El nuevo enemigo de Tenerife no está en la autopista, está en la orilla: así nos está alcanzando el mar
1. Introducción
Las banderas rojas ondean furiosas mientras una fina brisa cargada de salitre empaña las gafas. En el paseo marítimo, medio vacío y acordonado con las habituales cintas de «prohibido el paso» de la Policía Local, un grupo de turistas se agolpa para sacarse un selfie justo en el instante en que una ola revienta, saltando impunemente por encima del muro de contención. Es el enésimo aviso amarillo por fenómenos costeros de la temporada. El parte meteorológico habla de mar combinada y viento de fuerza 7. Pero a pie de calle, el oleaje parece un actor más en una obra de teatro que nos sabemos de memoria. Frente a esta postal de caos domesticado, cabe preguntarse con total honestidad: ¿Cuántas veces hemos vivido ya esta misma escena en los últimos años?
Esa persistente sensación de déjà vu es el síntoma más claro de un problema mucho mayor: la normalización del riesgo extremo. Cada invierno vemos cómo se acumulan los avisos de la AEMET. Cada vez con menos atención en los informativos, pero dejando tras de sí un reguero de daños recurrentes en las mismas infraestructuras de siempre. El problema real, la crisis de fondo, no es el temporal concreto que hoy azota nuestra costa. El drama es que Tenerife sigue gestionando su litoral como si el mar y el clima fueran exactamente los mismos de hace 40 años.
2. Un litoral al límite: turismo, negocios y barrios al borde del agua
Si caminamos por los paseos marítimos del Sur. Bordeamos nuestras emblemáticas piscinas naturales en el Norte o paseamos por urbanizaciones erigidas a escasos metros del rompiente, la ceguera urbanística se hace evidente. Durante décadas, hemos construido paseos, cafeterías, aparcamientos y complejos hoteleros literalmente contra el océano. Amparados en la falsa ilusión de que el mar era una bestia definitivamente domesticada. Existe una contradicción insostenible, casi trágica, entre la postal idílica que vendemos en los folletos turísticos y la cruda realidad física de seguir plantando toneladas de hormigón en la zona de impacto directo de temporales cada vez más frecuentes e intensos.
Pero la línea de costa no es solo un escaparate para visitantes; es el hogar de miles de tinerfeños. Hablamos de barrios costeros populares. Antiguos núcleos de pescadores y zonas residenciales habitadas. En muchos casos, por personas mayores con pensiones muy ajustadas que no tienen una segunda vivienda tierra adentro donde refugiarse. Aquí surge la pregunta incómoda que nadie quiere responder en sede parlamentaria: cuando el mar gane, de forma irreversible, un metro más de altura, ¿quién va a decidir qué casas se salvan y cuáles no? ¿Y quién va a pagar la factura astronómica de ese rescate?
3. Cambio climático: del gráfico al bordillo reventado
A menudo, el cambio climático se percibe como una abstracción lejana, un conjunto de gráficas globales proyectadas en cumbres internacionales. Pero en Canarias, la emergencia climática no se lee en los despachos. Se lee en los bordillos levantados, en los locales comerciales inundados cada dos inviernos y en las carreteras costeras cortadas «otra vez» por la fuerza de la marea. La física básica es implacable: un océano globalmente más cálido se expande, elevando el nivel base del mar. Cuando a ese nivel superior le sumamos una borrasca, el daño destructivo se multiplica exponencialmente. Logrando que un simple «aviso amarillo» genere hoy los destrozos que antes solo causaba una alerta roja.
Es imperativo romper el conformista tópico de que «esto siempre ha pasado». No, las dinámicas han cambiado de forma antropogénica y nuestras infraestructuras se diseñaron para unas condiciones históricas que han caducado. Estamos ante un escenario de «riesgo acumulado». Cada vez que una administración local repara un muro de contención destrozado sin replantearse su viabilidad a largo plazo, está inyectando dinero público en un modelo fallido que, con total seguridad, volverá a resquebrajarse. Hay que decirlo alto y claro: no es mala suerte, es mala planificación climática.
4. La gran ausente: una estrategia de adaptación costera para Tenerife
Resulta descorazonador contrastar la incesante obsesión política y mediática por los carriles de autopista. Por los nuevos enlaces y las macro-rotondas con el casi sepulcral silencio que rodea a la urgente necesidad de una política insular de adaptación del litoral. Mientras debatimos cada metro de asfalto en el interior, nadie está sentándose con la ciudadanía, mapas de inundabilidad en mano, para explicar con rigor qué tramos de nuestra costa son defendibles, cuáles requieren ser renaturalizados con urgencia y en cuáles habrá, inevitablemente, que acometer un repliegue tierra adentro durante las próximas décadas.
