El 2 de febrero ya tenía nombre: por qué el Día de Tenerife debe buscar otra fecha
Crear un Día de Tenerife puede ser una iniciativa legítima. Una isla con una identidad histórica y cultural tan definida tiene derecho a reconocer a quienes han contribuido a su progreso, reforzar sus vínculos comunitarios y reservar una jornada para mirarse a sí misma.
El problema no es la celebración. El problema es la fecha.
El gobierno insular formado por Coalición Canaria y Partido Popular decidió situar el nuevo Día de Tenerife el 2 de febrero, una jornada que no estaba vacía ni necesitaba ser dotada de significado. Desde hace siglos, ese día se encuentra unido a la festividad de la Virgen de Candelaria, a la Villa Mariana y a una de las tradiciones religiosas, culturales y populares más arraigadas de Canarias.
La controversia no debería reducirse a una disputa entre creyentes y no creyentes. Lo que se debate es algo más amplio: si una institución puede superponer una nueva conmemoración política sobre una fecha histórica sin un proceso previo de diálogo, sin suficiente deliberación pública y sin medir el efecto que esa apropiación simbólica puede producir.
Mi posición es clara: Tenerife puede y probablemente debe tener un día propio, pero el 2 de febrero ya tenía nombre, memoria y destino. El Cabildo aún está a tiempo de rectificar y elegir otra fecha.
Qué decidió el Cabildo de Tenerife
El Consejo de Gobierno insular aprobó el 28 de enero de 2026 la institucionalización del 2 de febrero como Día de Tenerife. La decisión fue presentada públicamente al día siguiente y el primer acto se celebró el lunes 2 de febrero, apenas cinco días después de la aprobación, en el Auditorio de Tenerife Adán Martín.
Según explicó el propio Cabildo en su comunicación oficial sobre el Día de Tenerife, la iniciativa pretende que la isla disponga de una jornada propia para celebrar su historia, sus tradiciones y a las personas que han contribuido a su progreso social, cultural, económico, deportivo, científico y comunitario.
El propósito, considerado de manera aislada, es razonable. También lo es la intención de vincular en años sucesivos esa fecha con la entrega de las Medallas de Oro de Tenerife y los títulos de hijos e hijas ilustres o adoptivos de la isla.
Pero una iniciativa destinada a perdurar no puede valorarse únicamente por la bondad de sus objetivos. También importan el procedimiento seguido, el grado de consenso alcanzado y el respeto mostrado hacia los significados que ya posee la fecha elegida.
El 2 de febrero no era una fecha disponible
La vinculación del 2 de febrero con Candelaria no es reciente ni circunstancial. La historia oficial de la Villa de Candelaria sitúa en la cueva de Achbinico la primera celebración litúrgica de la Candelaria posterior a la conquista de Tenerife.
Aquel acto tuvo lugar el 2 de febrero de 1497. La festividad continuó celebrándose durante los siglos siguientes hasta convertirse en una de las conmemoraciones más antiguas y arraigadas de Canarias.
No estamos hablando, por tanto, de una celebración parroquial menor ni de una tradición incorporada tardíamente al calendario. La Virgen de Candelaria es la Patrona General del Archipiélago Canario y constituye una referencia religiosa, histórica y cultural que desborda ampliamente los límites del municipio y de la propia isla de Tenerife.
Cada 2 de febrero, la basílica, la plaza, la procesión de las candelas y la llegada de personas procedentes de distintos municipios forman parte de una memoria colectiva construida durante generaciones. Para muchas familias, esa jornada está asociada a peregrinaciones, promesas, encuentros, recuerdos y formas de pertenencia que no pueden reducirse a la práctica religiosa.
Una fecha así no es una casilla disponible en el calendario institucional. Tiene un contenido previo que ninguna administración debería ignorar.

El argumento del Cabildo se vuelve contra la decisión
El Cabildo ha defendido el 2 de febrero precisamente por tratarse de una fecha profundamente arraigada en la identidad de Tenerife. La institución considera que la festividad de la Virgen de Candelaria refuerza el carácter simbólico de la jornada y facilita que el nuevo día insular nazca asociado a una memoria compartida.
Sin embargo, ese argumento contiene una contradicción difícil de salvar.
