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Encuestas electorales en Brasil: del error al fraude

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Recreación de un colegio electoral de Brasil con una urna electrónica en primer plano, ciudadanos votando y una pantalla con gráficos de encuestas presidenciales.

Brasil y las encuestas electorales: cuando un pronóstico alimenta la desconfianza democrática

Las encuestas electorales sufrieron un serio revés en Brasil. Los principales sondeos publicados antes de la segunda vuelta presidencial del 25 de octubre situaban a Flávio Bolsonaro ligeramente por delante de Lula da Silva. Sin embargo, cuando se contaron los votos, el resultado fue el contrario. Lula ganó con una ventaja de más de cuatro millones de sufragios.

Podríamos limitarnos a hablar de un error demoscópico, algo que forma parte de las limitaciones de cualquier procedimiento estadístico. Pero lo sucedido plantea un problema bastante más inquietante. Las encuestas también construyen expectativas electorales que pueden utilizarse como propaganda política. Y cuando esas expectativas no se cumplen, pueden terminar alimentando discursos que cuestionan la limpieza de las elecciones.

Eso es lo que convierte en especialmente preocupante la reacción de Flávio Bolsonaro, que ha rechazado reconocer su derrota y ha anunciado que solicitará la anulación de los comicios. Aunque su impugnación anunciada se fundamenta en determinadas decisiones adoptadas durante la jornada electoral, el contraste entre los sondeos y las urnas ofrece un terreno propicio para alimentar sospechas.

La cuestión merece una reflexión que va bastante más allá de Brasil.

Las encuestas electorales en Brasil: lo que decían y lo que ocurrió

El sábado 24 de octubre, apenas unas horas antes de la votación, Datafolha y Quaest publicaron sus últimas estimaciones. Ambos institutos otorgaban a Flávio Bolsonaro el 51 % de los votos válidos y a Lula el 49 %.

Los resultados se encontraban dentro de los márgenes de error y, por tanto, los dos institutos hablaban de empate técnico. Sin embargo, el mensaje que podía quedarse en la memoria de muchos ciudadanos era más sencillo: Bolsonaro aparecía por delante.

Otros institutos, como AtlasIntel, CNT/MDA y Gerp, también situaban al candidato conservador ligeramente por encima de Lula. Existían diferencias metodológicas en las encuestas electorales, pero coincidían en una misma orientación.

El escrutinio oficial del Tribunal Superior Electoral de Brasil ofreció un resultado muy diferente: Lula obtuvo el 51,79 % de los votos válidos, frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro. La diferencia fue de 4.430.191 votos.

Datafolha y Quaest habían estimado una ventaja de dos puntos para Bolsonaro. Finalmente, Lula ganó por 3,58 puntos. Por tanto, la desviación entre la ventaja estimada y la observada alcanzó los 5,58 puntos porcentuales.

Lo significativo es que varios institutos se desviaron en la misma dirección. Esa coincidencia merece una revisión metodológica que permita comprender qué ocurrió.

Comparación visual de las encuestas Datafolha y Quaest, que situaban a Lula en el 49 %, con el resultado electoral de Brasil, donde obtuvo el 51,79 % de los votos.

Por qué pueden equivocarse las encuestas

Como explicamos en nuestra entrada sobre cómo funcionan las encuestas electorales y qué es la cocina, una estimación de voto no consiste simplemente en preguntar a un grupo de ciudadanos qué opción prefiere.

Los institutos seleccionan muestras, ponderan las respuestas, corrigen determinados desequilibrios y, en ocasiones, intentan estimar quién acudirá realmente a votar. Cada una de esas operaciones introduce decisiones metodológicas que deben justificarse.

Además, el electorado cambia. Hay personas que deciden su voto durante los últimos días y otras que, pese a expresar una preferencia, finalmente no participan.

En Brasil existe un dato relevante: la abstención bajó del 21,08 % en la primera vuelta a aproximadamente el 19,2 % en la segunda. Sin conocer la composición de esa participación adicional, no podemos determinar cuánto contribuyó al error de las encuestas.

Tampoco sería riguroso interpretar automáticamente la coincidencia de los errores como una manipulación deliberada.

Pero precisamente porque los errores son posibles, resulta indispensable explicar sus causas y reconocer sus consecuencias.

Cuando las encuestas se convierten en propaganda

Existe una dimensión de la demoscopia que rara vez recibe suficiente atención: su capacidad para influir sobre la percepción colectiva de unas elecciones.

Desde el momento en que se publican, los sondeos pasan a formar parte de la campaña. Los partidos los utilizan para reforzar sus mensajes, los medios les conceden titulares destacados y las redes sociales los convierten en argumentos de confrontación.

Así, una estimación estadística puede acabar adquiriendo la apariencia de una certeza.

