Inicio General Ignorancia y democracia: la advertencia de Asimov y Sagan

Ignorancia y democracia: la advertencia de Asimov y Sagan

0
8
Persona rodeada de pantallas, noticias, redes sociales y contenidos digitales que simbolizan la dificultad de distinguir información fiable, opinión y desinformación.

Ignorancia y democracia: cuando opinar parece valer lo mismo que saber

Hay una confusión que empieza a resultar peligrosa para cualquier sociedad democrática: creer que, puesto que todos tenemos el mismo derecho a expresarnos, todas nuestras afirmaciones merecen idéntico valor cuando intentamos averiguar qué es verdad. La relación entre ignorancia y democracia se vuelve problemática cuando trasladamos la igualdad política de los ciudadanos al terreno del conocimiento y terminamos considerando una opinión improvisada equivalente a una conclusión sustentada en pruebas.

Isaac Asimov advirtió hace casi medio siglo sobre esa deriva. Carl Sagan añadió después otra preocupación: estamos construyendo sociedades cada vez más dependientes de la ciencia y la tecnología mientras buena parte de la población apenas comprende los sistemas que condicionan su vida cotidiana. Ninguno de los dos conoció TikTok, X, los algoritmos de recomendación actuales, los deepfakes ni la inteligencia artificial generativa. Precisamente por eso resulta inquietante comprobar cuánto se parecen algunas de sus advertencias al mundo que hemos terminado construyendo.

Asimov nunca predijo las redes sociales, pero entendió el problema

En enero de 1980, Isaac Asimov publicó en Newsweek un breve artículo titulado A Cult of Ignorance. Conviene partir del texto original porque alrededor de Asimov circulan hoy frases y supuestas predicciones que nunca escribió. Su reflexión era menos espectacular que muchas de esas atribuciones, pero bastante más profunda.

Asimov denunciaba una corriente antiintelectual presente en la vida política y cultural estadounidense y señalaba una idea que consideraba particularmente peligrosa: interpretar la democracia como si significara que «mi ignorancia es tan válida como tu conocimiento». La expresión aparece literalmente en aquel artículo y resume con extraordinaria precisión el problema que quería señalar.

Su argumento no cuestionaba la igualdad democrática. Al contrario, obligaba a distinguir dos planos que hoy mezclamos con demasiada facilidad. Mi voto vale exactamente lo mismo que el de un premio Nobel y mi derecho a intervenir en la conversación pública es idéntico al suyo. Puedo criticar a un científico, discutir una decisión sanitaria, cuestionar al Gobierno o defender una hipótesis minoritaria. Esa igualdad política resulta irrenunciable.

Lo que no se desprende de ella es que todos poseamos el mismo conocimiento sobre cualquier materia. Reconocer que un oncólogo sabe más de oncología que quien acaba de consultar tres vídeos en internet, o que un ingeniero especializado conoce mejor determinados problemas técnicos que alguien ajeno a esa disciplina, no establece ciudadanos de primera y de segunda. Significa aceptar que el conocimiento necesita formación, experiencia, contraste y pruebas.

Opinión no es conocimiento: Ciudadana entre mensajes de opinión y fuentes científicas, como representación de la diferencia entre libertad de expresión, conocimiento y evidencia.

Sagan vio el otro lado de la misma amenaza

Carl Sagan planteó años después una preocupación complementaria. En Why We Need to Understand Science, publicado en 1990, advertía de las consecuencias políticas de una población incapaz de comprender suficientemente la ciencia en sociedades cuya economía, seguridad y funcionamiento democrático dependían cada vez más de ella. Su conclusión era clara: la ignorancia científica no afectaba únicamente a los laboratorios; podía comprometer el propio proceso democrático.

La advertencia adquiere hoy una dimensión difícil de exagerar. Dependemos de redes eléctricas extremadamente complejas, infraestructuras digitales globales, sistemas bancarios informatizados, satélites, modelos climáticos, tecnologías médicas avanzadas y algoritmos que intervienen en decisiones económicas, administrativas y personales. Empezamos además a convivir con sistemas de inteligencia artificial cuyo funcionamiento resulta difícil de explicar incluso para muchos usuarios profesionales.

