Una intervención concebida para la confrontación
La comparecencia de Santiago Abascal en el Congreso de los Diputados ha sido, una vez más, un ejemplo de discurso construido deliberadamente para la polarización. Con su tono vehemente y una retórica cargada de desprecio hacia el adversario político, el líder de Vox descalificó sin matices el plan estatal de lucha contra la corrupción presentado por Pedro Sánchez. Según Abascal, dicho plan no es sino una representación teatral innecesaria, puesto que la corrupción, en su opinión, ya estaría sobradamente regulada a través del Código Penal, la Guardia Civil y la actuación independiente de jueces y fiscales. Sin embargo, esta visión simplista ignora que la corrupción sistémica requiere algo más que leyes escritas: necesita voluntad política sostenida, mecanismos de control más eficaces y una cultura institucional que no tolere la impunidad.
El uso sistemático de la injuria
Una parte significativa de su intervención consistió en la reiteración de insultos, imputaciones y referencias personales que, más que argumentar, pretendían desacreditar moralmente al presidente del Gobierno y a su entorno. La acusación de que Sánchez debía dimitir, “ponerse a disposición judicial y confesar”, revela una concepción profundamente autoritaria de la política, donde el adversario no es un contendiente legítimo, sino un delincuente encubierto. Esta tendencia a criminalizar al oponente no sólo degrada el debate democrático, sino que alimenta un imaginario de hostilidad y resentimiento. Cuando Abascal aseguró sentir “asco físico” ante Sánchez y denunció una supuesta conspiración para alterar elecciones internas del Partido Socialista, estaba cruzando la frontera que separa la crítica política legítima de la injuria pura.
La retórica de la amenaza y la exclusión
Otro de los ejes de su discurso fue la construcción de un relato de amenaza existencial que, según su criterio, representaría la inmigración irregular. Su propuesta de que todos aquellos que hayan llegado sin papeles “se tienen que ir”, incluidos quienes huyen de la miseria o el conflicto, denota una visión de la sociedad que renuncia a la complejidad humana. Vincular sin matices la inmigración con la violencia, el deterioro de los servicios públicos y la inseguridad no sólo es una simplificación grosera, sino que perpetúa estigmas peligrosos que lesionan la convivencia y la cohesión social. El lenguaje empleado —“quienes vengan a imponer religiones extrañas que menosprecien a la mujer”— denota un sesgo cultural y religioso que nada tiene que ver con la defensa de los derechos humanos universales, sino más bien con la construcción de un enemigo difuso al que atribuir todos los males.
La banalización de la corrupción
Resulta paradójico que Abascal proclamara con solemnidad que la corrupción de Sánchez es incomparable, mientras sostenía que Partido Popular y Partido Socialista “son dos actores de una misma comedia” que se habrían “amnistiado mutuamente”. Este relato de equivalencias totales, donde todos los partidos tradicionales son igualmente corruptos, busca deslegitimar de raíz cualquier posibilidad de entendimiento institucional. Al reducir la corrupción a un arma retórica —y no a un problema complejo que requiere soluciones—, se convierte en un argumento vacío que sólo persigue afianzar la superioridad moral de su propia formación.
El desprecio a las instituciones democráticas
Quizá el rasgo más preocupante de la intervención fue el desprecio explícito al marco institucional que permite el debate democrático. Calificar la comparecencia parlamentaria de “peliculón”, ridiculizar a los diputados socialistas que aplaudían a su presidente y afirmar que el Congreso estaba dirigido por una “mafia” revela una visión profundamente antiparlamentaria. La advertencia final de la presidenta de la Cámara, recordándole que la libertad de expresión no ampara la injuria ni la imputación temeraria de delitos, es el reflejo de la responsabilidad institucional que Abascal parece despreciar. Confundir el legítimo control al Gobierno con la descalificación personal es un síntoma de una política que convierte el insulto en método y la crispación en horizonte.
Un liderazgo que no ofrece soluciones
Si algo evidenció este discurso fue la ausencia de propuestas constructivas. La retórica de Vox se sostiene sobre un relato apocalíptico que reduce la política a un plebiscito permanente entre “la decencia” —encarnada, según ellos, por su partido— y la “traición” del resto. Pero en ninguna parte del alegato se presentó un plan concreto para fortalecer la independencia judicial, mejorar la transparencia de las contrataciones públicas o garantizar los derechos de la ciudadanía migrante. El populismo que convierte cada problema en un motivo para el exabrupto no es una alternativa viable a los retos del presente.
Conclusión: la política de la hostilidad
La intervención de Santiago Abascal ilustra los límites de una política concebida como un espacio de confrontación total. En tiempos de polarización y desafección, muchos ciudadanos anhelan argumentos serenos y proyectos capaces de reparar las fracturas. Sin embargo, la apuesta de Vox parece consistir en azuzar el resentimiento, deslegitimar toda mediación institucional y exacerbar el miedo al otro. La democracia no se fortalece con la injuria ni con el desprecio. Se fortalece con el respeto, la deliberación y la capacidad de proponer algo más que un enemigo común.
