Si el 2 de febrero posee un significado especial porque durante siglos ha estado vinculado a Candelaria, ese significado no puede ser utilizado después como si se tratara de un recurso institucional disponible. El arraigo no lo ha creado el Cabildo. Existía mucho antes que el actual gobierno insular y pertenece a la sociedad que lo ha conservado.
La institución no está creando significado sobre una fecha neutra. Está aprovechando el significado acumulado por una celebración anterior para impulsar una nueva conmemoración.
Eso es precisamente lo que genera malestar. La memoria colectiva puede ser reconocida y protegida por los poderes públicos, pero no debería ser reutilizada como soporte de una marca institucional.
No se trata de enfrentar religión y laicidad
Una posible respuesta a las críticas consiste en afirmar que Tenerife es una sociedad plural y que una celebración civil puede convivir perfectamente con otra de carácter religioso. Desde una perspectiva estrictamente material, es cierto: una misa puede celebrarse por la mañana en Candelaria y un acto institucional por la noche en Santa Cruz.
Pero el debate no se limita a comprobar si ambos acontecimientos caben en veinticuatro horas.
España es un Estado aconfesional y las instituciones deben representar por igual a creyentes, agnósticos y ateos. Esa aconfesionalidad, sin embargo, no obliga a borrar la dimensión histórica o cultural de las tradiciones religiosas. Mucho menos autoriza a las administraciones a ocupar sus fechas y redefinirlas según las necesidades de cada gobierno.
La Virgen de Candelaria forma parte del patrimonio cultural y sentimental de Canarias con independencia de las creencias personales de cada ciudadano. La basílica, la plaza, las peregrinaciones, las candelas y los caminos hacia la Villa Mariana son elementos de una historia compartida.
Defender el significado del 2 de febrero no exige profesar una fe. Exige comprender que las identidades colectivas se construyen sobre memorias que merecen respeto.

Coexistir no significa no desplazar
Ante la polémica, el vicepresidente insular Lope Afonso, del Partido Popular, afirmó que no existe incompatibilidad entre la festividad de la Candelaria y el Día de Tenerife. José Miguel Ruano, de Coalición Canaria, defendió igualmente la elección, aunque reconoció que el asunto no estaba completamente cerrado y dejó abierta la posibilidad de dialogar.
Las declaraciones fueron recogidas el 27 de mayo por Europa Press.
Es positivo que el gobierno insular no presente la decisión como inamovible. Sin embargo, insistir en que no existe incompatibilidad no responde al fondo de la crítica.
Dos actos pueden coexistir materialmente y, al mismo tiempo, competir por el significado público de una fecha. Las campañas institucionales, los discursos oficiales, la promoción mediática y los recursos económicos del Cabildo tienen una capacidad de ocupación simbólica muy superior a la de cualquier tradición mantenida espontáneamente por la sociedad.
La posible sustitución no tiene que producirse de un año para otro. Puede avanzar lentamente. Primero se habla del Día de la Virgen de Candelaria y del Día de Tenerife. Después, la comunicación pública empieza a abreviar. Finalmente, el nuevo nombre institucional termina ocupando el espacio principal.
Ese riesgo no es una certeza, pero tampoco puede ser despreciado.
La reacción de Candelaria era previsible
La alcaldesa de Candelaria, Mari Brito, expresó públicamente su desacuerdo y recordó que existen numerosas efemérides relacionadas con la historia de Tenerife que podrían servir para la nueva conmemoración.
En una entrevista publicada por Diario de Avisos, defendió que el 2 de febrero debe preservar su atención principal sobre la Virgen de Candelaria, no solo por su dimensión religiosa, sino por su significado cultural y patrimonial para el conjunto de Canarias.
El desacuerdo llegó también al Pleno municipal. El orden del día publicado por el Ayuntamiento de Candelaria incluyó una moción para rechazar la designación del 2 de febrero como Día de la Isla de Tenerife y defender la festividad de la Virgen de Candelaria.
Meses después surgió además una plataforma ciudadana que inició una recogida de firmas para solicitar al Cabildo un cambio de fecha. La petición no cuestionaba la creación de un día insular, sino su superposición con la Candelaria. En mayo de 2026 ya había superado el centenar de apoyos, según informó Canarias Ahora.