Una sociedad moderna no necesita convertir a cada ciudadano en ingeniero, médico, físico o programador. Necesita algo bastante más razonable: proporcionar herramientas suficientes para entender cómo se construye el conocimiento, distinguir una evidencia de una ocurrencia, identificar una fuente mínimamente fiable y reconocer cuándo alguien utiliza nuestra falta de conocimientos para manipularnos.

Internet democratizó el conocimiento y también la publicación

La llegada de internet produjo una transformación formidable. Nunca había resultado tan sencillo acceder desde una casa a investigaciones científicas, documentos públicos, estadísticas oficiales, universidades, archivos históricos o especialistas de prácticamente cualquier disciplina. Una persona con curiosidad y cierto criterio dispone hoy de posibilidades de aprendizaje que hace apenas unas décadas habrían parecido extraordinarias.

Pero ocurrió simultáneamente otra revolución. También democratizamos la capacidad de publicar ante una audiencia potencialmente enorme. Durante buena parte del siglo XX existían intermediarios que decidían qué información llegaba a millones de personas. Periódicos, radios y televisiones ejercían ese poder, muchas veces con criterios profesionales y otras tantas con intereses económicos, ideológicos o políticos.

Romper aquel monopolio tuvo consecuencias profundamente democráticas. Permitió que aparecieran voces antes ignoradas, facilitó la denuncia de abusos, permitió organizar movimientos ciudadanos y acabó con la idea de que unas pocas empresas podían controlar por completo la conversación pública. Conviene recordarlo cuando analizamos los problemas actuales de las redes sociales: regresar a un mundo en el que unos pocos decidían quién podía hablar tampoco sería un avance.

La dificultad apareció cuando confundimos la democratización de la palabra con la democratización de la verdad. Cualquiera puede publicar una afirmación, como debe ser en una sociedad libre, pero la facilidad para difundirla no aumenta su veracidad.

Un investigador y un creador viral comparten ahora la misma pantalla

Un investigador puede dedicar diez años a reunir datos, publicar resultados, someterlos a revisión y corregir errores. Otra persona puede grabar en diez minutos un vídeo asegurando exactamente lo contrario y conseguir una audiencia cientos de veces superior. Desde el punto de vista de una plataforma ambos contenidos pueden ocupar unos centímetros idénticos en nuestra pantalla.

La diferencia aparece después. Uno ofrece un conocimiento provisional construido mediante un procedimiento que puede ser discutido y contrastado. El otro puede aportar una intuición acertada, una opinión legítima, una equivocación o una mentira deliberada. El número de seguidores no nos permite saber en cuál de esos casos nos encontramos.

Ya hemos comprobado en este blog cómo está cambiando nuestra relación con la información. El Informe Digital News 2026 sobre España muestra el creciente peso de las plataformas en el acceso a las noticias y una transformación del lugar donde encontramos la actualidad. La información llega cada vez más mezclada con entretenimiento, recomendaciones algorítmicas, conversaciones personales y contenidos creados para captar nuestra atención.

Ese cambio importa porque una plataforma no necesita demostrar que una afirmación es verdadera para hacerla visible. Sus sistemas de recomendación pueden premiar otras características: capacidad para retener nuestra atención, provocar una reacción, generar comentarios o mantenernos conectados. La falsedad dispone ahí de una ventaja nada despreciable: puede ser más sencilla, emocional y rotunda que una explicación rigurosa.

El algoritmo premia la emoción: Redes sociales y contenidos virales compiten con información contrastada, mostrando cómo los algoritmos pueden favorecer la emoción frente a la verificación.

Ignorancia y democracia en la era del algoritmo

Defender el conocimiento especializado tampoco significa entregar las decisiones públicas a una aristocracia de expertos. Los científicos se equivocan, las instituciones pueden sufrir inercias, los investigadores tienen sesgos y existen conflictos de intereses. La historia de la ciencia está llena de ideas que parecían sólidas y terminaron siendo corregidas.

Precisamente esa capacidad de corrección constituye una de sus mayores fortalezas. Una persona sin título universitario puede demostrar que un científico prestigioso está equivocado. Para hacerlo necesita presentar argumentos, evidencias o experimentos mejores. La autoridad puede cuestionarse; lo que no debería desaparecer es la necesidad de demostrar aquello que afirmamos.

