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Central de Caletillas: Un Hito en Candelaria

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Los inicios de la Central de Caletillas: cuando Candelaria empezó a alumbrar Tenerife

Una central que nació cuando Tenerife todavía no era la Tenerife actual

Hablar de la Central de Caletillas no es hablar solo de una instalación industrial. Es hablar de una época concreta de Tenerife. Una isla que comenzaba a cambiar de escala, de ritmo y de ambición. Una isla que salía de un modelo todavía muy condicionado por la agricultura, los núcleos dispersos y una electrificación incompleta, para entrar en una etapa marcada por el turismo, la construcción, el crecimiento demográfico y el consumo moderno.

La Central Térmica de Candelaria, conocida popularmente como Central de Caletillas, está situada en la costa este de Tenerife, en el término municipal de Candelaria, en la zona de Las Caletillas. La autorización ambiental integrada vigente la identifica como “Central Térmica de Candelaria” y sitúa la instalación a unos 15 kilómetros de Santa Cruz de Tenerife, con una superficie de 66.470 metros cuadrados. (Gobierno de Canarias)

Pero sus raíces son bastante anteriores a los debates actuales sobre transición energética, emisiones, desmantelamientos o reordenación del litoral. Para entender su origen hay que volver a los años sesenta, cuando Tenerife tenía un problema muy básico: necesitaba electricidad, mucha más electricidad, y la necesitaba con una seguridad de suministro que el sistema existente ya no podía garantizar.

El BOE de 1963: el punto de partida administrativo

El primer hito documental relevante aparece en el Boletín Oficial del Estado de 7 de noviembre de 1963. Ese día se publicó la resolución de la Dirección General de la Energía por la que se autorizaba a Unión Eléctrica de Canarias, S.A. la instalación de la central térmica de Candelaria, en la provincia de Santa Cruz de Tenerife. (BOE)

Ese dato es importante porque permite fijar el nacimiento administrativo del proyecto. No estamos ante una infraestructura que surgiera improvisadamente, sino ante una instalación concebida como respuesta a una necesidad estructural del sistema eléctrico insular. Tenerife necesitaba una central de mayor entidad, ubicada fuera del casco urbano de Santa Cruz y capaz de acompañar el crecimiento económico de la isla.

Las obras comenzaron en 1963, según las crónicas publicadas con motivo del cincuentenario de la instalación. La central entró en funcionamiento el 11 de febrero de 1967, en una época en la que los cortes de luz eran frecuentes y una parte importante de la isla todavía no estaba plenamente electrificada. (Diario de Avisos)

Ese dato, visto desde 2026, puede parecer lejano. Sin embargo, explica muy bien la dimensión histórica del proyecto. Hoy discutimos cuánta generación renovable puede integrarse, qué almacenamiento necesita Tenerife o cómo retirar progresivamente la generación fósil. Entonces, el reto era mucho más primario: llevar electricidad fiable a una isla que se estaba transformando.

Por qué Las Caletillas

La ubicación de la central en Las Caletillas no puede entenderse con los ojos actuales. Hoy hablamos de un espacio integrado en el continuo urbano y residencial del área metropolitana ampliada. En los años sesenta, la realidad era muy distinta.

Según el testimonio recogido por Diario de Avisos a José Manuel Curbelo, antiguo director de la central, la instalación sustituyó a una central anterior situada en plena zona urbana de Santa Cruz, muy cerca del edificio del Cabildo. El emplazamiento de Candelaria se consideró adecuado porque en aquel momento no era una zona residencial consolidada, sino un entorno principalmente agrícola, rodeado de plataneras y pequeños núcleos pesqueros. (Diario de Avisos)

Aquí hay una lección urbanística evidente. La central no nació dentro de una gran área urbana. Fue el crecimiento posterior el que fue acercando la ciudad, la vivienda, los hoteles, la actividad turística y los servicios a la instalación. Dicho de forma clara: no es que la central se metiera en la ciudad; es que la ciudad terminó llegando hasta la central.

Ese proceso explica muchas de las tensiones posteriores. Lo que en los años sesenta podía verse como una localización periférica y funcional, décadas después pasó a percibirse como una presencia industrial pesada en una zona litoral cada vez más poblada y turística.

Los primeros grupos: vapor, fuel y seguridad de suministro

La central comenzó a funcionar en 1967 con dos grupos de vapor. Las crónicas del cincuentenario señalan que se inauguró con dos unidades de vapor de 22 MW, conocidas como GV1 y GV2. En aquel momento, sus calderas, turbinas y equipos auxiliares eran considerados tecnología avanzada para la época. (Diario de Avisos)

El dato técnico no es menor. En un sistema eléctrico insular, una central de base no solo aporta energía. Aporta estabilidad, regulación, potencia firme, capacidad de respuesta y una referencia sólida para el funcionamiento del sistema. Tenerife no estaba conectada a una gran red continental que pudiera absorber errores o compensar carencias. Como toda isla eléctrica, dependía de sus propios recursos.

