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Récord turístico en Canarias y conflictos internacionales

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El Espejismo del Récord: ¿Qué significa vivir en un paraíso financiado por la inestabilidad global?

Es una mañana cualquiera en Canarias. La luz inunda las calles, las colas en el supermercado avanzan a paso lento y las terrazas ya rebosan de turistas disfrutando del clima primaveral. A escasos metros, una trabajadora del sector hostelero revisa su teléfono. Lo revisa frustrada ante la imposibilidad de encontrar un alquiler que no devore más de la mitad de su nómina. Esta escena cotidiana enmarca una paradoja brutal. Las islas baten récords de reservas turísticas mientras, a miles de kilómetros, estallan bombas sobre Irán. Mientras en los despachos de Washington, la administración de Donald Trump señala a España como un «aliado malísimo».

Ante este contraste, surge una pregunta ineludible que debemos hacernos como sociedad: ¿qué significa vivir en un paraíso que engrosa sus cuentas de resultados cada vez que el mundo se desestabiliza?

No es una guerra lejana: el mapa pasa por nosotros

El reciente ataque conjunto de Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní, y la consiguiente respuesta de Teherán, han encendido la mecha de una guerra regional de consecuencias incalculables. A esto se suma la amenaza directa de Trump de imponer bloqueos comerciales a los países que no se alineen incondicionalmente con su agenda bélica, entre ellos España. Se nos ha señalado por no asumir el incremento del gasto militar exigido y por nuestra postura respecto al uso de las bases. Colocando a nuestro país, y muy especialmente a Canarias por su valor geoestratégico, en una posición de extrema vulnerabilidad.

La geopolítica no es un concepto abstracto. El despliegue de la fragata «Canarias» en la zona de conflicto nos recuerda, de forma cruda, que el nombre de nuestro archipiélago ya está escrito en ese tablero bélico donde la diplomacia y el derecho internacional parecen haber sido desterrados.

Cuando la guerra mueve maletas y reservas

El sector turístico canario asiste a un fenómeno conocido como el «efecto refugio». Una parte significativa de la demanda que tradicionalmente fluía hacia destinos del Mediterráneo oriental o de Oriente Próximo —como Turquía, Egipto, Israel o el Golfo— se está desviando hacia nuestras islas, percibidas como un bastión de seguridad.

Diversos análisis económicos apuntan abiertamente a que este conflicto «beneficia» a Canarias en términos de ocupación hotelera y volumen de negocio para los grandes touroperadores. Sin embargo, aquí radica una profunda tensión ética y sociológica. Detrás de cada avión fletado de urgencia hacia nuestras pistas de aterrizaje, existe un mapa de guerra, inestabilidad, sufrimiento civil y miedo en los destinos competidores. ¿Podemos, desde la óptica de los derechos humanos y la solidaridad internacional, contabilizar esta tragedia como un simple «viento a favor» para nuestro PIB?

Más turistas, menos sueldo real

Mientras se celebran las cifras macroeconómicas, la realidad material de la clase trabajadora isleña se erosiona. Un conflicto abierto en el Golfo Pérsico impacta directamente en la espina dorsal del mercado global. Impacta en el precio internacional del petróleo, del gas y los costes del transporte marítimo.

Para un territorio insular y ultraperiférico, dependiente casi en su totalidad de las importaciones, este escenario es devastador. Asistimos a un encarecimiento de los suministros básicos, del coste de la luz y de los combustibles, que asfixia al sector primario y encarece de forma dramática la cesta de la compra. En un contexto de tensión presupuestaria europea que pone en vilo los fondos del POSEI y las ayudas a las RUP, el modelo actual demuestra su ineficiencia. Cada crisis internacional nos hace más vulnerables económicamente, por muchos turistas que pisen nuestras costas.

Hacer caja con la guerra

Resulta desolador observar lo que muchos sectores sociales ya tachan de «cobardía política» en las instituciones. Existe una reticencia generalizada a condenar con contundencia la ofensiva militar, optando por un silencio cómplice mientras se jalean las cifras de ocupación.

