Aznar y el PP: cuando la brújula apunta a la crispación
Hay expresidentes que se retiran de la primera línea y dejan que el tiempo coloque su legado en la historia. José María Aznar pertenece a otra categoría. No ocupa la dirección cotidiana del Partido Popular, no encabeza listas electorales ni comparece cada semana ante los medios, pero sigue teniendo una influencia política difícil de ignorar.
No es una influencia administrativa. Es más profunda: cultural, ideológica y emocional. Aznar continúa ofreciendo al PP un marco desde el que interpretar España, sus conflictos territoriales, la izquierda, el Gobierno, las instituciones y hasta la propia democracia. Y ese marco se apoya cada vez más en una idea inquietante: que el adversario político no representa una alternativa discutible, sino una amenaza que debe ser derrotada para salvar al país.
Ahí reside el problema. No en que un expresidente opine. Tiene todo el derecho a hacerlo. El problema aparece cuando una formación que aspira a gobernar España adopta como brújula política un lenguaje que convierte la discrepancia democrática en una especie de emergencia nacional permanente.
El expresidente que sigue siendo referencia
Aznar fue presidente del Gobierno en dos legislaturas consecutivas, entre 1996 y 2004. Esa doble victoria lo convirtió en una figura central de la historia reciente de la derecha española y en uno de los principales arquitectos del Partido Popular moderno. (Congreso de los Diputados)
Esa condición histórica explica parte de su autoridad. Pero no basta para entender su vigencia actual. En el XXI Congreso Nacional del PP, celebrado en julio de 2025, Alberto Núñez Feijóo presentó a Aznar y a Mariano Rajoy como “dos consejeros” y afirmó que su presencia era “un símbolo de todo lo que nos une”. (El País)
No es una fórmula de cortesía menor. Un partido no coloca a sus antiguos dirigentes en el centro de sus grandes actos si los considera simples recuerdos de otra época. Aznar representa para una parte significativa del PP una idea de autoridad, cohesión interna y proyecto nacional. Es, en cierto modo, el depositario de una nostalgia política: la de un partido que se percibe a sí mismo como alternativa natural de gobierno y que siente que España se ha alejado de un orden que considera legítimo.
Ese es el primer motivo de su influencia: Aznar no es solo un expresidente. Es una referencia identitaria.

Una forma de entender España
La influencia de Aznar no se mide únicamente por sus apariciones públicas. Se mide, sobre todo, por el lenguaje que ha ido consolidando.
El pasado 1 de julio, en un acto de Nueva Economía Fórum, Aznar sostuvo que España no se juega solo un cambio de Gobierno, sino “un cambio de sistema”. Reclamó una mayoría “nacional” capaz de “derribar el muro de Sánchez” y presentó al Ejecutivo como un Gobierno “rehén voluntario” de sus socios parlamentarios. (Faes)
Es importante detenerse en las palabras. Un Gobierno puede ser criticado con dureza. Puede ser acusado de mala gestión, de errores legislativos, de decisiones equivocadas o incluso de corrupción cuando existan indicios y responsabilidades que depurar. Todo eso forma parte de una democracia sana.
Pero decir que España vive ante un “cambio de sistema”, que el Gobierno es una amenaza para la nación o que la política se ha convertido en un muro entre españoles supone ir más allá de la crítica. Supone presentar al adversario como una anomalía histórica que debe ser corregida.
Ese discurso no busca solo ganar unas elecciones. Busca convertirlas en una batalla moral y existencial.
Y cuando la política se narra como una batalla de supervivencia, la convivencia queda dañada. Porque ya no se discuten propuestas sobre vivienda, salarios, sanidad, fiscalidad, transición ecológica o financiación autonómica. Lo que se discute es quién pertenece plenamente a la nación y quién la estaría poniendo en peligro.
El PP no es un espectador de ese discurso
Sería injusto afirmar que Aznar dicta cada decisión del Partido Popular. No hay pruebas de una dirección cotidiana desde fuera de Génova. Pero tampoco sería serio negar que su marco político encuentra eco en la dirección actual.
El mismo día de la intervención de Aznar, la portavoz parlamentaria del PP, Ester Muñoz, planteó que lo urgente era “sacar a Sánchez”, pero que lo importante era “cambiar el modelo” y emprender una “reconstrucción” más profunda. (Partido Popular)
Las coincidencias no prueban obediencia. Pero sí revelan algo relevante: el lenguaje de Aznar no es una rareza aislada ni una excentricidad de un antiguo presidente. Forma parte de un clima político compartido dentro del PP.
El problema es que ese clima favorece una oposición que se acostumbra a pensar que todo acuerdo con el Gobierno es una cesión intolerable, que toda alianza parlamentaria es una amenaza al país y que toda pluralidad territorial es una sospecha.
España es una democracia compleja. Tiene comunidades autónomas con identidades políticas distintas, partidos de ámbito estatal, fuerzas nacionalistas, gobiernos de coalición y parlamentos fragmentados. Puede gustarnos más o menos ese escenario, pero es el resultado de la voluntad popular expresada en las urnas.
Presentar esa pluralidad como una enfermedad no ayuda a resolverla. Solo la convierte en un motivo permanente de confrontación.

La contradicción de hablar de convivencia desde la división
El Partido Popular sostiene que quiere acabar con la polarización. Feijóo ha afirmado que no separará a los españoles “en buenos y malos” y ha prometido acabar con el “muro” entre ciudadanos.
Es una afirmación razonable. España necesita menos bloques emocionales, menos insultos y menos política basada en el resentimiento. El problema es que no se puede defender la convivencia mientras se alimenta un discurso que presenta a la mitad del país como cómplice de una supuesta demolición nacional.
No se puede pedir moderación y, al mismo tiempo, describir al Gobierno como un poder ilegítimo, entregado a minorías radicales y dispuesto a destruir el sistema democrático.
No se puede hablar de reencuentro mientras se convierte al adversario político en enemigo moral.
La crispación no nace solo de un partido ni de una persona. Sería simplista afirmarlo. El Gobierno también tiene responsabilidad en la calidad del debate público, en sus decisiones, en sus errores y en la forma en que responde a la oposición. Pero eso no exime al PP de la suya.
Quien aspira a gobernar no puede limitarse a señalar incendios. Tiene que demostrar que sabe apagarlos.
Por qué Aznar continúa siendo la brújula
Aznar sigue siendo importante para el PP porque ofrece algo que hoy escasea en la política española: un relato completo. Un relato sencillo, reconocible y emocionalmente eficaz.
España estaría amenazada. El Gobierno sería la causa. El PP representaría la normalidad perdida. Y la victoria electoral se convertiría en una forma de rescate nacional.
Ese relato tiene fuerza porque simplifica una realidad compleja. También porque permite unir a sectores distintos de la derecha bajo una misma idea de país. Pero tiene un coste democrático evidente: convierte la política en una frontera moral entre patriotas y sospechosos.
La democracia no necesita partidos que amenacen menos. Necesita partidos que construyan más.
El PP tiene derecho a defender una visión conservadora de España. Tiene derecho a criticar al Gobierno, a combatir sus leyes y a ofrecer una alternativa distinta. Lo que no debería hacer es asumir como eje de su identidad una narrativa que presenta la alternancia democrática como una operación de salvamento nacional.
Cuando la brújula política apunta siempre hacia la crispación, el país termina caminando en círculos.
Y España ya ha perdido demasiado tiempo caminando así.
