No transmite lo mismo un titular que anuncia un empate técnico que otro que destaca que un candidato encabeza las encuestas. Ambos pueden apoyarse en los mismos datos, pero el efecto comunicativo es diferente.

Por eso resulta legítimo preguntarse quién financia determinadas investigaciones, cómo se seleccionan las que reciben mayor publicidad y qué criterios utilizan los medios para interpretar sus resultados.

La utilización propagandística de las encuestas electorales tampoco exige necesariamente falsificar sus cifras. Basta, en ocasiones, con destacar las que favorecen una determinada narrativa, ignorar las demás o presentar diferencias estadísticamente inciertas como ventajas consolidadas.

Esto no significa que toda encuesta publicada tenga una finalidad propagandística. Significa que una herramienta científica puede utilizarse para objetivos políticos que poco tienen que ver con la investigación.

Recreación de ciudadanos brasileños siguiendo encuestas electorales por televisión, prensa digital y redes sociales, mostrando cómo se construyen las expectativas de victoria.

Las expectativas también pueden influir en los votantes

La investigación sobre comportamiento electoral lleva décadas estudiando cómo afectan los sondeos a las decisiones de los ciudadanos.

Uno de los fenómenos identificados es el llamado efecto de arrastre, por el cual determinados electores pueden sentirse inclinados a apoyar a quien consideran vencedor. También existe el efecto contrario: la percepción de una derrota puede estimular la movilización de quienes desean evitarla.

Sin embargo, hay otra dimensión que considero especialmente importante: la influencia sobre el ánimo de los electores.

Una sucesión de encuestas favorables puede reforzar el entusiasmo de unos simpatizantes y generar desánimo entre los contrarios. Aunque también puede provocar complacencia en los primeros y movilizar a los segundos.

Los estudios disponibles no permiten establecer efectos universales ni atribuirles una intensidad idéntica en todas las elecciones.

Por tanto, no podemos afirmar que las encuestas brasileñas determinaran el comportamiento de los votantes. Pero tampoco deberíamos ignorar que las expectativas de victoria o derrota pueden influir en cómo se vive una campaña electoral.

Y esa influencia tiene una segunda consecuencia potencialmente más peligrosa.

Del pronóstico equivocado a la sospecha de fraude

Cuando durante semanas se alimenta la expectativa de que un candidato puede ganar, un resultado contrario puede resultar difícil de aceptar para algunos de sus seguidores.

Esa reacción puede ofrecer un terreno favorable a quienes pretenden sembrar dudas sobre las instituciones electorales.

El razonamiento es aparentemente sencillo: si las encuestas electorales anunciaban que íbamos a ganar y finalmente hemos perdido, alguien debe haber manipulado la votación.

Pero esa conclusión carece de fundamento.

Una encuesta es una estimación estadística. Un escrutinio es la contabilización de los votos efectivamente emitidos. Que ambas cifras no coincidan puede demostrar que las estimaciones fueron inexactas, pero no constituye una prueba de fraude.

De hecho, presentar una encuesta como garantía de un resultado supone atribuirle una capacidad que nunca ha tenido.

Conviene precisar que no he encontrado una declaración verificable de Flávio Bolsonaro que utilice expresamente la discrepancia con las encuestas como prueba del supuesto fraude. Su cuestionamiento público se ha centrado en otros aspectos del proceso electoral.

Sin embargo, el riesgo de convertir expectativas frustradas en argumentos de deslegitimación existe y merece una atención especial.

Qué ha ocurrido realmente tras la victoria de Lula

La noche del 25 de octubre, Flávio Bolsonaro anunció que no reconocería la derrota y que acudiría a los tribunales para solicitar la anulación de las elecciones.

Su principal argumento fue la decisión del magistrado Cristiano Zanin, del Supremo Tribunal Federal, de ampliar hasta las 19:00 el horario de votación ante los problemas de desplazamiento denunciados durante la jornada.

Aquí aparece un dato que resulta esencial para comprender la controversia: las dos candidaturas habían solicitado ampliar el horario electoral, aunque por razones y ámbitos territoriales diferentes.

La candidatura de Lula alegó problemas relacionados con el transporte público y solicitó una ampliación general. La de Bolsonaro pidió prolongar la votación en determinados municipios afectados por lluvias, inundaciones y otras dificultades.

Posteriormente, el magistrado decidió ampliar el horario en todo el país, aunque la aplicación quedó limitada a las mesas que todavía permanecían abiertas.

La medida

La medida puede discutirse desde el punto de vista jurídico y organizativo. De hecho, el Ministerio Público Electoral había expresado su oposición a modificar el horario legal. Pero esa controversia no demuestra, por sí misma, una alteración fraudulenta del resultado.

