El racismo de Rajoy no fue un desliz: es el ADN de una cultura política
Mariano Rajoy no pronunció una frase desafortunada en medio de una entrevista en directo. No respondió atropelladamente a una pregunta inesperada ni fue sorprendido por un micrófono abierto. El racismo de Rajoy apareció en una columna escrita, revisada, firmada y publicada. Eso cambia por completo la naturaleza de lo sucedido.
En su artículo «Hoy llegó el desquite», dedicado a la victoria de España frente a Bélgica y al próximo enfrentamiento con Francia, el expresidente del Gobierno elogió la calidad de la selección francesa antes de añadir: «Eso sí, sin franceses».
Unas líneas antes había explicado que se alegraba especialmente de la derrota de Bélgica porque a sus jugadores se les conoce como los Diablos Rojos y a él no le gustan «ni los diablos, ni los rojos». Después invitaba al lector a mirar hacia atrás o a observar lo que sucede actualmente en España.
No estamos, por tanto, ante una palabra aislada que pueda separarse del resto del texto. La negación simbólica de la condición francesa de unos futbolistas y el desprecio hacia quienes identifica como “rojos” forman parte de una misma manera de entender la sociedad: una visión que divide a las personas entre nacionales auténticos y ciudadanos sospechosos; entre españoles respetables y adversarios a los que se puede descalificar colectivamente.
No fue un desliz. Fue una confesión política.
El racismo de Rajoy estaba escrito
La diferencia entre una equivocación y una convicción no depende únicamente de las palabras utilizadas. También importa cómo se producen, en qué contexto aparecen y qué hace después quien las pronuncia.
Un desliz puede ocurrir durante una conversación improvisada. Alguien formula mal una idea, utiliza un término inadecuado o construye una frase que no expresa exactamente lo que quería decir. En esos casos, la reacción razonable consiste en aclarar, rectificar y, cuando procede, pedir disculpas.
Aquí no ocurrió nada parecido.
La frase apareció en un texto escrito y firmado por una persona que ha presidido el Gobierno de España. No era una conversación privada ni una ocurrencia captada de manera clandestina. Era una columna destinada deliberadamente a ser leída por miles de personas.
Además, el comentario sobre los jugadores franceses no estaba solo. Aparecía en un artículo cuyo subtítulo afirmaba que, salvo la camiseta de España, los diablos y los rojos nunca han aportado nada bueno. La referencia al color de la selección belga servía de pretexto para lanzar una descalificación política general.
Rajoy no presentó argumentos contra una decisión concreta de la izquierda. No criticó una ley, una política económica o una actuación gubernamental. Descalificó a “los rojos” como categoría colectiva y los vinculó con todo aquello que considera negativo en la historia y en la España actual.
Eso tampoco es humor inocente. Es la vieja técnica de convertir al adversario democrático en una anomalía moral.

Los jugadores franceses son franceses
El hecho verificable es sencillo. Todos los futbolistas convocados por Francia tienen nacionalidad francesa. Según los datos difundidos por la propia Embajada de Francia y recogidos por RTVE, 23 de los 26 jugadores nacieron en territorio francés. Los otros tres también poseen la nacionalidad francesa.
No existe, por tanto, ninguna base jurídica ni geográfica para sostener que la selección juega “sin franceses”.
Rajoy no estaba comprobando pasaportes. Estaba utilizando otro criterio, aunque evitara formularlo abiertamente. El criterio implícito solo puede encontrarse en los apellidos, en el origen familiar o en el color de la piel de buena parte de los futbolistas.
Si una persona nace en Francia, crece en Francia, posee la nacionalidad francesa y representa deportivamente al país, ¿qué le falta para que alguien la considere verdaderamente francesa?
La pregunta contiene su propia respuesta.
La frase reproduce una idea muy conocida en la extrema derecha europea: la existencia de ciudadanos que, aun cumpliendo todos los requisitos legales, nunca llegarían a pertenecer plenamente a la nación porque no responden al modelo étnico, cultural o religioso considerado auténtico.