Puede discutirse la amplitud social de esas protestas, pero no su fundamento. El Cabildo debía saber que elegir el 2 de febrero generaría resistencia en el municipio que custodia y organiza la celebración histórica.
Una decisión precipitada para una tradición que pretende durar
La rapidez con la que se tomó la decisión añade otra objeción. Según la documentación publicada por Canarias Ahora sobre el coste y la tramitación del acto, el Consejo de Gobierno aprobó la celebración cinco días antes de su estreno, mediante un asunto incorporado fuera del orden del día y cuya urgencia fue aceptada por los consejeros de CC y PP.
La urgencia puede estar justificada ante una emergencia, una obligación legal sobrevenida o un acontecimiento imposible de prever. Resulta más difícil de comprender cuando se está creando una conmemoración con vocación de permanencia.
El primer acto terminó costando algo más de 70.000 euros, según el desglose reconocido por el gobierno insular y publicado por ese medio. La información señala que no existió una licitación conjunta para el acontecimiento y que los diferentes servicios fueron tramitados separadamente.
Esto no permite afirmar por sí solo que se produjera una ilegalidad. Sí permite formular una crítica política: una celebración que aspiraba a representar a toda Tenerife nació con prisas, sin una deliberación pública suficiente y mediante una organización administrativa fragmentada.
El problema no reside únicamente en la cantidad gastada. Reside en la distancia entre la solemnidad del objetivo y la improvisación del procedimiento.
Una conmemoración común requiere una decisión común
Una jornada que pretenda representar a toda Tenerife no debería ser patrimonio del gobierno que la crea. Tendría que sobrevivir a los cambios políticos y ser reconocida como propia por municipios, instituciones, entidades culturales y ciudadanía.
Para lograrlo, el Cabildo podría haber abierto previamente un proceso de consulta. Los 31 ayuntamientos, la Universidad de La Laguna, historiadores, especialistas en patrimonio, organizaciones sociales y colectivos culturales habrían podido aportar propuestas.
También podría haberse elaborado una relación de fechas vinculadas a acontecimientos relevantes de la historia civil, institucional, social o democrática de la isla. A partir de ella, habría sido posible construir un acuerdo amplio.
No se hizo así. El gobierno eligió primero la fecha, organizó el acto con urgencia y presentó después la nueva tradición como una decisión llamada a permanecer.
Esa forma de proceder confunde gobernar con disponer. Las instituciones tienen competencias para tomar decisiones, pero la autoridad legal no sustituye a la legitimidad social cuando se actúa sobre símbolos colectivos.

Rectificar no debilitaría al Cabildo
El Día de Tenerife puede mantenerse y consolidarse. Lo razonable sería trasladarlo a otra jornada.
El Cabildo podría crear una comisión plural, escuchar a los municipios y proponer varias alternativas. La fecha elegida debería poseer un significado insular reconocible, evitar la superposición con celebraciones consolidadas y contar con un respaldo político y social suficientemente amplio.
Rectificar no supondría renunciar al proyecto. Sería precisamente la manera de salvarlo.
Las instituciones democráticas no pierden autoridad cuando escuchan y corrigen una decisión desacertada. La pierden cuando convierten la obstinación en una cuestión de prestigio.
Coalición Canaria y Partido Popular han dejado abierta la puerta al diálogo. Deberían atravesarla antes de que la coincidencia se repita el 2 de febrero de 2027 y la controversia se enquiste.
El 2 de febrero sigue conduciendo a Candelaria
Tenerife merece una jornada en la que reconocerse, celebrar su pluralidad y agradecer la contribución de quienes la han hecho avanzar. Pero esa celebración debe nacer del acuerdo, no de la superposición.
El 2 de febrero no esperaba que una institución viniera a darle un nombre. Lo tenía desde hace siglos. Poseía una historia, una liturgia, una plaza, una basílica y una memoria transmitida de generación en generación.
Ese día, los caminos no conducen a una ceremonia creada apresuradamente por un gobierno insular.
Conducen a Candelaria.
Y deberían seguir haciéndolo.



