Según los datos del TSE analizados por CNN Brasil, después de las 17:00 se registraron 34.330 votos, de los cuales 29.001 correspondieron a los primeros cinco minutos. Buena parte de ellos pudo proceder de personas que ya estaban esperando para votar.

En cualquier caso, ese volumen resulta muy inferior a los más de 4,4 millones de votos que separaron a los candidatos.

Además, el Tribunal Superior Electoral desmintió oficialmente la acusación de que los fiscales del Partido Liberal hubieran sido expulsados de la supervisión del escrutinio. El organismo explicó que representantes de esa formación estuvieron presentes en los espacios habilitados para controlar la totalización.

Por supuesto, Bolsonaro tiene derecho a acudir a la justicia. Pero sus reclamaciones deben apoyarse en hechos verificables y ser examinadas mediante los procedimientos legales correspondientes.

Brasil conoce las consecuencias de deslegitimar unas elecciones

Resulta imposible analizar esta controversia sin recordar lo ocurrido después de las elecciones presidenciales de 2022.

Entonces, Jair Bolsonaro y sectores de su entorno cuestionaron la credibilidad del sistema electoral brasileño. La tensión posterior desembocó, el 8 de enero de 2023, en el asalto de grupos bolsonaristas al Congreso, al Tribunal Supremo y al Palacio Presidencial en Brasilia.

Aquellos acontecimientos constituyeron una grave agresión contra las instituciones democráticas.

Naturalmente, sería precipitado identificar la situación actual con lo sucedido entonces. Cada episodio debe analizarse atendiendo a sus circunstancias. Sin embargo, el precedente obliga a tomarse en serio los discursos que cuestionan unas elecciones sin aportar pruebas suficientes.

Las democracias necesitan que sus instituciones estén sometidas a vigilancia y crítica. Pero también requieren que los participantes acepten unas reglas comunes y reconozcan los resultados cuando estos se han producido con las garantías correspondientes.

Ninguna fuerza política debería considerar legítimo un escrutinio únicamente cuando coincide con sus expectativas.

Recreación de una redacción con gráficos electorales, mensajes de sospecha de fraude en un móvil y datos oficiales que permiten contrastar las encuestas con el escrutinio.

La responsabilidad de los institutos y los medios de comunicación

Sería injusto responsabilizar a los demóscopos de todas las interpretaciones interesadas que puedan hacerse de sus investigaciones. Sin embargo, tampoco deberían desentenderse de cómo se presentan sus resultados.

La transparencia exige identificar a quien financia cada encuesta, explicar la selección de la muestra, publicar las ponderaciones utilizadas y describir las limitaciones de las estimaciones.

Son principios coherentes con los estándares de transparencia de la Asociación Estadounidense de Investigación de Opinión Pública (AAPOR).

Además, después de unas elecciones, los institutos deberían publicar evaluaciones de sus errores. Esa rendición de cuentas permitiría distinguir los fallos inevitables de aquellos que revelan problemas metodológicos corregibles.

Los medios tienen una responsabilidad semejante. Deben explicar las incertidumbres y evitar titulares que conviertan pequeñas diferencias en victorias anticipadas.

En nuestro análisis de la estimación del CIS de octubre de 2026 ya defendimos la conveniencia de poner los datos, los métodos y los cálculos a disposición de los lectores. Ese criterio debe aplicarse a todos los institutos, independientemente de sus resultados.

Porque la credibilidad de la demoscopia depende también de su disposición a someterse al escrutinio público.

La democracia se decide en las urnas, no en las encuestas

Lo sucedido en Brasil debería servir para abrir una reflexión más amplia sobre el papel de las encuestas en nuestras democracias.

Tenemos derecho a conocer las tendencias de opinión y a exigir transparencia sobre los procedimientos utilizados para medirlas. También podemos cuestionar los resultados de los estudios, señalar sus errores y criticar su utilización interesada.

Pero ninguna predicción estadística puede convertirse en una prueba contra la legitimidad de unas elecciones.

La victoria de Lula demuestra que los principales sondeos finales no reflejaron correctamente el resultado. Las causas de esa desviación deberán investigarse con rigor. Por otra parte, las acusaciones de Flávio Bolsonaro deben examinarse atendiendo a sus pruebas, no a las expectativas creadas durante la campaña.

A mi juicio, el peligro más profundo aparece cuando una sociedad empieza a acostumbrarse a que los resultados electorales solo merezcan confianza si coinciden con lo que sus ciudadanos esperaban.

La democracia exige poder cuestionar a las instituciones, pero también reconocer el valor de los hechos comprobados.

Las encuestas pueden equivocarse y corregirse. Lo verdaderamente difícil de reparar es la confianza colectiva cuando se deteriora deliberadamente.

Y esa confianza, gane quien gane, es un patrimonio democrático que nos pertenece a todos.

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