Ese debate acompañó también a la selección francesa que ganó el Mundial de 1998. Como recuerda El País, Jean-Marie Le Pen y el entonces Frente Nacional cuestionaron que aquel equipo representara a la “verdadera” Francia por la presencia de jugadores negros o descendientes de inmigrantes.
La coincidencia política resulta demasiado evidente para esconderla detrás de una broma futbolística.
Una nación democrática no es una comunidad racial
La Constitución francesa establece que Francia es una república indivisible, laica, democrática y social, y garantiza la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos sin distinción de origen, raza o religión. Puede comprobarse en el artículo primero de la Constitución francesa.
La nación republicana no se construye sobre una supuesta pureza de sangre. Se construye sobre la ciudadanía, la igualdad ante la ley y la aceptación de unas reglas democráticas comunes.
La Constitución española se asienta sobre un principio similar. Su artículo 14 proclama la igualdad ante la ley y prohíbe cualquier discriminación por nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición personal o social.
Esto no significa que Francia o España hayan eliminado el racismo de sus sociedades. Evidentemente, no lo han conseguido. Significa que sus democracias reconocen un principio fundamental: la nacionalidad y los derechos de ciudadanía no pueden depender del color de la piel, del apellido o del origen de los padres.
Rajoy hizo exactamente lo contrario. Convirtió su percepción étnica de los futbolistas en un criterio para negarles simbólicamente su condición nacional.
No fue una afirmación jurídicamente relevante, pero sí fue políticamente reveladora.
La patria entendida como propiedad privada
Existe una derecha democrática que acepta la nación como una comunidad plural de ciudadanos iguales. Puede defender posiciones conservadoras, discrepar profundamente de la izquierda y promover políticas migratorias más restrictivas sin cuestionar la dignidad o la ciudadanía de ninguna persona.
Pero junto a ella sobrevive otra tradición política que entiende la patria como una propiedad heredada.
Según esa mentalidad, algunas personas pertenecen al país de manera natural, mientras que otras deben demostrar constantemente que merecen formar parte de él. Los primeros pueden definir qué significa ser español o francés. Los segundos permanecen bajo sospecha por sus apellidos, su religión, su color de piel, su lugar de nacimiento o sus ideas políticas.
En España, esa visión suele ir acompañada de otra convicción: la derecha sería la expresión natural de la nación, mientras que la izquierda representaría una desviación, una amenaza o incluso una forma de traición.
Por eso la referencia de Rajoy a “los rojos” no es un elemento secundario del artículo. Ayuda a comprender el sentido de todo el texto.
En unos pocos párrafos, el expresidente niega simbólicamente la condición francesa de determinados futbolistas y desprecia a millones de españoles por su posición ideológica. En ambos casos actúa la misma lógica: unos pertenecen plenamente a la comunidad y otros son tolerados, cuestionados o directamente excluidos.
La patria deja así de ser un espacio compartido para convertirse en el patrimonio moral de una sola parte de la sociedad.
El “rojo” como enemigo permanente
La palabra “rojo” no es neutral en la historia española. Fue utilizada durante décadas para deshumanizar a republicanos, socialistas, comunistas, sindicalistas y, en general, a cualquier persona considerada enemiga del orden político surgido de la dictadura.
En democracia, el término puede utilizarse con ironía o incluso con orgullo por quienes se identifican con la izquierda. Pero cuando un expresidente conservador afirma que los rojos nunca han aportado nada bueno y recomienda mirar hacia atrás para comprobarlo, la frase adquiere una resonancia histórica difícil de ignorar.
Rajoy no puede desconocer ese significado. Tampoco puede ignorar que millones de ciudadanos españoles han votado durante décadas a partidos progresistas, han militado en sindicatos, han defendido los servicios públicos o han luchado por ampliar derechos civiles y sociales.