Aquí aparece una diferencia que nuestra conversación pública necesita recuperar. Una opinión merece respeto porque quien la expresa posee dignidad y derechos. Una afirmación acerca de la realidad adquiere credibilidad cuando existen razones suficientes para considerarla verdadera. Confundir ambas cosas deteriora el debate porque convierte cualquier exigencia de pruebas en una supuesta agresión contra la libertad de opinar.

El conflicto entre ignorancia y democracia empieza precisamente ahí: cuando dejamos de distinguir el derecho de cualquier persona a pronunciarse de la obligación intelectual de aportar evidencias cuando pretendemos describir hechos.

La inteligencia artificial añade un problema completamente nuevo

La inteligencia artificial generativa introduce ahora una capacidad que Asimov y Sagan nunca llegaron a conocer. Hasta hace pocos años, fabricar una fotografía falsa convincente, imitar una voz o producir un vídeo manipulado con cierta calidad exigía conocimientos técnicos y recursos. Esa barrera está desapareciendo rápidamente.

Hoy podemos producir textos verosímiles, fotografías inexistentes, voces sintéticas y vídeos manipulados con herramientas accesibles a millones de personas. Como analicé en Deepfakes y democracia: el derecho a una realidad reconocible, ya no hablamos únicamente de convencer a alguien con una interpretación falsa de los hechos. Podemos empezar por falsificar la propia apariencia del hecho.

Esto modifica profundamente nuestra relación con la prueba. Durante mucho tiempo, una fotografía, un audio o un vídeo podían aportar una presunción razonable de autenticidad, aunque siempre pudieran manipularse. Ahora debemos acostumbrarnos a que ver a una persona decir algo en una pantalla puede dejar de constituir una garantía suficiente de que realmente lo haya dicho.

La Comisión Europea considera la manipulación informativa y la desinformación amenazas relevantes para la resiliencia democrática. Según el Eurobarómetro especial sobre protección y promoción de la democracia publicado en 2025, el 79 % de los europeos manifestaba preocupación por la influencia de la desinformación sobre los votantes y el 70 % temía interferencias extranjeras en las elecciones.

Saber utilizar una tecnología incluye saber desconfiar de ella

Este problema conecta además con una cuestión más cotidiana. La alfabetización tecnológica del siglo XXI no consiste solamente en aprender qué botones debemos pulsar. Significa comprender también qué puede hacer una herramienta, dónde falla, qué intereses existen detrás de ella y cuándo debemos verificar su respuesta.

Es precisamente el enfoque que intentaba plantear recientemente en IA en Candelaria para entenderla y usarla con criterio. Acercar la inteligencia artificial a las personas no debería consistir en convertirlas en especialistas, sino en proporcionarles autonomía suficiente para aprovechar sus posibilidades sin entregarles ciegamente nuestra confianza.

Una persona puede recibir de una inteligencia artificial una respuesta impecablemente redactada y completamente falsa. También puede encontrar una publicación viral acompañada por miles de comentarios y descubrir después que su premisa era inventada. La apariencia de seguridad, profesionalidad o popularidad ya no constituye una garantía útil de veracidad.

Por eso necesitaremos enseñar algo aparentemente elemental y, a la vez, cada vez más difícil: aprender a preguntar quién afirma algo, cómo lo sabe, qué evidencia aporta, cuál es la fuente original y qué posibilidades existen de que estemos ante una manipulación.

El nuevo analfabetismo no consiste únicamente en no saber leer

Durante siglos, alfabetizar significó fundamentalmente aprender a leer y escribir. Aquella conquista continúa siendo imprescindible, pero resulta insuficiente para habitar el ecosistema informativo actual. Necesitamos una alfabetización científica, mediática y digital capaz de acompañarnos durante toda la vida.

No hace falta conocer las matemáticas de un algoritmo para comprender que una plataforma selecciona lo que vemos. Tampoco debemos estudiar medicina para aprender que una experiencia personal no demuestra la eficacia general de un tratamiento. Podemos ignorar cómo funciona internamente un modelo de inteligencia artificial y, aun así, saber que sus respuestas deben contrastarse cuando están en juego cuestiones importantes.

