La IA que mañana pueden apagar: la batalla por la soberanía tecnológica
Imagine que una empresa lleva varios años automatizando una parte creciente de su actividad mediante una determinada inteligencia artificial. La utiliza para programar, revisar documentos, analizar información, asistir a sus trabajadores y ejecutar procesos que antes exigían intervención humana. Todo funciona bien y, poco a poco, aquella herramienta deja de ser un complemento para convertirse en infraestructura.
Una mañana desaparece.
No porque haya fallado un centro de datos, porque el proveedor haya quebrado o porque exista una avería. Simplemente, el Gobierno del país donde se encuentra esa empresa ha decidido que determinados usuarios ya no pueden utilizar el modelo.
Algo parecido ocurrió realmente el pasado 12 de junio. Estados Unidos aplicó controles de exportación sobre Claude Fable 5 y Claude Mythos 5 que obligaban a Anthropic a impedir su utilización por ciudadanos extranjeros, estuvieran dentro o fuera del territorio estadounidense. Como la compañía no podía verificar de forma fiable y en tiempo real la nacionalidad de todos sus clientes, suspendió temporalmente el acceso a ambos modelos para todos los usuarios. Los controles sobre Fable 5 fueron levantados el 30 de junio y el servicio volvió a estar disponible globalmente el 1 de julio. (Anthropic)
El incidente duró menos de tres semanas. La pregunta que dejó detrás puede acompañarnos durante décadas: ¿qué ocurre cuando construimos empresas, Administraciones o infraestructuras esenciales alrededor de una tecnología que otro país conserva la capacidad jurídica de desconectar?
Eso es también soberanía tecnológica.
El día en que dejó de ser una hipótesis
Conviene contar completo el episodio de Fable 5 porque precisamente sus matices hacen más interesante el problema.
La decisión estadounidense no surgió de la nada. Después del lanzamiento de Fable 5, investigadores de Amazon descubrieron una técnica capaz de sortear parcialmente determinadas salvaguardas de ciberseguridad. En uno de los casos, el modelo llegó a generar código que demostraba cómo podía explotarse una vulnerabilidad. El Gobierno reaccionó imponiendo inmediatamente controles de exportación. Anthropic sostuvo posteriormente que el comportamiento detectado no revelaba capacidades ofensivas exclusivas de Fable 5 y reforzó sus filtros antes de recuperar el acceso global. (Anthropic)
Por tanto, había una preocupación de seguridad real y no tendría sentido presentar la decisión como un capricho político. Pero eso no modifica la consecuencia que debería interesar a cualquier empresa europea: una decisión adoptada en Washington hizo desaparecer temporalmente una tecnología para clientes situados a miles de kilómetros de Estados Unidos y completamente ajenos al incidente que había provocado la restricción.
Ahí aparece un riesgo que todavía incorporamos muy poco cuando evaluamos una tecnología: el riesgo jurisdiccional.
Podemos negociar precio, disponibilidad, capacidad de procesamiento y garantías contractuales con una empresa. Lo que esa empresa nunca podrá garantizarnos es que su Gobierno no cambie mañana las reglas bajo las que opera.

Cuanto mejor funciona la IA, más peligrosa puede ser la dependencia
La informática conoce desde hace décadas el concepto de vendor lock-in: la dependencia que se genera cuando una empresa adopta de tal manera la tecnología de un proveedor que cambiar posteriormente resulta difícil, caro o incluso traumático.
La inteligencia artificial puede llevar ese fenómeno mucho más lejos. Una organización no integra únicamente un programa. Construye agentes, instrucciones, bases documentales, automatizaciones, procedimientos, aplicaciones y formas de trabajo alrededor del comportamiento de un determinado modelo. Los propios trabajadores aprenden sus peculiaridades y adaptan su actividad a ellas.
Cuanto mayor sea el éxito de la integración, mayor puede llegar a ser el coste de sustituirla.
Ya hablábamos de esa relación en IA personalizada: cómo cambia cuando aprende a trabajar contigo. Una IA que conoce progresivamente nuestros criterios, proyectos y métodos de trabajo adquiere mucho más valor que una herramienta utilizada ocasionalmente. Precisamente por eso su desaparición también puede producir un daño mucho mayor.
Hasta ahora hemos comparado los modelos preguntándonos cuál razona mejor, programa mejor o cuesta menos. Las empresas tendrán que empezar a hacerse otra pregunta: ¿qué parte de mi organización puedo permitir que dependa de algo que no controlo?
Huawei recibió el aviso antes que nadie
China conoce muy bien esa sensación de vulnerabilidad.
