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El Teide con restricciones y la Masificación Actual

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El Teide no necesita propaganda: necesita que quienes fomentaron la barra libre dejen de venderla como gestión ejemplar

Cuando quienes alimentaron la masificación se presentan ahora como guardianes del territorio, conviene mirar más allá del titular

El Teide no se está saturando por casualidad. No ha amanecido de pronto lleno de coches, excursiones, miradores colapsados y visitantes buscando la foto perfecta como si todo esto fuera un fenómeno meteorológico inevitable. La masificación del Parque Nacional del Teide es la consecuencia lógica de un modelo político, económico y turístico que durante años ha vendido Tenerife como un producto ilimitado.

Ahora, el Cabildo de Tenerife, gobernado por Coalición Canaria y Partido Popular desde el pacto de 2023, anuncia controles de acceso, reservas previas, guaguas lanzadera, ecotasas y medidas para reducir hasta en un 50% la presión humana sobre el Parque Nacional del Teide. La presidenta insular es Rosa Dávila, de CC, y el vicepresidente es Lope Afonso, del PP, conforme al acuerdo de gobernabilidad suscrito para el mandato 2023-2027. (Radio Televisión Canaria)

La medida, en abstracto, puede ser necesaria. Incluso llega tarde. Pero conviene no caer en una ingenuidad política peligrosa: quienes ahora se presentan como responsables gestores del Teide pertenecen al mismo bloque político que ha defendido durante décadas una idea de desarrollo basada en crecer, crecer y volver a crecer. Más turistas, más vuelos, más coches de alquiler, más camas, más excursiones, más presión sobre carreteras, barrancos, costas, pueblos y espacios naturales.

Ahora descubren que el Teide está saturado. Qué sorpresa. El volcán no se ha masificado solo.

El problema no es regular el Teide; el problema es fingir que la saturación no tiene responsables

Regular el acceso al Teide no es, por sí mismo, una mala decisión. De hecho, ordenar el uso de un espacio natural tan frágil resulta imprescindible. El Cabildo ha anunciado medidas como control de accesos, limitación progresiva del vehículo privado, guaguas lanzadera, cupos de aparcamiento y tarifas para visitantes no residentes. Según la información publicada, el objetivo declarado es reducir progresivamente hasta en un 50% la presión sobre el parque. (Canal 4 Tenerife)

La cuestión de fondo no es esa. La cuestión de fondo es otra: no se puede vender ahora la regulación como una muestra de sensibilidad ambiental sin asumir antes la responsabilidad política de haber fomentado el modelo que nos ha traído hasta aquí.

Porque el Teide no está al límite porque la gente local haya subido a merendar una tarde. Tampoco porque unas cuantas familias hayan querido enseñar a sus hijos los Roques de García. El Teide está al límite porque Tenerife ha sido convertida en una máquina turística que no sabe decir basta. Cada año se celebra el récord de visitantes, se presume de gasto turístico, se promocionan experiencias, se multiplican las excursiones y se vende la isla entera como escenario disponible.

Luego, cuando el territorio ya no puede más, aparece la política institucional con cara solemne a decirnos que hay que ordenar. Bien. Ordenemos. Pero no nos tomen por ingenuos.

Primero se empuja el modelo; después se cobra por corregir sus efectos

Hay una contradicción que conviene señalar sin rodeos. Durante años se ha impulsado una economía turística de masas que ha convertido espacios naturales, pueblos, carreteras y paisajes en recursos de explotación intensiva. Cuando las consecuencias se hacen insoportables, se responde con tasas, reservas, cupos y restricciones.

Eso plantea una pregunta incómoda: ¿quién paga realmente el coste de la masificación?

Si la ecotasa sirve para financiar conservación, vigilancia ambiental, restauración de senderos, transporte colectivo y control efectivo del impacto, puede tener sentido. Pero no debería convertirse en una coartada política para seguir promocionando el mismo modelo con una mano mientras con la otra se cobra por paliar sus daños.

El Cabildo ya había implantado tarifas en determinados senderos del Teide desde enero de 2026, con precios diferenciados para residentes canarios y no residentes, especialmente en los senderos 7 y 10. La institución justificó la medida por motivos de sostenibilidad, regulación del acceso y conservación del espacio. (Diario de Avisos)

El principio puede ser defendible. Lo que no es defendible es presentar la ecotasa como una gran innovación ecológica mientras se evita hablar del modelo económico que ha generado la presión. No basta con cobrar al visitante cuando llega al punto de saturación. Hay que revisar cuántos visitantes se quieren atraer, qué tipo de turismo se promueve, cuánta presión soporta la isla y quién se beneficia realmente de ese crecimiento.

Porque aquí está el núcleo del problema: el turismo masivo genera beneficios concentrados y costes repartidos. Unos rentabilizan el modelo. Otros soportan las colas, la vivienda imposible, la carretera saturada, el deterioro ambiental y la pérdida de calidad de vida.

