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Manifestación por Ceuta: los números y las portadas

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Quiosco de prensa al amanecer junto a una plaza que recupera la normalidad tras las manifestaciones de apoyo a Ceuta.

La manifestación que debía cambiarlo todo y desapareció de las portadas

El 2 de septiembre debía ser el día en que España saliera masivamente a la calle por Ceuta. La manifestación por Ceuta había sido presentada durante días como una gran respuesta ciudadana, simultánea, extendida por centenares de municipios y respaldada por una poderosa movilización política y mediática. Hubo decenas de miles de personas en muchas ciudades y una movilización extraordinaria en la propia Ceuta. Negarlo sería absurdo. Pero una manifestación no se mide únicamente contando asistentes. También se mide por las expectativas creadas, por su capacidad para alterar la conversación pública y, sobre todo, por lo que hacen al día siguiente quienes más habían apostado por convertirla en un acontecimiento político.

Y ahí aparece una paradoja difícil de ignorar.

Apenas amaneció el 3 de septiembre, buena parte del foco informativo de los medios más críticos con el Gobierno volvió a desplazarse hacia Pedro Sánchez, Marruecos, el informe policial sobre Ceuta y la comparecencia del presidente en el Congreso. La movilización que debía visualizar un enorme clamor nacional contra el Gobierno no se convirtió de forma inequívoca en la gran imagen política de la mañana siguiente.

Eso no demuestra por sí solo un fracaso de la manifestación por Ceuta. Pero obliga a hacerse una pregunta: ¿respondieron realmente las calles a las enormes expectativas que se habían construido alrededor de ellas?

Primero, reconocer lo evidente: salió mucha gente

Conviene empezar por los hechos, precisamente para no construir otro relato interesado en sentido contrario.

La agencia EFE describió las concentraciones como multitudinarias y Europa Press habló de «cientos de miles» en el conjunto del país. No existe todavía un recuento nacional oficial consolidado que permita establecer con rigor una cifra única. Por eso resulta más serio trabajar con estimaciones locales y señalar quién las proporciona.

En Madrid se concentraron 50.000 personas según la Delegación del Gobierno y 150.000 según el Ayuntamiento. La diferencia es enorme, pero incluso tomando la estimación inferior estamos ante una concentración importante.

Castilla y León reunió cerca de 70.000 personas únicamente en sus nueve capitales, según datos recopilados de policías locales, ayuntamientos y subdelegaciones. Valladolid aportó unas 20.000.

En Canarias, EFE informó de más de 10.000 asistentes entre las dos capitales. En Santa Cruz de Tenerife, la Delegación del Gobierno cifró la participación en unas 3.000 personas, aunque posteriormente parte de los asistentes se desplazó hacia la Plaza de España.

Barcelona ofrece el contraste más llamativo: 1.500 personas, según la Guardia Urbana, frente a unas 700 concentradas contra el racismo al otro lado de la plaza de Sant Jaume.

Podemos discutir cifras, fuentes y métodos de conteo. Lo que no podemos sostener seriamente es que nadie salió a la calle.

Salieron muchos españoles.

La cuestión es otra.

Comparativa de participación en las principales ciudades españolas durante las manifestaciones de apoyo a Ceuta del 2 de septiembre de 2026.

Una manifestación por Ceuta no puede medirse como cualquier manifestación

Una cifra absoluta impresiona hasta que se pregunta respecto de qué debe compararse.

La convocatoria no se limitaba a Madrid, Sevilla o Zaragoza. Aspiraba a extenderse por España, coincidiendo con el Día de Ceuta y con una crisis que llevaba más de un mes ocupando titulares, tertulias, declaraciones políticas y redes sociales.

Además, PP y Vox habían situado la crisis de Ceuta en el centro de su ofensiva contra el Gobierno. Sus principales dirigentes participaron en las concentraciones y, en numerosos lugares, las consignas pasaron rápidamente de «Ceuta no está sola» a «Gobierno, dimisión» o «Pedro Sánchez, dimisión».

En Madrid estuvieron Alberto Núñez Feijóo, Isabel Díaz Ayuso, José Luis Martínez-Almeida y Santiago Abascal. Europa Press constató tanto las reivindicaciones de solidaridad con Ceuta como las peticiones de dimisión del presidente.

En Valladolid, junto a «Ceuta no está sola», se escucharon «Gobierno, dimisión» e incluso consignas de carácter religioso contra los musulmanes.

En Barcelona hubo insultos contra Sánchez y gritos como «España cristiana y no musulmana».

Y en Santa Cruz de Tenerife, además de las muestras de apoyo a Ceuta, se coreó «Pedro Sánchez, dimisión» y se pidió prisión para el presidente.

Por tanto, no estamos analizando únicamente una jornada institucional de solidaridad. Estamos analizando también una movilización a la que una parte importante de la derecha política quiso proporcionar un significado mucho más ambicioso: convertir Ceuta en una demostración pública del rechazo social al Gobierno.