Frente a esta tibieza, la sociedad civil demuestra un mayor pulso moral. Manifiestos de plataformas ciudadanas y voces progresistas han gritado un claro «no a la guerra». Denunciando la normalización del conflicto como un simple fondo de pantalla. El contraste es evidente. Un discurso institucional centrado en las «oportunidades de mercado» frente a un clamor social que exige respeto por el derecho internacional y la resolución pacífica de los conflictos.

Récord turístico en Canarias

Más visitantes, más presión sobre la vida

El desvío masivo de turistas no es inocuo; actúa como un acelerante de crisis estructurales previas. La llegada incesante de visitantes sobre un territorio limitado agrava la tensión en el mercado de la vivienda, satura los servicios públicos, colapsa infraestructuras básicas (como la red viaria y el ciclo del agua) y perpetúa la precariedad laboral en un sector que se niega a redistribuir la riqueza que genera.

Cada nueva ola de visitantes que absorbemos sin un cambio de modelo nos hunde más en la dependencia. Es imperativo plantear preguntas incómodas: ¿quién se está lucrando realmente con este boom derivado de la guerra? Las cadenas hoteleras, los fondos de inversión y los touroperadores internacionales capitalizan los beneficios. Mientras los trabajadores, los pequeños negocios locales y el propio medio natural asumen los costes sociales y ecológicos.

Isla turística, frontera militar y corredor migratorio

La paradoja canaria se vuelve aún más compleja al analizar nuestro rol geopolítico. Somos, simultáneamente, un enclave turístico de primer orden, la frontera sur de la «Fortaleza Europa» y una plataforma militar y logística.

Mientras los aeropuertos reciben turistas que huyen del miedo, nuestras costas siguen siendo el destino de quienes huyen de la miseria y el expolio en el continente africano. La guerra actual actúa como un sismo que desestabiliza aún más las rutas migratorias. Contemplamos así la dantesca estampa de cruceros de lujo surcando las mismas aguas que los cayucos, en un mar marcado por la desigualdad estructural.

¿Qué hacemos con el dinero de la guerra?

Como sociedad democrática, debemos elevar el debate hacia la dimensión moral. ¿Es legítimo presumir de un récord estadístico cuando parte de ese crecimiento se nutre de un conflicto armado que devasta a la población civil?

Si las instituciones van a recaudar un «plus» coyuntural gracias a este escenario, la obligación política ineludible es utilizar esos recursos para acelerar una transición justa y verde. Canarias, por su historia de migración y su fragilidad territorial, tiene el deber ético de no consolidar las inercias de un turismo masivo y depredador.

Turismo sí, pero no así

La respuesta no pasa por un rechazo frontal a la principal industria de las islas, sino por abandonar este modelo reactivo en favor de un modelo consciente y planificado. Necesitamos diversificar la economía mediante el impulso a la economía del conocimiento, apostar firmemente por la soberanía energética basada en renovables y fortalecer la soberanía alimentaria.

Es el momento de debatir medidas audaces, como:

  • Limitar la capacidad de carga en zonas saturadas.
  • Establecer una fiscalidad específica (impuestos a beneficios extraordinarios) sobre las ganancias derivadas de coyunturas geopolíticas excepcionales.
  • Crear un fondo de resiliencia social para invertir en vivienda pública, protección del territorio y cooperación humanitaria.

No se trata de cerrar hoteles, sino de dejar de vivir sometidos a una montaña rusa global donde el derramamiento de sangre en otro continente decide si tenemos un «buen» o «mal» año económico.

La factura del paraíso

Volvemos al punto de partida: la cola del supermercado, el ruido de las terrazas, los carteles de «se alquila» a precios privativos. Estos micro-escenarios de nuestra cotidianidad están íntimamente ligados a la macropolítica: a los misiles en Irán, a las bravuconadas de la administración estadounidense y al desvío de los flujos del capital turístico global.

La próxima vez que las portadas anuncien, a bombo y platillo, un nuevo y apoteósico récord turístico, ¿tendremos el coraje de preguntar de dónde viene realmente ese dinero y qué nos está costando como sociedad?


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