Canarias bate récords mientras la ciudadanía empieza a decir basta

El debate del Teide no puede separarse del debate general sobre el modelo turístico canario. En el primer trimestre de 2026, Canarias recibió 4,48 millones de turistas extranjeros, un 2,8% más que en el mismo periodo del año anterior, según datos recogidos por medios económicos a partir de estadísticas turísticas. (Atlántico Hoy)

El propio ISTAC informó de que en enero de 2026 la llegada de turistas a Canarias creció un 7,1% respecto al mismo mes de 2025, lo que supuso 112.496 turistas más. También señaló que 9 de cada 10 turistas llegados al Archipiélago procedían del extranjero. (Gobierno de Canarias)

Mientras tanto, las protestas contra el turismo de masas han vuelto a recorrer Canarias. En mayo de 2025 se celebraron manifestaciones bajo lemas vinculados a la idea de que Canarias tiene un límite, con demandas relacionadas con la protección de espacios naturales, la vivienda vacacional y la necesidad de cambiar el modelo turístico. (RTVE)

Por tanto, el Teide no es una anécdota. Es un síntoma. Es la imagen perfecta de una isla que empieza a descubrir que no puede seguir vendiéndose como infinita porque no lo es. Tenerife tiene límites físicos, sociales, ecológicos y emocionales. El Teide solo hace visible lo que ya ocurre en muchos otros lugares: una tensión creciente entre la industria turística y la vida real de la población residente.

La hipocresía de celebrar récords y lamentar saturaciones

Hay algo profundamente incoherente en la política turística canaria. Cuando llegan más turistas, se celebra. Si sube el gasto, se presume. Cuando los aeropuertos baten cifras, se presenta como éxito. Cuando el territorio se satura, entonces se habla de sostenibilidad.

Pero la sostenibilidad no puede ser un barniz que se aplica cuando el modelo ya está agotado. Tampoco puede ser una palabra decorativa para ruedas de prensa. Si se quiere proteger el Teide, hay que empezar por dejar de tratar Tenerife como un producto de consumo ilimitado.

Coalición Canaria y Partido Popular no pueden presentarse ahora como simples administradores técnicos de un problema heredado de la nada. El bloque político que gobierna Canarias y Tenerife participa de una cultura desarrollista que ha asociado demasiadas veces prosperidad con crecimiento turístico continuo. En el Gobierno de Canarias, CC y PP sellaron también un acuerdo de gobernabilidad para facilitar la presidencia de Fernando Clavijo. (Coalición Canaria)

Y ese dato político importa. Porque no hablamos solo de una decisión administrativa sobre aparcamientos. Hablamos de una contradicción de modelo. La misma lógica que alimenta el crecimiento turístico permanente se ve ahora obligada a poner límites en el espacio más emblemático de la isla.

La pregunta, por tanto, no es solo si hay que reservar para subir al Teide. La pregunta es si quienes han defendido la barra libre turística tienen legitimidad para presentarse ahora como los grandes protectores del territorio sin hacer autocrítica.

El Teide con restricciones

El Teide como espejo de una Tenerife agotada

El Teide siempre ha sido más que un paisaje. Es el espejo de Tenerife. Y ahora ese espejo devuelve una imagen incómoda: coches acumulados, visitantes apresurados, excursiones encadenadas, miradores convertidos en puntos de consumo fotográfico, senderos sometidos a presión y una administración que llega tarde a ordenar lo que antes permitió crecer sin suficiente control.

No se trata de culpar al visitante individual. Esa sería una salida fácil y bastante injusta. La mayoría de quienes visitan el Teide hacen lo que el propio sistema les ha invitado a hacer: venir, consumir paisaje, moverse en coche, fotografiar, compartir y continuar. El problema no está en cada turista concreto. Está en una maquinaria económica y política que ha convertido esa conducta en norma.

Tampoco se trata de idealizar al residente. Quienes vivimos aquí también podemos comportarnos de forma irresponsable. También aparcamos mal, también saturamos, también olvidamos que un espacio natural no es una prolongación de nuestra casa. Pero la presión estructural no nace del uso cotidiano de la población local. Nace de un modelo de explotación turística intensiva.

Por eso el debate debe elevarse. El Teide no necesita una pelea pequeña entre residentes y turistas. Necesita una discusión seria sobre el tipo de isla que queremos ser.

Regular sí, pero sin blanquear a los responsables del descontrol

Conviene dejar clara una posición equilibrada. Las medidas de control pueden ser necesarias. La reserva previa puede ayudar. Las guaguas lanzadera pueden ser positivas si funcionan bien. La ecotasa puede tener sentido si es transparente, finalista y socialmente justa. Limitar el coche privado puede mejorar la experiencia y reducir impactos.