La alfabetización mediática forma parte precisamente de la estrategia europea frente a un entorno informativo cada vez más complejo. La Comisión Europea la relaciona con la capacidad de acceder a la información, analizarla críticamente y desenvolverse mejor frente a la desinformación y la manipulación.

Hay además una habilidad que deberíamos reivindicar mucho más: saber decir «no lo sé». Nuestra cultura digital recompensa la respuesta inmediata y empuja a pronunciarnos sobre cualquier acontecimiento pocos minutos después de conocerlo. Reconocer los límites de nuestro conocimiento parece haberse convertido casi en una rareza cuando, en realidad, constituye una forma básica de honestidad intelectual.

Ver ya no basta: Equipo analizando imágenes, audio y vídeo manipulados mediante inteligencia artificial para verificar su autenticidad y proteger la información democrática.

Una democracia necesita ciudadanos críticos, no ciudadanos obedientes

Nada de esto debería utilizarse para justificar censuras, ministerios de la verdad o una sociedad en la que algunas élites determinen qué puede pensar el resto. Una democracia saludable necesita ciudadanos desconfiados, capaces de cuestionar a gobiernos, empresas, periodistas, universidades, científicos y también a quienes escribimos en internet.

El pensamiento crítico no consiste en desconfiar automáticamente de todo. Consiste en graduar nuestra confianza según las pruebas disponibles. Creer cualquier mensaje institucional sería ingenuo; considerar que una institución oficial y una cuenta anónima recién creada merecen automáticamente idéntica credibilidad tampoco constituye pensamiento crítico.

La libertad de expresión protege nuestro derecho a equivocarnos, exagerar, interpretar y defender ideas minoritarias. Esa protección resulta esencial precisamente porque la verdad no puede ser decretada desde el poder. Pero una sociedad libre necesita conservar mecanismos que permitan diferenciar una afirmación respaldada por evidencias de otra que carece de ellas.

Cuando desaparece esa diferencia, quien investiga tiene que competir en igualdad de condiciones comunicativas con quien inventa, y quien matiza parte con desventaja frente a quien ofrece certezas absolutas. El resultado puede ser una sociedad extraordinariamente comunicada y, al mismo tiempo, cada vez peor preparada para comprender lo que ocurre.

Estamos superinformados, pero eso no significa estar mejor informados

Quizá esta sea una de las paradojas centrales de nuestro tiempo. Disponemos de más información que cualquier generación anterior y podemos acceder a ella casi instantáneamente. La abundancia, sin embargo, crea un problema nuevo: ya no basta con encontrar información; necesitamos saber jerarquizarla.

La escasez informativa permitía al poder controlar lo que una población podía conocer. La saturación ofrece otro mecanismo de manipulación: inundar el espacio público hasta hacer difícil distinguir lo importante de lo irrelevante, el conocimiento de la propaganda y el hecho contrastado de una fabricación emocionalmente eficaz.

Asimov temió una cultura capaz de elevar la ignorancia a categoría de opinión equivalente al conocimiento. Sagan percibió el riesgo de entregar un poder tecnológico creciente a sociedades que entendían cada vez menos cómo funcionaba aquello de lo que dependían. Redes sociales, algoritmos e inteligencia artificial han terminado conectando ambas preocupaciones.

La tensión entre ignorancia y democracia no se resolverá silenciando voces ni otorgando infalibilidad a los expertos. Se resolverá mejorando nuestra capacidad colectiva para preguntar, comprobar, contrastar y admitir que hay asuntos sobre los que necesitamos aprender antes de pronunciarnos con seguridad.

Ese puede ser uno de los grandes desafíos democráticos del siglo XXI. Hemos construido una civilización capaz de poner una parte enorme del conocimiento humano al alcance de nuestra mano y, simultáneamente, tecnologías capaces de fabricar falsedades con una facilidad desconocida hasta ahora. Nuestro auténtico suicidio intelectual llegaría si, disponiendo de más conocimiento que ninguna generación anterior, perdiéramos la voluntad de distinguirlo de aquello que simplemente queremos creer.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí