Agrovoltaica en Canarias: cuando el suelo no tiene por qué elegir entre producir alimentos o producir energía
Durante años hemos discutido la transición energética como si el territorio solo pudiera cumplir una función a la vez. O se cultiva, se instalan renovables, se conserva el paisaje o se produce electricidad. Esa forma de plantear el debate tiene algo de cómoda, pero también mucho de falsa. La realidad es bastante más compleja, y precisamente por eso exige soluciones más inteligentes.
Una de esas soluciones es la agrovoltaica, también conocida como agrivoltaica. El concepto es sencillo de explicar, aunque no tan sencillo de ejecutar bien: consiste en compatibilizar en una misma superficie la actividad agrícola y la generación solar fotovoltaica. Es decir, no se trata simplemente de llenar una finca de placas solares y llamar a eso innovación verde. Se trata de diseñar una instalación donde los paneles, la sombra, la orientación, la altura de las estructuras, el tipo de cultivo, el acceso de la maquinaria, el riego y la producción energética formen parte de un mismo sistema.
Bien hecha, la agrovoltaica puede ser una herramienta muy interesante para Canarias. Mal hecha, puede convertirse en una coartada estética para ocupar suelo agrario sin verdadera actividad agraria. Y ahí está, precisamente, la frontera que no deberíamos cruzar.
Qué es exactamente la agrovoltaica
La agrovoltaica no es una planta solar convencional instalada sobre suelo rústico. Tampoco es una cubierta fotovoltaica sin más. Su rasgo diferencial es la doble función productiva del suelo: agricultura y electricidad.
La idea de fondo es aprovechar que los paneles solares no solo producen electricidad, sino que también generan sombra. Esa sombra, si está bien calculada, puede reducir el estrés térmico de determinados cultivos, limitar la evaporación del agua, proteger frente a radiación excesiva y mejorar las condiciones de trabajo en determinadas explotaciones. El IDAE, en su convocatoria RENOINN 2 de proyectos innovadores, define la agrivoltaica como un uso simultáneo del suelo que compatibiliza producción agrícola y fotovoltaica en el mismo espacio, destacando su capacidad para modular la radiación solar sobre los cultivos y reducir necesidades hídricas, especialmente en zonas con escasez de lluvias. (idae.es)
Esto último es clave para Canarias. Aquí no hablamos de un territorio con abundancia de agua, suelo fértil ilimitado y grandes llanuras disponibles. Hablamos de islas con presión territorial, agricultura tensionada, dependencia energética exterior, costes elevados, suelos frágiles y una creciente exposición a sequías y olas de calor.
Por eso la agrovoltaica interesa: porque intenta responder a dos problemas a la vez. En un lado, la necesidad de producir energía renovable cerca del consumo. En el otro, la necesidad de proteger y modernizar un sector primario que no puede seguir funcionando como si el cambio climático fuera una hipótesis académica.
No todos los cultivos sirven igual
La agrovoltaica no es una receta universal. Hay cultivos que pueden beneficiarse de una cierta reducción de radiación solar, y otros que pueden perder rendimiento si reciben demasiada sombra. Existen estructuras elevadas pensadas para permitir el paso de maquinaria. Hay diseños con paneles verticales, con separación amplia entre filas, con seguidores solares o con módulos semitransparentes. Cada solución tiene implicaciones técnicas, agrícolas, económicas y paisajísticas.
Este punto es fundamental: la agrovoltaica exige investigación aplicada. No basta con proyectar megavatios sobre un plano. Hay que medir cómo responde cada cultivo, cómo cambia la humedad del suelo, cómo se modifica la temperatura bajo los paneles, qué ocurre con las plagas, qué costes adicionales asume el agricultor, qué ingresos obtiene y qué modelo contractual se establece con el promotor energético.
La Comisión Europea, a través del Joint Research Centre, ha insistido precisamente en la necesidad de una definición clara de agrovoltaica y de estándares que garanticen que la actividad agrícola continúa y que el suelo no pierde su carácter agrario. También advierte de que el despliegue debe ir acompañado de planificación territorial, simplificación administrativa, seguridad para los agricultores y aceptación social.
Dicho con menos literatura: si desaparece el agricultor, si desaparece el cultivo o si la renta energética convierte la actividad agraria en decorado, eso ya no es agrovoltaica en sentido serio. Será otra cosa.
Por qué tiene sentido en Canarias
Canarias reúne varias condiciones que hacen especialmente interesante esta tecnología.
La primera es evidente: tenemos recurso solar abundante. La fotovoltaica es una de las grandes palancas de la transición energética en el Archipiélago. Pero ese potencial choca con un problema conocido: el territorio insular es limitado y socialmente muy sensible. Cada nueva instalación renovable se analiza, muchas veces, bajo la sospecha de que compite con el paisaje, con la agricultura, con el turismo o con la conservación ambiental.
La agrovoltaica no elimina ese conflicto, pero puede reducirlo si se aplica con rigor. Permite pensar en una ocupación más eficiente del suelo. No se trata de sustituir agricultura por energía, sino de combinar ambas actividades cuando técnicamente sea posible.
La segunda razón es hídrica. La agricultura canaria vive bajo una presión creciente por la disponibilidad y el coste del agua. Si una instalación agrovoltaica bien diseñada reduce evaporación, modera temperaturas y mejora la eficiencia del riego, puede aportar valor real al agricultor. No como eslogan, sino como adaptación climática.
La tercera razón es económica. Muchos agricultores necesitan nuevas fuentes de ingresos para sostener explotaciones que, por sí solas, tienen márgenes muy ajustados. La agrovoltaica puede aportar una renta complementaria o reducir costes energéticos si se orienta al autoconsumo de la propia explotación, al bombeo, al riego, a la refrigeración o a procesos agroindustriales.
La cuarta razón es estratégica. Canarias necesita avanzar en soberanía energética, pero también en soberanía alimentaria. No tendría sentido resolver parcialmente la dependencia energética a costa de empobrecer aún más la base agraria. La virtud de la agrovoltaica está en intentar que ambas soberanías caminen juntas.
El estado actual en Canarias: de la idea al reglamento
A fecha 26 de abril de 2026, la agrovoltaica en Canarias se encuentra en una fase inicial, pero ya claramente institucionalizada. No estamos todavía ante una tecnología desplegada de forma masiva en el Archipiélago. Estamos en una etapa de regulación, proyectos piloto, convocatorias de ayudas y construcción de consenso técnico.
El paso político más relevante ha sido la constitución de la Mesa de Agrovoltaica de Canarias, anunciada por el Gobierno autonómico el 24 de marzo de 2026. Según la información oficial, este nuevo órgano tiene como objetivo impulsar el reglamento que permitirá compatibilizar la actividad agrícola con la generación solar fotovoltaica en Canarias. El Gobierno lo presenta como un espacio de cooperación y participación para integrar producción agrícola y generación renovable en el Archipiélago. (Gobierno de Canarias)
Este dato es importante porque indica que la agrovoltaica empieza a pasar del discurso general al terreno normativo. Y sin regulación clara, esta tecnología puede acabar atrapada entre dos miedos: el miedo del sector agrario a perder suelo y el miedo del sector energético a no tener seguridad jurídica.
También existen antecedentes en materia de ayudas. El Boletín Oficial de Canarias publicó en agosto de 2025 una modificación de las bases reguladoras de la convocatoria para fomentar generación fotovoltaica en espacios antropizados, dentro de la Estrategia de Energía Sostenible en las Islas Canarias y con cargo a fondos Next Generation EU. Esa línea se vincula al despliegue fotovoltaico en espacios ya transformados y forma parte del marco en el que se está intentando encajar la integración territorial de la fotovoltaica. (Gobierno de Canarias)
Además, la sede electrónica del Gobierno de Canarias recoge como objeto de una convocatoria promover generación fotovoltaica en zonas antropizadas, crear espacios de sombra y promover la agrovoltaica como sistema de generación fotovoltaica en superficies agrarias. (ASAGA Canarias ASAJA)

Proyectos piloto en Gran Canaria
El caso más claro en estos momentos está en Gran Canaria. El Instituto Tecnológico de Canarias expuso en ExpoAgro Canarias 2025 los avances del proyecto RESMAC, orientado a evaluar la integración fotovoltaica en actividades agrícolas y determinar su viabilidad técnica, económica y ambiental. Según el ITC, se están impulsando cuatro proyectos piloto de agrivoltaica en Gran Canaria, situados en Arucas, Santa Brígida, Santa Lucía y Las Palmas de Gran Canaria, con cultivos como tomate, papaya, hortícolas y vid. (ITC Canarias)
Este enfoque es el correcto: no empezar por la propaganda, sino por la medición. Canarias necesita saber qué cultivos responden bien, qué diseños funcionan, qué impactos reales existen y qué modelos son asumibles para el agricultor.
También destaca el proyecto de la Finca El Galeón, en Santa Brígida. El Consejo Insular de la Energía de Gran Canaria anunció en enero de 2026 un proyecto piloto de agrovoltaica que combina producción agrícola y generación solar en un mismo espacio, presentado como modelo innovador y replicable para el sector primario insular. (CIE Gran Canaria)
Según la información publicada por el propio Consejo Insular, el proyecto contempla 80 módulos fotovoltaicos de 640 Wp, una potencia pico total de 51,2 kWp, 50 kW nominales y un sistema de acumulación de 107 kWh. No hablamos, por tanto, de una gran planta energética, sino de una instalación piloto. Precisamente por eso tiene interés: porque permite ensayar sin transformar el territorio de manera irreversible. (CIE Gran Canaria)
El Hierro: una referencia energética, pero con cautela
El Hierro aparece de forma recurrente en cualquier conversación sobre renovables en Canarias. En 2023 se presentó una iniciativa para sumar una planta solar fotovoltaica al sistema de Gorona del Viento, con posible convivencia con actividades agrícolas y ganaderas tradicionales. El Cabildo de El Hierro explicó entonces que la primera fase podría incluir 5 MW fotovoltaicos y una batería de 5 MW, y que la instalación podría convertirse en la primera planta agrovoltaica de Canarias. (El Hierro)
Endesa también presentó aquella iniciativa como un proyecto que conviviría con actividades agrícolas y ganaderas, con 12.000 paneles solares y almacenamiento, señalando que sería su primer proyecto agrovoltaico en las Islas. (Endesa)
Ahora bien, conviene ser prudentes. A fecha de esta entrada, no he encontrado confirmación oficial suficiente para afirmar que esa instalación esté plenamente operativa como planta agrovoltaica consolidada. De hecho, en diciembre de 2025 RTVC informó de que el Pleno del Cabildo de El Hierro rechazó una propuesta concreta de ubicación para la ampliación fotovoltaica de Gorona del Viento y acordó buscar una nueva moción con estudios técnicos y posibles localizaciones. (Radio Televisión Canaria)
Por tanto, lo serio es decir esto: El Hierro ha sido y sigue siendo una referencia renovable, y ha tenido sobre la mesa propuestas agrovoltaicas relevantes, pero no debe presentarse como caso cerrado sin una confirmación administrativa y técnica actualizada.
Agrovoltaica no significa barra libre renovable
Aquí conviene marcar una línea clara. La agrovoltaica puede ser una magnífica herramienta, pero no debe convertirse en un salvoconducto para instalar fotovoltaica en cualquier suelo agrario.
Una instalación agrovoltaica seria debería cumplir, al menos, varias condiciones:
Debe mantener la actividad agrícola real. No basta con dejar cuatro surcos simbólicos entre estructuras.
Debe demostrar compatibilidad con el cultivo concreto. No todos los cultivos reaccionan igual a la sombra.
Debe garantizar acceso, riego, mantenimiento y operación agraria. Si la finca deja de funcionar como finca, el concepto fracasa.
Debe repartir valor con el agricultor. El suelo no puede convertirse solo en soporte barato para una instalación energética.
Debe integrarse territorialmente. Canarias no puede permitirse soluciones que ignoren paisaje, biodiversidad, acuíferos, patrimonio agrario o aceptación social.
Debe evaluarse desde el sistema eléctrico. La generación solar es variable. Necesita red, almacenamiento, gestión de excedentes y planificación. En sistemas insulares aislados esto no es un detalle menor: es una condición básica de seguridad y estabilidad.
La agrovoltaica suma, pero no sustituye por sí sola a una planificación energética completa. No resuelve la necesidad de almacenamiento de gran escala, ni de redes robustas, ni de capacidad gestionable, ni de estabilidad dinámica. Puede aportar energía limpia y valor agrícola, pero debe integrarse dentro de un mix más amplio.
Una oportunidad especialmente interesante para cultivos protegidos y zonas ya transformadas
Canarias tiene una larga experiencia en agricultura protegida: invernaderos, mallas, estructuras de sombreo, plataneras, tomates, ornamentales, papaya, vid y cultivos hortícolas. En muchos casos, el agricultor ya gestiona sombra, viento, radiación y agua. La agrovoltaica puede dialogar con esa cultura técnica del campo canario.
No todo tiene que ser una gran estructura nueva sobre terreno abierto. Hay posibilidades en cubiertas agrícolas, balsas, zonas de riego, aparcamientos vinculados a cooperativas, empaquetados, explotaciones ganaderas, centros agroindustriales y fincas experimentales. La clave está en no confundir “superficie disponible” con “superficie adecuada”.
También debe evitarse una trampa habitual: pensar que toda fotovoltaica en suelo agrario es agrovoltaica. No lo es. La agrovoltaica exige diseño conjunto. Si primero se diseña una planta solar y luego se busca una excusa agrícola, vamos mal. El orden debería ser el contrario: analizar la explotación, sus cultivos, sus necesidades energéticas, su régimen hídrico y su viabilidad; y a partir de ahí diseñar la instalación.
Qué falta por hacer
El primer reto es normativo. Canarias necesita un reglamento claro que defina qué se entiende por agrovoltaica, qué porcentaje mínimo de actividad agrícola debe mantenerse, qué indicadores se medirán, cómo se controla el cumplimiento, qué suelos son aptos y cuáles deben quedar excluidos.
El segundo reto es técnico. Necesitamos datos canarios, no solo estudios importados de otras latitudes. El comportamiento de una instalación en Alemania, Francia o la Península no se puede trasladar automáticamente a una finca de Gran Canaria, Tenerife, Lanzarote o La Palma.
El tercer reto es económico. Hay que diseñar modelos donde el agricultor no sea un figurante. La agrovoltaica será socialmente aceptable si fortalece el sector primario, no si lo desplaza con una renta energética a corto plazo.
El cuarto reto es eléctrico. La generación agrovoltaica debe conectarse de forma ordenada, con criterios de red, almacenamiento, autoconsumo, proximidad al consumo y reducción real de combustibles fósiles. En una isla, cada megavatio renovable cuenta, pero no todos los megavatios tienen el mismo valor operativo.
El quinto reto es cultural. Canarias necesita superar el falso dilema entre campo y energía. Pero también debe superar el entusiasmo ingenuo que presenta cualquier placa solar como solución milagrosa. Ni bloqueo sistemático ni barra libre. Rigor.
Conclusión: una pieza útil, no una varita mágica
La agrovoltaica puede ser una de las herramientas más inteligentes para la transición energética de Canarias. Tiene sentido territorial, climático, agrícola y energético. Puede ayudar a reducir costes, proteger cultivos, aprovechar mejor el suelo, generar electricidad limpia y dar una renta complementaria al sector primario.
Pero su éxito dependerá de cómo se regule y de cómo se ejecute. Si se convierte en una alianza real entre agricultores, técnicos, administraciones y operadores energéticos, puede abrir un camino muy valioso. Si se usa como etiqueta amable para disfrazar plantas solares convencionales, acabará generando rechazo social y dañando una idea que, bien aplicada, merece una oportunidad.
Canarias necesita renovables. También necesita agricultura. Y necesita territorio vivo, no territorios sacrificados bajo discursos bonitos. La agrovoltaica merece entrar en la conversación precisamente porque plantea una pregunta madura: ¿y si el suelo, en lugar de elegir entre producir alimentos o producir energía, pudiera hacer ambas cosas con inteligencia?
La respuesta no será automática. Habrá que medir, regular, corregir y aprender. Pero la dirección parece razonable: menos trincheras, más ingeniería, más agricultura real y más transición energética bien hecha.
















