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La hipocresía feminista

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🎙️ La hipocresía que desborda el discurso feminista del PSOE

En un país que ha consagrado la igualdad entre hombres y mujeres como un principio constitucional y un horizonte ético innegociable, resulta especialmente doloroso comprobar cómo, una y otra vez, quienes se presentan como sus más fervientes defensores caen en la práctica en las mismas miserias que denuncian con tanto ardor en los púlpitos mediáticos.

Los audios recientemente conocidos en el entorno de la causa Koldo, que sacude los cimientos del Partido Socialista Obrero Español, no son simples conversaciones de bar ni chistes zafios sin trascendencia. Son la constatación de una cultura de impunidad y desprecio hacia las mujeres, tratadas como mera mercancía sexual y relegadas a un papel de adorno en la narrativa de quienes se llenan la boca de igualdad y progreso. Cada frase impregnada de machismo no es una anécdota: es un síntoma profundo de un modo de entender el poder y la masculinidad que persiste cómodamente agazapado en demasiados despachos.

Y aquí radica la gran contradicción: el PSOE, que ha hecho de la causa feminista una seña de identidad y un argumento central de su acción política, toleró durante años la normalización de estos comportamientos. La doble vara de medir –la que perdona todo cuando se trata de los afines mientras exige ejemplaridad a los adversarios– acaba siempre revelando la vacuidad de ciertos compromisos. No se trata solo de corrupción económica, que ya sería lo suficientemente grave: se trata de corrupción moral, la más insidiosa y la más difícil de erradicar.

Ante el escándalo, la reacción no se hizo esperar. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció con solemnidad que se estudian sanciones internas a los militantes que consuman pornografía. Una medida que, más allá de la indignación inmediata, suena a gesto cosmético diseñado para retener el relato y maquillar la imagen, antes que un verdadero propósito de confrontar el machismo estructural que ha impregnado ciertas esferas del partido. Una declaración destinada a aplacar titulares y tranquilizar a la opinión pública, pero que deja intacta la raíz del problema.

Porque resulta difícil creer que el consumo privado de pornografía sea ahora la línea roja que determina la decencia de un cargo público, mientras durante años se ha convivido con un ambiente de camaradería obscena y con la cosificación sistemática de las mujeres, sin levantar la voz, sin exigir responsabilidades, sin romper de verdad con esa cultura degradante.

Si algo demuestra este episodio es que el feminismo no se puede declamar solo en los mítines, ni se puede reducir a un argumentario de campaña. La igualdad real exige un compromiso coherente, incómodo y valiente que empiece por depurar las propias filas, en lugar de recurrir a anuncios apresurados para tapar el descrédito. Y, sobre todo, exige respeto: respeto a las mujeres que confían en la política para transformar sus vidas y no para ser utilizadas como un reclamo moral mientras se negocian contratos millonarios y se refuerzan complicidades tóxicas entre bambalinas.

A fin de cuentas, ningún partido puede sostener su legitimidad si predica valores que luego traiciona en los pasillos. Y la dignidad de las mujeres no debería depender de la urgencia de una nota de prensa o del cálculo electoral de cada crisis.

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