Ahora bien, todo eso no puede servir para construir un relato autocelebratorio del gobierno insular. No estamos ante una gesta ambiental. Estamos ante una reacción tardía a una saturación anunciada.

El Cabildo habla ahora de reducir presión. Perfecto. Pero debería explicar también por qué se permitió llegar hasta este punto. Debería detallar qué indicadores ambientales se van a publicar, qué ingresos generará la ecotasa, en qué se invertirán exactamente, cómo se evaluará el impacto, qué papel tendrán los municipios afectados y qué medidas se tomarán para no desplazar el problema a otras zonas de la isla.

También debería aclarar si esta regulación del Teide forma parte de un verdadero cambio de modelo turístico o si será solo una intervención quirúrgica para salvar la imagen del espacio más visible mientras el resto de la isla sigue sometido a la misma presión.

Porque si se regula el Teide pero se sigue celebrando cada récord turístico como una victoria, el mensaje es muy pobre: protegemos el escaparate, pero mantenemos intacta la maquinaria que lo deteriora.

La sostenibilidad no puede ser el maquillaje del crecimiento infinito

Canarias lleva demasiado tiempo atrapada en una contradicción. Quiere vender naturaleza, pero consume territorio. Quiere promocionar paisaje, pero tensiona sus ecosistemas. Se quiere atraer visitantes, pero no siempre protege suficientemente a quienes viven aquí. Quiere hablar de sostenibilidad, pero continúa midiendo el éxito por volumen, ocupación, conectividad aérea y gasto turístico.

Ese lenguaje ya no basta. La ciudadanía empieza a entender que el problema no es el turismo como actividad, sino el turismo convertido en monocultivo mental. Todo se justifica en nombre del turismo. Se adapta al turismo. Todo se mide por el turismo. Hasta que un día descubrimos que la vivienda no alcanza, la movilidad colapsa, el agua preocupa, los espacios naturales se saturan y la población local empieza a sentirse extranjera en su propia tierra.

El Teide es solo la postal más evidente de esa contradicción.

Por eso, cuando el gobierno insular anuncia límites, hay que recibir la medida con una mezcla de apoyo crítico y memoria política. Apoyo crítico porque proteger el Teide es imprescindible. Memoria política porque no podemos olvidar quiénes han contribuido a construir el problema.

Lo público debe proteger, no solo gestionar daños

La función de una administración pública no debería limitarse a ordenar el desastre cuando ya se ha producido. Gobernar no es poner vallas después de haber invitado a todo el mundo a entrar sin límite. Gobernar es anticipar, planificar, medir cargas, proteger ecosistemas, escuchar a la ciudadanía y asumir que no todo crecimiento económico es progreso.

El Teide necesita gestión pública firme, sí. Pero también necesita una política turística que deje de vivir de eslóganes. No basta con decir que queremos un turismo de calidad. Esa frase se ha repetido tanto que casi ha perdido significado. Turismo de calidad no es solo el que gasta más. Es el que presiona menos, respeta más, reparte mejor sus beneficios y no obliga a la población local a pagar la factura invisible del negocio.

Si la ecotasa y las reservas son el primer paso hacia un cambio profundo, bienvenidas sean. Si solo son una forma de maquillar la saturación mientras la maquinaria turística sigue acelerando, serán otro parche más.

Y Tenerife ya no necesita parches. Necesita decisiones valientes.

Conclusión: el Teide no se salva con una rueda de prensa

El Teide no necesita propaganda. Necesita coherencia. Necesita protección real, límites efectivos y una política turística que se atreva a decir que no todo cabe, que no todo puede crecer y que no todo debe venderse.

Regular el acceso puede ser necesario. Pero presentarlo como una labor encomiable sin revisar las causas de la masificación sería una burla a la inteligencia colectiva. El actual gobierno insular de CC y PP no puede aparecer ahora como guardián impoluto del Teide mientras forma parte de una cultura política que ha tratado el crecimiento turístico como sinónimo automático de éxito.

El Teide no está pidiendo solo guaguas lanzadera. Está pidiendo otro modelo de isla.

Uno donde el paisaje no sea un decorado de usar y tirar. Donde la ciudadanía residente no tenga que competir con la industria turística por su propio territorio. Uno donde la sostenibilidad no sea una palabra bonita para vestir decisiones tardías. Uno donde proteger no signifique cobrar al final del camino, sino dejar de empujar desde el principio hacia la saturación.

No nos engañemos: el Teide no se privatiza por regular su acceso. El Teide se degrada cuando durante años se permite que la barra libre turística avance sin límites y luego se disfraza la corrección tardía de gran conciencia ambiental.

La verdadera pregunta no es si hay que ordenar el acceso al Teide. La verdadera pregunta es si Tenerife está dispuesta a dejar de venderse como si fuera infinita.

Porque no lo es. Y el Teide, con su silencio volcánico, lleva tiempo advirtiéndolo.

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