La carga máxima de consumo en el arranque de la central se situó en 22,9 MW, según la misma crónica histórica. También se recoge que la instalación comenzó con 56 trabajadores. (Diario de Avisos)

Estas cifras ayudan a tomar perspectiva. Hoy, hablar de decenas de megavatios puede parecer modesto. En la Tenerife de 1967, representaba un salto enorme. La central permitió sostener el crecimiento de una demanda que empezaba a acelerarse por varios factores simultáneos: más población, más actividad turística, más construcción y una progresiva generalización de los electrodomésticos en los hogares.

Una isla que empezaba a consumir más electricidad

Antes de la consolidación de Caletillas, la principal central eléctrica se encontraba en Santa Cruz. Además, existían pequeños grupos de generación en puntos como Güímar, La Orotava e Icod, junto a otros recursos repartidos por la isla. (Diario de Avisos)

Ese modelo podía servir para una Tenerife menos electrificada y menos exigente. Pero no bastaba para la isla que estaba naciendo. La demanda eléctrica crecía con fuerza. El turismo empezaba a modificar la economía. La construcción ganaba peso. Los hogares incorporaban nuevos consumos. La electricidad dejaba de ser un lujo limitado y empezaba a convertirse en la columna vertebral de la vida cotidiana.

En ese contexto, la Central de Caletillas desempeñó un papel esencial. Durante aproximadamente tres décadas fue la infraestructura eléctrica de base de Tenerife, hasta la entrada en servicio de la central de Granadilla. (Diario de Avisos)

Ese punto merece subrayarse. Caletillas no fue una instalación secundaria. Fue durante muchos años el corazón térmico del sistema eléctrico tinerfeño. Desde allí se sostuvo buena parte del desarrollo económico y social de la isla.

Candelaria, de municipio agrícola a enclave energético

Para Candelaria, la llegada de la central supuso mucho más que una obra industrial. Introdujo empleo, actividad económica, presencia técnica cualificada y una nueva relación del municipio con el sistema energético insular.

La instalación empezó con 56 trabajadores y, décadas después, mantenía una plantilla directa similar, además de empleo indirecto asociado a mantenimiento, servicios, contratas y actividad auxiliar. (Diario de Avisos)

Conviene no idealizar el pasado. Una central térmica de fuel no era, ni es, una instalación inocua. Genera impactos ambientales, ocupa suelo litoral valioso y forma parte de un modelo energético basado en combustibles fósiles que hoy debe ser superado. Pero tampoco sería serio borrar su contribución histórica. Durante décadas, Caletillas ayudó a electrificar Tenerife, a reducir cortes, a sostener servicios y a permitir que la economía insular diera un salto de escala.

La mirada madura exige sostener las dos ideas a la vez. Fue una infraestructura necesaria en su tiempo. Y, al mismo tiempo, pertenece a un modelo que la transición energética debe ir dejando atrás.

Central de Caletillas

Las ampliaciones posteriores: la central crece con la demanda

El proyecto inicial no se quedó congelado en 1967. La central fue creciendo conforme crecía Tenerife. En 1978, el BOE publicó una autorización para ampliar la central térmica de Candelaria con un quinto grupo. La resolución se refería a la central térmica denominada “Las Caletillas”, en el término municipal de Candelaria, y justificaba la ampliación por la necesidad de aumentar la disponibilidad de potencia eléctrica en la isla de Tenerife.

Aquella ampliación autorizaba un generador de vapor de 180 toneladas por hora, a 63 kg/cm² y 485 ºC, con un turbogenerador de 50 MVA a 13,8 kV. El combustible previsto era fuel-oil.

Estos datos muestran que Caletillas se fue adaptando a una demanda cada vez mayor. Las primeras unidades de vapor de 22 MW dieron paso, con el tiempo, a grupos mayores y a una central más compleja. Las referencias históricas disponibles señalan que los grupos de vapor 3 y 4, de 40 MW cada uno, entraron en funcionamiento en 1975; el grupo 5 lo hizo en 1979 y el grupo 6 en 1984. (Wikipedia)

También se incorporaron grupos diésel y turbinas de gas para cubrir distintas necesidades operativas. En los sistemas eléctricos insulares, esta diversidad tecnológica ha sido habitual: grupos de base para funcionamiento prolongado, turbinas para apoyo rápido y motores diésel para determinadas condiciones de operación.