En mayo de 2019, el Departamento de Comercio de Estados Unidos incorporó Huawei a su Entity List alegando motivos relacionados con la seguridad nacional y la política exterior estadounidense. La inclusión restringió severamente el acceso de Huawei a determinadas tecnologías de origen estadounidense. (Commerce.gov)
La medida perjudicó seriamente a la compañía, especialmente fuera de China. Pero produjo también una consecuencia estratégica: proporcionó a Pekín y a Huawei una razón formidable para acelerar aquello que ya perseguían, la reducción de su dependencia tecnológica del exterior.
HarmonyOS es una de las manifestaciones más visibles de esa respuesta. Según los datos publicados por Huawei en su informe anual de 2025, más de 36 millones de dispositivos utilizaban HarmonyOS 5 o 6 al terminar el año, más de diez millones de desarrolladores estaban registrados en el ecosistema y AppGallery superaba las 350.000 aplicaciones y servicios. Son cifras de la propia compañía y deben interpretarse como tales, pero describen un ecosistema que pocos años antes apenas existía. (Huawei)
China sigue teniendo importantes dependencias tecnológicas y las restricciones occidentales continúan provocándole problemas, especialmente en determinados segmentos avanzados de semiconductores. Sería absurdo sostener lo contrario.
Pero la paradoja permanece: cada sanción que demuestra a China cuánto depende de Occidente refuerza al mismo tiempo su incentivo para dejar de depender de Occidente.
Ese resultado debería preocupar también a quien diseña las sanciones.
DeepSeek introduce una diferencia decisiva
Con los modelos de pesos abiertos aparece además otra dimensión.
La expresión open source se utiliza en inteligencia artificial con demasiada facilidad. Disponer de los pesos de un modelo no significa necesariamente conocer sus datos de entrenamiento ni poseer todos los elementos necesarios para reproducir desde cero el proceso mediante el que fue creado.
Pero desde el punto de vista empresarial existe una diferencia enorme entre consumir exclusivamente un servicio remoto y disponer de un modelo que puede ejecutarse sobre infraestructura propia.
DeepSeek-V4-Flash, por ejemplo, distribuye actualmente su repositorio y sus pesos bajo licencia MIT y proporciona instrucciones para su despliegue local. Se trata de un modelo de 291.000 millones de parámetros, por lo que ejecutarlo no equivale precisamente a instalar una aplicación en un ordenador doméstico. Requiere una infraestructura considerable. (Hugging Face)
El coste puede ser alto, pero la propiedad estratégica es distinta.
Una organización que conserve legalmente los pesos y disponga del hardware necesario no depende de que mañana siga funcionando una determinada API. Puede mantener una versión concreta dentro de su propia infraestructura aunque cambien las condiciones comerciales del proveedor.
Eso obliga a reconsiderar una idea bastante extendida: que el modelo más potente será siempre la mejor elección. Para algunas actividades críticas, un modelo algo menos capaz pero controlable puede terminar ofreciendo algo extraordinariamente valioso: continuidad.

La inteligencia artificial necesita algo parecido al N-1
Quienes trabajan con infraestructuras críticas conocen bien esta lógica. Un sistema seguro no se diseña únicamente para funcionar perfectamente mientras todo permanece disponible. También debe saber qué hacer cuando uno de sus elementos falla.
En los sistemas eléctricos utilizamos el criterio N-1 precisamente para asumir que una contingencia relevante puede ocurrir y que el conjunto debe ser capaz de soportarla sin consecuencias inaceptables.
No propongo trasladar literalmente una norma eléctrica a la inteligencia artificial. Propongo algo más sencillo: recuperar su filosofía.
Ninguna función verdaderamente crítica debería depender exclusivamente de un único modelo, un único proveedor, una única nube o una única jurisdicción.
Una empresa debería saber antes del problema cuánto tardaría en migrar un proceso, qué datos podría recuperar, qué automatizaciones tendría que reconstruir y qué alternativa mantiene disponible. En algunas actividades quizá incluso tenga sentido conservar un modelo propio, menos avanzado, que permita mantener una capacidad mínima si desaparece el proveedor principal.
Hoy puede parecer una cautela excesiva. Cuando la IA empiece a intervenir de forma profunda en energía, telecomunicaciones, sanidad, defensa, finanzas o Administración pública, probablemente lo llamaremos simplemente resiliencia.
La gran contradicción de los CEO de la inteligencia artificial
Y aquí nuestra historia se cruza con la polémica que ha estallado estos días.