Se puede discrepar de sus propuestas. Lo que no resulta democráticamente aceptable es negar de manera colectiva cualquier aportación positiva de toda una tradición política.
España no podría entenderse sin el movimiento obrero, el sindicalismo, el socialismo democrático, el feminismo, el republicanismo, el ecologismo o las organizaciones vecinales. Tampoco sin el conservadurismo democrático, el liberalismo o la democracia cristiana.
La convivencia consiste precisamente en aceptar que ninguna familia política posee el monopolio de la nación.

La coartada del sarcasmo
La reacción del Partido Popular ha terminado reforzando la tesis de que no estamos ante una excentricidad individual.
El portavoz del PP, Borja Sémper, reconoció que para jugar en la selección francesa es necesario ser francés, pero defendió que las columnas de Rajoy tienen un tono “sarcástico” y que sus comentarios carecían de mala intención. También afirmó que debían interpretarse como una muestra de apoyo a España. La respuesta completa fue recogida por la Cadena SER.
La explicación no resuelve nada.
Si todos los jugadores son franceses, como admite el propio Sémper, ¿en qué consiste exactamente el sarcasmo? ¿Qué característica comparten esos futbolistas para que resulte gracioso negarles su nacionalidad? ¿Cuál es el mecanismo humorístico que no sea precisamente su origen familiar o el color de su piel?
Decir que no existía mala intención tampoco elimina el carácter de las palabras. El racismo no desaparece porque quien lo expresa afirme que estaba bromeando. Tampoco queda neutralizado porque el comentario se presente como apoyo a una selección deportiva.
El humor puede cuestionar prejuicios, pero también puede servir para difundirlos sin asumir responsabilidades. Se lanza el mensaje, se observa la reacción y, cuando llegan las críticas, se acusa a los demás de no entender la ironía.
Es una estrategia demasiado conocida.
No todos sus votantes, pero sí una parte reconocible
Sería injusto y falso afirmar que todos los votantes del Partido Popular comparten estas ideas. En la derecha española existen millones de ciudadanos democráticos que rechazan el racismo, respetan la pluralidad política y probablemente se han sentido incómodos o avergonzados por el artículo.
Pero también sería ingenuo negar que existe una parte del electorado que no apoya a determinados dirigentes a pesar de estos mensajes, sino también por ellos.
Hay ciudadanos que disfrutan cuando se ridiculiza a “los rojos”. Otros creen que un europeo blanco y de apellido tradicional representa mejor a la nación que una persona negra nacida en el mismo país. Algunos consideran que la izquierda es intrínsecamente antiespañola y que solo la derecha puede interpretar los verdaderos intereses nacionales.
Esa base social existe. No ha sido inventada por Rajoy, por Vox ni por las redes sociales. Tiene raíces históricas, culturales y familiares profundas.
Los políticos más irresponsables no necesitan crear esos prejuicios. Les basta con reconocerlos, acariciarlos y convertirlos en identidad electoral. Dicen en público lo que una parte de su audiencia piensa en privado y presentan el desprecio como valentía frente a una supuesta corrección política.
Por eso hablo de ADN político y cultural. No de una herencia biológica ni de una condena inevitable, sino de hábitos ideológicos transmitidos y normalizados durante generaciones: la apropiación de la bandera, el rechazo visceral a la izquierda, la sospecha sobre el diferente y la convicción de que algunas personas pertenecen más que otras a la nación.
La reacción francesa muestra la gravedad del mensaje
Las palabras de Rajoy provocaron una respuesta contundente en Francia. Representantes del Gobierno francés las calificaron de racistas e inaceptables. El ministro francés del Interior defendió que Francia es un país diverso en el que todos deben poder encontrar su lugar, con independencia de su origen, convicciones o religión.