La llegada de Granadilla y el cambio de papel de Caletillas

Durante décadas, Caletillas fue la gran referencia de la generación eléctrica en Tenerife. Ese papel empezó a cambiar con la entrada de la central de Granadilla. Según las crónicas históricas, las primeras unidades de vapor de Caletillas se pararon tras la puesta en servicio de dos unidades de vapor de 80 MW en la nueva central de Granadilla, en 1995. (Diario de Avisos)

A partir de ahí, la central de Candelaria dejó de ser el único gran pilar térmico de la isla. Su papel fue evolucionando. Ya no concentraba el protagonismo absoluto de las primeras décadas, pero siguió siendo una instalación relevante para la seguridad del suministro, especialmente en el área metropolitana.

Esta transición interna dentro del propio sistema eléctrico tinerfeño es interesante. Primero, Caletillas permitió superar la generación urbana dispersa e insuficiente. Después, Granadilla asumió una parte creciente del protagonismo. Ahora, en pleno siglo XXI, el debate se desplaza hacia otro horizonte: renovables, almacenamiento, redes, gestión de demanda, estabilidad dinámica y retirada ordenada de generación fósil.

La central vista desde 2026

A fecha de la última documentación ambiental consultada, la autorización ambiental integrada de la Central Térmica de Candelaria cubre dos grupos de vapor de 40 MW, tres grupos diésel de 12 MW, tres turbinas de gas —dos de 37,5 MW y una de 17,2 MW— y un grupo de emergencia de 0,4 MW. (Gobierno de Canarias)

La misma resolución ambiental describe los grupos de vapor como instalaciones donde el combustible se quema en una caldera para producir vapor sobrecalentado, que se expande en una turbina y transforma energía mecánica en electricidad mediante un alternador. También recoge que los grupos de vapor 5 y 6 tienen limitado su funcionamiento anual a un máximo de 500 horas desde el 1 de enero de 2022, conforme a una resolución estatal de 22 de diciembre de 2020. (Gobierno de Canarias)

Ese dato resume muy bien el cambio de época. La central que nació para ser base del sistema eléctrico insular se ha convertido en una instalación cada vez más condicionada ambiental y operativamente. Sigue formando parte de la seguridad del suministro, pero dentro de un marco mucho más restrictivo y con un horizonte energético muy diferente.

En marzo de 2026, el Boletín Oficial de Canarias publicó el anuncio de una modificación de la autorización ambiental integrada de la Central Térmica de Candelaria, titularidad de Unión Eléctrica de Canarias Generación, S.A.U. (Gobierno de Canarias)

Por tanto, a abril de 2026, la central continúa existiendo como instalación regulada y sometida a control ambiental. Pero su relato histórico ya no puede separarse del debate sobre su futuro.

Una infraestructura necesaria, pero no eterna

La Central de Caletillas pertenece a una generación de infraestructuras que fueron indispensables para modernizar Canarias. Sin centrales térmicas como esta, Tenerife no habría podido electrificarse al ritmo que lo hizo. No habría sido posible sostener el crecimiento turístico, industrial, comercial y residencial de la isla con el sistema previo.

Ahora bien, reconocer su valor histórico no obliga a defender su permanencia indefinida. La transición energética exige sustituir progresivamente la generación fósil por renovables, almacenamiento, gestión inteligente de la demanda y tecnologías capaces de aportar estabilidad al sistema. En una isla, esto no puede hacerse con discursos simplistas ni con voluntarismo. Hay que retirar lo viejo, sí, pero garantizando que lo nuevo aporta energía, potencia firme, reserva, estabilidad de frecuencia, control de tensión y capacidad de recuperación ante incidentes.

Ahí está la clave. Caletillas no debe ser juzgada solo como una chimenea del pasado. Debe entenderse como una pieza histórica de un sistema eléctrico insular que ahora necesita una transformación profunda, ordenada y técnicamente solvente.

El legado de Caletillas

La historia de la Central de Caletillas es, en cierto modo, la historia de la modernización eléctrica de Tenerife. Nació cuando la isla necesitaba dejar atrás un suministro precario. Se consolidó cuando el turismo, la construcción y el consumo doméstico dispararon la demanda. Creció con nuevas unidades para responder a esa presión. Después cedió protagonismo a Granadilla. Y hoy aparece situada en el centro de un debate distinto: cómo cerrar la etapa fósil sin poner en riesgo la seguridad del suministro.

No conviene caer ni en la nostalgia acrítica ni en el rechazo simplón. La central tuvo sentido histórico. Fue útil. Fue decisiva. También generó impactos y pertenece a un modelo energético que debemos superar.

La cuestión de fondo no es si Caletillas fue buena o mala. La cuestión seria es qué aprendemos de ella. Tenerife necesitó en los años sesenta una infraestructura robusta para dejar atrás los apagones y acompañar su desarrollo. En 2026, necesita otra generación de infraestructuras, esta vez limpias, flexibles y capaces de sostener un sistema eléctrico renovable con garantías.

Caletillas alumbró una época. Ahora toca alumbrar la siguiente.


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