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La demolición de la izquierda

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Podemos: la demolición de la izquierda en nombre de su propio naufragio

No deja de resultar paradójico, incluso doloroso, contemplar cómo un partido que nació con la promesa de sacudir la resignación de millones de personas acaba convertido en un ariete contra la misma izquierda que decía regenerar. Desde hace meses, Podemos parece haber asumido que, si no puede liderar el espacio progresista, hará todo lo posible por dejarlo hecho trizas. Ni los votantes que alguna vez creyeron en su mensaje de esperanza merecen este espectáculo de resentimiento, ni la democracia soporta por mucho tiempo partidos que convierten la política en una pugna de egos heridos.

Su última ofensiva mediática contra el Gobierno y contra Sumar resulta tan desaforada como poco honesta. Basta detenerse un instante en uno de sus mantras más repetidos: que España se ha comprometido con la OTAN a destinar el 5% del PIB a gasto militar. Un supuesto “acuerdo secreto” que no resiste el más mínimo contraste con los hechos. La propia declaración de Madrid, refrendada por Mark Rutte, habla de seguir avanzando hacia el 2% en 2030, no de un salto imposible hasta el 5%. Incluso voces que en su día militaron en el núcleo más duro de Podemos reconocen en privado que este relato es un bulo en toda regla, pero que agitarlo resulta útil para incendiar la indignación de la militancia más decepcionada.

Y es que, cuando un proyecto político va perdiendo su impulso inicial, a menudo sustituye el análisis riguroso por la propaganda histérica. Acusar a Sánchez de “señor de la guerra” por mantener un compromiso internacional firmado por Rajoy y sostenido por todos los aliados europeos no es sólo una desmesura: es una estrategia calculada para asfixiar cualquier atisbo de centralidad progresista y, de paso, descalificar a toda la izquierda que no se pliega a su relato.

Resulta también significativo el ensañamiento con Sumar y con figuras como Pablo Bustinduy, que a ojos de muchos representa una versión sensata y contemporánea de la izquierda social. El hecho de que Podemos reserve sus ataques más feroces para quien intenta rearmar un proyecto colectivo revela el fondo de esta deriva: no es tanto una batalla de ideas como la defensa de un capital simbólico que se desmorona. La política deja de ser entonces una herramienta para mejorar la vida de la gente y se convierte en una cruzada por mantener un liderazgo personalista a toda costa.

Quienes aún recuerdan los orígenes de Podemos —esa ola de entusiasmo ciudadano que desbordó los partidos tradicionales— sienten una mezcla de tristeza y estupefacción. Porque no se trata de un error táctico aislado, sino de un patrón: la descalificación de cualquier actor progresista que no se subordine, el uso sistemático de bulos y medias verdades como munición, la demonización del adversario interno mientras se blanquea al verdadero adversario político. No es casualidad que el Partido Popular se regocije con cada andanada morada contra el Gobierno. Ni que la extrema derecha aplauda con disimulo cada vez que la izquierda se desangra en sus propias batallas fratricidas.

Hay una responsabilidad histórica que Podemos parece haber olvidado: cuando la izquierda se fragmenta, cuando la discusión pública se contamina de acusaciones infundadas y trincheras identitarias, quienes más sufren son precisamente quienes más necesitan políticas de justicia social y redistribución. No se construye una mayoría progresista prendiendo fuego al campo que uno pretende cultivar.

La izquierda, si aspira a seguir siéndolo, no puede permitirse alimentar el cinismo ni la intoxicación. Menos aún en un momento de precariedad, desafección y avance de los reaccionarios. Quizá algún día, quienes hoy agitan el espantajo del “régimen de guerra” reconozcan el daño que supone trivializar el lenguaje, distorsionar los datos y convertir la legítima discrepancia en una cacería permanente. Mientras tanto, quienes creen en la dignidad de la política seguirán reclamando algo tan sencillo como necesario: respeto a la verdad y a la inteligencia de la gente.

Porque no todo vale, ni siquiera para rascar un puñado de votos en un espacio cada vez más cansado de que la izquierda se convierta en su peor enemiga.


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