El consejero delegado de Anthropic, Dario Amodei, acaba de pedir que las principales empresas reduzcan el ritmo al que aumentan las capacidades de sus modelos. Propone evaluadores independientes dentro de los laboratorios, coordinación entre las empresas de frontera y cooperación internacional para ganar tiempo frente a riesgos que considera cada vez más graves. Sam Altman y Elon Musk han apoyado públicamente partes de su propuesta. (Reuters)
Sería irresponsable despachar esas advertencias afirmando que todo es una maniobra comercial. Hay incidentes reales que justifican preocupación y la velocidad de desarrollo plantea preguntas legítimas sobre ciberseguridad, autonomía y pérdida de control. China, de hecho, también está desarrollando marcos para escenarios en los que sistemas avanzados puedan escapar parcialmente a la supervisión humana. (Reuters)
Pero Amodei introduce en su propia propuesta una condición extraordinariamente reveladora: la ralentización de los países democráticos debe estar limitada por la ventaja que las empresas estadounidenses mantengan sobre China. Al mismo tiempo defiende controles más estrictos sobre chips avanzados, destilación de modelos y robo de pesos para evitar que Pekín reduzca esa distancia. (Reuters)
Ahí está, probablemente, uno de los grandes debates de nuestro tiempo.
La seguridad puede ser una preocupación genuina y, simultáneamente, convertirse en una herramienta de competencia geopolítica.
No hace falta elegir una explicación y descartar la otra.

El capitalismo occidental se encuentra con sus propios límites
Esta cuestión trasciende la inteligencia artificial.
Durante aproximadamente cuatro décadas, una parte importante del pensamiento económico occidental defendió la superioridad de mercados cada vez más abiertos, cadenas internacionales de producción, especialización y una intervención pública limitada. Si era más barato fabricar una pieza a diez mil kilómetros, se fabricaba allí. La eficiencia económica terminaba convertida casi en sinónimo de racionalidad.
Ese mundo está cambiando.
Estados Unidos continúa siendo una economía de mercado y sus grandes empresas tecnológicas siguen siendo privadas. Sin embargo, cuando Washington considera que una tecnología afecta a su posición estratégica, utiliza controles de exportación, política industrial, restricciones comerciales y coordinación con sus aliados.
El propio America’s AI Action Plan describe la computación avanzada como un recurso económico y militar estratégico y propone reforzar los controles sobre chips de IA, cerrar vías de evasión en las restricciones a equipos para fabricar semiconductores y buscar que los aliados adopten medidas equivalentes. (The White House)
Eso no tiene por qué ser ilegítimo. Un Estado tiene la obligación de proteger su seguridad.
Lo interesante es comprobar cómo, cuando aparece una tecnología verdaderamente estratégica, desaparece rápidamente la convicción de que el mercado puede resolverlo todo.
La pandemia recuperó la discusión sobre cadenas de suministro. La guerra de Ucrania hizo lo mismo con la energía. Los semiconductores devolvieron la política industrial. La inteligencia artificial puede llevarnos un paso más lejos porque empieza a afectar directamente a la capacidad de producir conocimiento.
Quizá la IA no esté cuestionando el capitalismo. Lo que sí empieza a cuestionar es una determinada versión del capitalismo que durante demasiado tiempo confundió eficiencia con seguridad y dependencia con normalidad.
China nunca abandonó esa lógica
China parte de una tradición económica completamente distinta. Allí, empresas privadas, financiación pública, universidades, bancos, grandes compañías estatales y planificación gubernamental pueden orientarse hacia determinados objetivos estratégicos con una coordinación difícil de reproducir en Occidente.
En marzo de 2025, Pekín anunció un fondo nacional de capital riesgo respaldado por el Gobierno destinado a movilizar alrededor de un billón de yuanes de capital social hacia tecnologías como inteligencia artificial, semiconductores y computación cuántica. Su propio diseño combina capital público y privado y está pensado para inversiones de largo plazo y mayor tolerancia al riesgo. (Reuters)
DeepSeek sirve precisamente para evitar una caricatura demasiado sencilla. No nació como una empresa estatal: fue financiada inicialmente por el fondo privado High-Flyer y ahora busca capital externo mientras prepara una posible salida a bolsa en Shanghái. (Reuters)
La ventaja china no consiste en que «el Estado lo posee todo». Es más compleja: dispone de una capacidad extraordinaria para orientar un ecosistema entero hacia objetivos que considera estratégicos.
Eso también tiene enormes costes políticos. Una democracia europea no debería aspirar a reproducir el sistema autoritario chino ni sacrificar derechos y contrapesos para ganar una competición tecnológica.
Pero tampoco debemos caer en la conclusión contraria: que defender la democracia obliga a renunciar a planificar.
Europa empieza a darse cuenta de dónde está
Quizá el dato más incómodo de toda esta historia no proceda de Washington ni de Pekín, sino de Bruselas.
