partidista.
Porque conviene recordarlo con toda claridad: no es libertad de prensa perseguir a una diputada por los pasillos para llamarla “hija de puta”, ni boicotear sistemáticamente los comparecientes que no gustan a una facción política. Eso no es periodismo. Eso es activismo sectario disfrazado de derecho a informar.
Y por mucho que se repita el mantra de que cualquier medida regulatoria equivale a censura, no deja de ser una burda simplificación que ofende la inteligencia colectiva. Las sociedades democráticas no se sostienen sin la prensa libre, pero tampoco sin unas normas mínimas de respeto y convivencia que garanticen que las instituciones puedan trabajar sin el acoso permanente de agitadores profesionales.
Cuando los paladines de la libertad censuran la cultura
Pero la hipocresía no se detiene ahí. No hay que ir muy lejos para encontrar ejemplos clamorosos de censura practicada con entusiasmo por quienes hoy se rasgan las vestiduras. En comunidades donde gobiernan estos mismos partidos que claman contra la mordaza, se han prohibido funciones de teatro por razones ideológicas, se han retirado exposiciones de arte contemporáneo y se han cancelado charlas educativas por considerar que “ofenden la moral”.
¿De qué libertad de expresión hablan entonces? ¿Acaso solo vale la libertad de expresión si sirve para proteger a sus terminales mediáticas y atacar a quienes piensan diferente? Esta incoherencia sistemática revela que su discurso no defiende la libertad de prensa en abstracto, sino el privilegio de que su versión de la realidad campe a sus anchas sin rendir cuentas.
La responsabilidad de limpiar la degradación del debate público
No nos engañemos: la reforma del reglamento no va de cercenar la crítica, sino de poner coto a la utilización torticera de las acreditaciones para montar circos de acoso y desinformación. Un país serio no puede aceptar que cualquier agitador disfrazado de periodista convierta las instituciones en un plató de reality.
Es hora de decirlo alto y claro: la democracia no consiste en tolerar sin límite la violencia verbal, la intimidación ni la propaganda disfrazada de información. La democracia exige pluralismo, pero también responsabilidad. Y la responsabilidad implica que quien disfruta del privilegio de informar desde la sede de la soberanía popular debe someterse a unas normas de respeto elementales.
La libertad no es un decorado al servicio del poder de turno
En última instancia, quienes han votado en contra de esta reforma tendrán que explicar por qué prefieren defender la impunidad de los insultadores profesionales antes que el derecho de los diputados a ejercer su labor en condiciones dignas. Tendrán que asumir que no se puede invocar la libertad de prensa como coartada para destruir la credibilidad de las instituciones, mientras se censura la cultura o se demoniza a periodistas que hacen su trabajo con honestidad.
Esa libertad selectiva es, en realidad, la antesala de un autoritarismo hipócrita que se alimenta de la crispación y el espectáculo. Y esa es la peor noticia para una sociedad que necesita más periodismo riguroso y menos agitadores con cámara.
Hoy más que nunca, conviene recordar que la libertad de prensa es un pilar democrático. Pero no es un cheque en blanco para quienes solo saben convertir el odio en negocio. Y no es un disfraz que pueda ponerse cualquiera para atrincherarse en la inmunidad mientras destruye la convivencia.
Si de verdad queremos proteger la libertad, empecemos por ser coherentes y responsables, aunque eso signifique renunciar al espectáculo fácil. Porque cuando los que más censuran se presentan como víctimas, la democracia entera sale perdiendo.
