Hablemos claro: la adaptación costera va mucho más allá del recurso perezoso de amontonar bloques de hormigón y construir escolleras. Implica apostar por un repliegue planificado. Implementar soluciones basadas en la naturaleza (como la recuperación de sistemas dunares, el ensanchamiento natural de playas o la protección de humedales costeros). Modificar drásticamente los usos del suelo y establecer una prohibición efectiva y sin fisuras para no seguir «pegando» más ladrillo al borde del mar. Existe una sangrante incoherencia institucional entre los bellos discursos sobre sostenibilidad turística y la cruda realidad de seguir autorizando proyectos en zonas comprobadamente expuestas al azote oceánico.

5. Intereses en juego: turismo, ladrillo y política de la foto rápida
Por supuesto, este es un debate bloqueado por intereses muy pesados. Hablar de adaptación costera pone nerviosos a los propietarios de locales de primera línea, frena la especulación de los fondos de inversión hotelera y asusta a los ayuntamientos que han financiado históricamente sus presupuestos gracias a la plusvalía del suelo turístico. Una verdadera política climática obligaría a revisar de forma profunda los valores catastrales, a cancelar licencias vigentes y a desmantelar las expectativas económicas que se construyeron sobre la ingenua presunción de que «el mar siempre se quedará exactamente donde está».
A esto se suma la perversa lógica electoral de la «obra visible» a corto plazo. Es infinitamente más rentable políticamente inaugurar un paseo marítimo reluciente, una escollera colosal o una remodelación superficial del frente litoral, que asumir el liderazgo histórico de anunciar un plan de retirada ordenada de infraestructuras críticas. Pero debemos ser tajantes: cada euro de dinero público que se despilfarra en intentar reforzar lo que a nivel geológico ya es indefendible, es un euro que se le está restando a la protección civil y social de aquellos ciudadanos que, sencillamente, no tienen los recursos para mudarse a otro sitio.
6. ¿Qué podría hacer Tenerife si quisiera tomárselo en serio?
Si nuestra isla decidiera afrontar este reto con madurez democrática y rigor científico, el camino está trazado. Necesitamos publicar de forma accesible mapas públicos de riesgo costero y establecer una moratoria estricta para nuevos proyectos en zonas de alta exposición. Se deben impulsar programas piloto de renaturalización de tramos de costa degradados, crear líneas de ayudas para relocalizar equipamientos municipales y forzar la revisión inmediata de los Planes Generales de Ordenación (PGO) para integrar, por ley, los escenarios más recientes de subida del nivel del mar. Comunidades como Soulac-sur-Mer en Francia o Fairbourne en Gales ya están ejecutando dolorosos, pero necesarios, planes de repliegue infraestructural. No somos los primeros, pero no podemos permitirnos ser los últimos.
Desde la perspectiva sociopolítica y de la transición ecológica, es vital comprender que la planificación energética y la red de servicios básicos están íntimamente ligadas al riesgo costero. Nuestras centrales térmicas, subestaciones eléctricas, plantas depuradoras y desaladoras están, en gran medida, instaladas a nivel del mar. La resiliencia climática de Tenerife no se soluciona únicamente instalando placas solares y aerogeneradores; pasa, ineludiblemente, por auditar y replantear dónde colocamos físicamente nuestras infraestructuras vitales y nuestros hogares.
7. De la anécdota al cambio político
Si volvemos a la escena de nuestro arranque, la perspectiva cambia. La próxima vez que nos topemos con un paseo marítimo cortado y el mar devorando la escollera bajo un aviso amarillo, sabremos que no estamos ante «un mal día de mar», sino frente a un crudo tráiler de nuestro futuro inmediato. Seguir mirando para otro lado, cruzando los dedos para que el próximo invierno sea más benévolo, no es una fatalidad natural contra la que no podemos luchar: es una decisión política, consciente e irresponsable.
Es hora de exigir a nuestro Cabildo y a los ayuntamientos de la isla que hagan públicos los mapas de riesgo inminente, que vinculen obligatoriamente la aprobación de cualquier nuevo proyecto costero a los escenarios climáticos actualizados al año 2026, y que abran un proceso de deliberación pública honesto. Necesitamos decidir colectivamente qué partes de nuestro litoral estamos dispuestos a defender, cuáles vamos a transformar y cuáles, por doloroso que sea, debemos dejar ir. El mar ya ha empezado a mover ficha; ahora le toca a Tenerife decidir si sigue jugando a la defensiva… o cambia de tablero.



