La Comisión Europea reconoce que la Unión depende actualmente de terceros países para más del 80 % de sus principales productos, servicios, infraestructuras y propiedad intelectual digitales. (Estrategia Digital Europea)
No es una dependencia menor. Estamos hablando de buena parte de la arquitectura tecnológica sobre la que funcionará nuestra economía durante las próximas décadas.
La ciudadanía parece haberlo comprendido también. El Eurobarómetro especial sobre la Década Digital publicado este verano señala que el 82 % de los europeos cree que la Unión debe reducir su dependencia de tecnologías digitales procedentes de terceros países. Un 85 % considera prioritario invertir en servicios digitales desarrollados y controlados en Europa, y un dato especialmente interesante muestra hasta dónde llega esa preocupación: el 58 % estaría dispuesto a cambiar a un proveedor europeo aunque resultara algo más caro. (Estrategia Digital Europea)
Bruselas ha empezado a reaccionar. El Paquete Europeo de Soberanía Tecnológica presentado el 3 de junio integra la nueva Ley de Chips 2.0, la propuesta de Ley de Desarrollo de la Nube y la IA, una estrategia europea de código abierto y una hoja de ruta específica para digitalización e inteligencia artificial en el sector energético. (Estrategia Digital Europea)
Particularmente interesante resulta la propuesta sobre nube e IA. Establece cuatro niveles de soberanía para determinados usos públicos. En los niveles superiores aparece precisamente aquello de lo que estamos hablando: independencia respecto de terceros países, propiedad y control europeos, transparencia sobre la cadena de suministro de software y ausencia de interferencias exteriores. (Estrategia Digital Europea)
Europa empieza a ponerle nombre al problema.

Democracia no significa impotencia
Aquí está, para mí, el verdadero debate.
No necesitamos elegir entre Silicon Valley y Pekín. Tampoco necesitamos convertir la soberanía tecnológica en una excusa para el proteccionismo permanente o para construir una autarquía digital imposible.
Europa puede seguir utilizando tecnología estadounidense, colaborar con empresas asiáticas y participar en mercados globales. Lo que no debería hacer es permitir que determinados servicios esenciales dependan de una única puerta cuyo interruptor se encuentre siempre fuera de su alcance.
Una democracia puede hacer política industrial. Puede financiar investigación a largo plazo, construir capacidad de computación propia, impulsar modelos abiertos, desarrollar semiconductores, utilizar la contratación pública para crear mercado y exigir planes de contingencia para tecnologías críticas.
Eso no es dirigismo autoritario.
Es aprender algo que cualquier ingeniero comprende intuitivamente: un sistema puede ser muy eficiente y, al mismo tiempo, estar pésimamente diseñado si un solo fallo puede derribarlo.
Y quizá durante las últimas décadas hayamos construido una parte demasiado grande de nuestra globalización precisamente así.
La próxima soberanía será también cognitiva
Durante siglos asociamos la soberanía fundamentalmente al territorio. Después comprendimos que un país tampoco es verdaderamente autónomo si carece de energía, industria, comunicaciones, capacidad financiera, conocimiento científico o infraestructuras esenciales.
La inteligencia artificial introduce ahora una dimensión nueva. Estamos empezando a delegar en sistemas externos una parte creciente de nuestra capacidad para analizar información, programar, diseñar, investigar, organizar empresas y producir conocimiento.
En IA y empleo: impactos y oportunidades ya analizábamos una de las consecuencias sociales de esta transformación. Pero hay otra dimensión que empieza a ser igualmente importante: no solo qué trabajos hará la inteligencia artificial, sino quién controlará la inteligencia artificial con la que trabajaremos.
No se trata de dejar de utilizar ChatGPT, Claude, Gemini, DeepSeek o cualquier otra plataforma. Se trata de impedir que adoptar una herramienta signifique entregar también nuestra capacidad de prescindir de ella.
Estados Unidos quiere conservar su ventaja. China quiere dejar de depender de Estados Unidos. Ambos están movilizando mercados, empresas y Estados para conseguirlo.
Europa no puede limitarse a regular la competición desde la grada.
Porque quizá la gran batalla de la inteligencia artificial no la gane quien consiga construir durante unos meses el modelo más inteligente del planeta. Puede ganarla quien consiga ofrecer un ecosistema tecnológico suficientemente bueno, suficientemente abierto y suficientemente fiable como para que empresas y países acepten construir su futuro sobre él.
La verdadera soberanía tecnológica empieza ahí: no cuando somos capaces de hacerlo todo solos, sino cuando conservamos la libertad de elegir sin que nadie pueda convertir nuestra dependencia en un interruptor.



















