Podemos y la unidad de la izquierda: cuando el ego pesa más
La unidad de la izquierda vuelve a tropezar con una vieja enfermedad: dirigentes que dicen escuchar a sus votantes, pero parecen escuchar sobre todo sus propias urgencias. Podemos asegura que está dispuesto a pactar, aunque mantiene a Irene Montero como su apuesta para la Presidencia y pide que las demás fuerzas se sumen al acuerdo alcanzado con ERC. La unidad se invoca; el liderazgo propio permanece en el centro. efe.com
No se trata de exigir que Podemos renuncie a sus siglas o a defender a sus dirigentes. Cualquier partido puede hacerlo. El problema empieza cuando una candidatura común se plantea como adhesión a un marco ya definido y no como una negociación en la que todos puedan ceder y proponer.
La unidad de la izquierda no es una adhesión
Podemos propuso unas primarias abiertas para elegir una candidatura común. La idea podía ofrecer una vía democrática, pero el partido fijó el calendario y las reglas sin que las demás formaciones las hubieran acordado. Movimiento Sumar rechazó ese método y defendió que el acuerdo se construyera mediante negociación entre las organizaciones. efe.com
Cuando las primarias comenzaron, Irene Montero era la única candidata a la Presidencia. Ese dato no demuestra por sí solo que el proceso fuera una maniobra: otros dirigentes podían presentarse y no lo hicieron. Pero sí limita lo que puede afirmarse sobre su resultado. Una votación con una sola aspirante no resuelve, por sí misma, quién debe encabezar una candidatura compartida entre partidos que ni siquiera habían pactado las reglas.
La posición actual de Podemos va más allá de defender las primarias. La formación ha rechazado integrarse en el Frente Amplio y ha invitado a sus integrantes a incorporarse al acuerdo con ERC. Belarra, además, ha mantenido que Podemos no renuncia al liderazgo de Montero. Así, el debate deja de ser únicamente quién elige la candidatura y pasa a ser quién define el espacio común y desde qué posición se negocia. efe.com

Lo que dicen los votantes y lo que hacen sus dirigentes
La discusión no debería resolverse atribuyendo a todo el electorado una voluntad uniforme. No todos los votantes progresistas quieren la misma coalición, ni todos conceden la misma importancia a la unidad. Pero ahora disponemos de un dato que la entrada anterior no incorporaba.
Una encuesta de Ateneo del Dato para elDiario.es, realizada entre el 9 y el 11 de octubre a 1.500 personas, indica que el 57 % de los electores progresistas consultados considera mucha o bastante importante la unidad de la izquierda situada más allá del PSOE para intentar evitar un Gobierno de PP y Vox. El 34 % le concede poca o ninguna importancia. No hay unanimidad, pero sí una mayoría clara a favor de que Podemos y el Frente Amplio alcancen un acuerdo. eldiario.es
Hay otro resultado que interpela directamente a quienes discuten el liderazgo: entre quienes votaron a Sumar en las elecciones anteriores, el 54 % prefiere una candidatura con varias figuras compartiendo protagonismo y el 31 % se inclina por una dirección más personalista. La encuesta no publica en el texto consultado el tamaño de ese subgrupo, de modo que conviene leerlo como una señal y no como una estimación precisa de todos esos votantes. Aun con esa cautela, el dato no respalda la idea de que la izquierda necesite necesariamente una sola figura indiscutida. eldiario.es

Una herida anterior que explica la desconfianza, pero no la resuelve
La distancia entre Podemos y Sumar no nació esta semana. En junio de 2023, Irene Montero quedó fuera de las listas acordadas por Sumar y Podemos denunció un veto. RTVE describió aquella exclusión como uno de los principales puntos de fricción de la negociación. La desconfianza de Podemos tiene, por tanto, un antecedente concreto; no es una excusa inventada para el momento actual. rtve.es
Pero una herida política puede explicar una posición sin justificar que se convierta en una condición permanente. Si la exclusión de Montero fue vivida como una humillación, la respuesta debería ser construir garantías para que nadie vuelva a quedar apartado de forma unilateral. Convertir esa experiencia en la exigencia de que la nueva candidatura gire alrededor de Montero reproduce la lógica de los vetos que Podemos censuró.
Colau se ofrece a ceder y Podemos mantiene su apuesta
Ada Colau ha dicho que está dispuesta a apartarse si otra persona genera más consenso e incluso a cambiar el nombre del Frente Amplio. También ha afirmado que no concibe una candidatura unitaria sin Irene Montero. Sus palabras no constituyen un acuerdo cerrado ni resuelven el reparto de listas, pero abren espacio para negociar sobre nombres y organización. rtve.es
La respuesta de Podemos, de momento, ha sido insistir en que Montero debe encabezar su apuesta y en el tándem con Gabriel Rufián. Defender esa candidatura es legítimo. Presentarla como compatible con cualquier fórmula de unidad, mientras el liderazgo se mantiene fuera de discusión, resulta mucho más difícil de sostener.
Tampoco el Frente Amplio llega a esta negociación sin responsabilidad. Sus partidos rechazaron las primarias de Podemos y avanzaron en sus propias candidaturas antes de cerrar un acuerdo con los morados. Una declaración de Colau ofreciendo flexibilidad no borra esas decisiones ni equivale a una propuesta detallada. Pero, a fecha de hoy, sí existe un contraste político: una dirigente manifiesta que puede ceder su puesto si hay otra opción de mayor consenso, mientras Podemos mantiene a su candidata como eje de la alianza. efe.com
El acuerdo de Podemos con ERC tampoco debe confundirse con una coalición estatal común ya constituida. Lo anunciado es una colaboración electoral en Cataluña y una campaña conjunta de Montero y Rufián en el resto del país. Puede ser una decisión razonable en términos territoriales, pero no resuelve el encaje con los Comuns ni establece por sí sola una candidatura común con el Frente Amplio. rtve.es

La miopía que pagan quienes votan
No podemos demostrar qué piensa cada dirigente ni reducir toda discrepancia al ego. El revanchismo, el afán de protagonismo y la convicción de ser indispensables son interpretaciones políticas, no hechos verificables sobre la conciencia de una persona. Pero las decisiones públicas sí pueden juzgarse.
Cuando una formación mantiene su candidatura, rechaza el marco de su interlocutor y propone que los demás se incorporen al suyo, transmite una idea difícil de conciliar con la generosidad que reclama: la unidad parece buena siempre que confirme el liderazgo propio. Ahí aparece la miopía. No necesariamente en querer defender a una organización, sino en confundir su supervivencia con el interés general de la izquierda.
Los votantes no son propiedad de ningún partido. Tampoco han delegado en sus dirigentes la tarea de convertir cada elección en una disputa por quién ocupa el centro de la fotografía. La encuesta no ordena una coalición ni decide quién debe ser candidato; sí demuestra que muchos electores conceden importancia a que las fuerzas progresistas se entiendan (unidad de la izquierda) y que una parte relevante prefiere liderazgos compartidos.
Si los dirigentes ven esos datos y aun así anteponen agravios, cuotas y protagonismos, no podrán decir que la ciudadanía no les avisó. La unidad no exige que Podemos desaparezca ni que Irene Montero se retire. Exige que ninguna fuerza trate su propio liderazgo como una condición indiscutible. De lo contrario, el ego habrá vuelto a pesar más que el juicio político y que aquello que los votantes dicen considerar importante.
