Posteriormente, el ministro de Exteriores francés afirmó que Francia no tiene color de piel y señaló que negar esa realidad solo podía considerarse estupidez, racismo o una combinación de ambos. Las distintas reacciones institucionales fueron recogidas por El País.
No estamos, por tanto, ante una controversia inventada exclusivamente por la política española. Un antiguo presidente del Gobierno provocó un conflicto innecesario con un país vecino y aliado al cuestionar la pertenencia nacional de sus futbolistas.
La responsabilidad no recae solo sobre Rajoy. También alcanza a quienes, dentro de su partido, han preferido justificarlo antes que marcar un límite democrático elemental.
El silencio y la justificación también definen a un partido
Un partido político no puede controlar cada palabra pronunciada por todos sus antiguos dirigentes. Pero sí puede decidir cómo responde cuando una de sus principales figuras históricas formula una declaración de esta naturaleza.
El PP tenía varias posibilidades. Podía reconocer que la frase era inaceptable, defender sin ambigüedades la nacionalidad de los jugadores y pedir a Rajoy que aclarara o rectificara. Eso no habría supuesto aceptar ninguna tesis del Gobierno. Habría significado simplemente defender un principio democrático.
En lugar de hacerlo, eligió la protección corporativa. Presentó el comentario como sarcasmo, descartó la mala intención y trató de trasladar la polémica al enfrentamiento partidista habitual.
Esa reacción importa.
Cuando una organización política es incapaz de desautorizar una expresión racista porque procede de uno de los suyos, transmite la impresión de que preservar la cohesión interna resulta más importante que defender los valores democráticos que dice representar.
No toda la derecha comparte el racismo. Pero una derecha que nunca establece límites claros termina ofreciendo refugio a quienes sí lo comparten.

Una confesión más profunda de lo que parece
El artículo de Mariano Rajoy parece hablar de fútbol, pero en realidad habla de poder, identidad y pertenencia.
Nos muestra quiénes son considerados miembros legítimos de la comunidad y quiénes deben permanecer bajo sospecha. Revela una idea de la nación construida no sobre la ciudadanía, sino sobre el origen; no sobre la igualdad, sino sobre una jerarquía cultural; no sobre el pluralismo democrático, sino sobre la superioridad moral de una determinada tradición política.
Por eso no fue un desliz.
Fue la expresión espontáneamente escrita de una cultura política que continúa creyendo que la patria le pertenece. Una cultura que observa a un futbolista negro y pregunta de dónde es realmente, pero nunca formula esa pregunta ante un jugador blanco. Una mentalidad que considera legítimo al conservador por definición y obliga al progresista a demostrar continuamente su españolidad.
También fue una prueba para quienes rodean y apoyan a esa clase política. Algunos habrán sentido rechazo. Otros habrán guardado silencio. Y una parte nada despreciable habrá sonreído al leerlo.
Ahí está el verdadero problema democrático.
Las ideas excluyentes no avanzan únicamente gracias a quienes las pronuncian. Necesitan ciudadanos que las celebren, partidos que las disculpen y medios que las presenten como simples provocaciones humorísticas.
Una democracia digna de ese nombre comienza exactamente en el punto contrario: cuando nadie debe demostrar que su apellido, su piel, sus padres o sus ideas políticas le hacen suficientemente francés, español o europeo.
La patria democrática no es una herencia privada ni un club reservado a quienes se parecen entre sí. Es una comunidad de ciudadanos libres e iguales.
Todo lo demás es nostalgia de una sociedad de castas.
Fuentes consultadas
- Artículo original de Mariano Rajoy: «Hoy llegó el desquite»
- RTVE: Francia califica de racistas las palabras de Rajoy
- El País: polémica por la opinión de Rajoy sobre la selección francesa
- Cadena SER: el PP defiende que las palabras eran sarcásticas y sin mala intención
- El País: reacción del ministro francés de Exteriores
- Constitución Española — artículo 14
- Constitución francesa — artículo primero
