Y para valorar si eso funcionó no basta con decir que hubo cientos de miles de personas.

Madrid era el gran escaparate

Si había un lugar donde la manifestación por Ceuta debía producir una imagen incontestable, era Madrid.

Gobiernan el Ayuntamiento y la Comunidad dos de las figuras más reconocibles del PP. Acudió la dirección nacional del partido. También Santiago Abascal. Cibeles ofrecía el escenario perfecto y la crisis había disfrutado de una cobertura informativa enorme durante semanas.

El resultado fueron 50.000 personas según la Delegación del Gobierno y 150.000 según el Ayuntamiento.

Incluso aceptando la cifra superior, estaríamos ante una gran manifestación. Pero una gran manifestación no es necesariamente un terremoto político.

Y si utilizamos la cifra de la Delegación, la interpretación todavía resulta más modesta.

Madrid demostró que existe un sector social importante dispuesto a movilizarse por Ceuta y contra el Gobierno. Lo que no demostró es que Madrid, y mucho menos España, hubiera protagonizado una rebelión ciudadana contra Pedro Sánchez.

La diferencia importa.

Comparación de asistentes por cada mil habitantes que muestra el carácter excepcional de la movilización registrada en Ceuta.

Barcelona: cuando el relato nacional encuentra un límite

Barcelona reunió 1.500 personas.

No 15.000.

No 50.000.

1.500.

El dato procede de la Guardia Urbana.

Barcelona tiene alrededor de 1,7 millones de habitantes. No hace falta convertir esto en una competición entre ciudades para comprender que la capacidad de movilización fue extraordinariamente diferente según el territorio.

Ese dato cuestiona cualquier interpretación homogénea de la jornada.

España no reaccionó de una sola manera.

Hubo territorios con movilizaciones muy importantes y otros donde el llamamiento apenas penetró socialmente. Por eso expresiones como «España se echa a la calle» pueden funcionar como titulares, pero describen bastante peor una realidad mucho más desigual.

Canarias tampoco fue un levantamiento social

En Canarias esta perspectiva resulta especialmente interesante.

La información de EFE sobre las concentraciones canarias sitúa en más de 10.000 las personas reunidas entre las dos capitales. En Santa Cruz, Delegación del Gobierno habló de unas 3.000.

Tres mil personas pueden llenar visualmente un espacio urbano. Pueden producir fotografías impactantes. Pueden hacer mucho ruido y expresar convicciones perfectamente legítimas.

Lo que no pueden hacer es convertirse automáticamente en «Tenerife».

Y esto importa especialmente porque la convocatoria había sido presentada insistentemente como expresión de la «sociedad civil».

La sociedad civil no es sólo quien acude a una manifestación. También forman parte de ella quienes deciden no acudir.

Canarias, además, debería haber sido un territorio especialmente receptivo al mensaje de la manifestación por Ceuta. Las islas conocen de primera mano la presión migratoria, los problemas de acogida, la llegada de menores y la sensación de abandono que puede producirse cuando las instituciones estatales y europeas responden tarde.

Que en ese contexto Santa Cruz reuniera alrededor de 3.000 personas merece ser contado.

Sin ridiculizar a quienes acudieron.

Pero también sin convertirlos en la voz de toda una sociedad.

Ceuta fue otra cosa

Aquí debemos hacer una separación radical.

En Ceuta, las primeras estimaciones situaron la participación por encima de las 20.000 personas. Europa Press habló de ciudadanos de distintas culturas participando en la movilización.

Eso, en una ciudad de algo más de 80.000 habitantes, representa una dimensión social extraordinaria.

Ceuta sí salió masivamente a la calle.

Y tenía razones para hacerlo.

La ciudad ha soportado durante semanas las consecuencias directas de una entrada excepcional de personas: presión sobre servicios públicos, problemas de alojamiento y seguridad, incertidumbre económica y una enorme sensación de vulnerabilidad.

Reducir esa movilización a PP, Vox o a una operación contra Sánchez sería injusto.

Los ceutíes no estaban contemplando la crisis desde una tertulia televisiva. La estaban viviendo.

Precisamente por eso conviene distinguir la manifestación de Ceuta de la manifestación por Ceuta.

No significan necesariamente lo mismo.

Mapa de España que refleja las grandes diferencias territoriales en la participación de las movilizaciones de apoyo a Ceuta.

Lo que esperábamos antes del 2 de septiembre

En este blog ya nos hicimos esta pregunta antes de que se celebraran las concentraciones.

En «Apoyo a Ceuta: ¿solidaridad o utilización política?» advertíamos que una iniciativa formalmente destinada a expresar solidaridad podía terminar incorporada a la estrategia política contra el Gobierno.

No había entonces resultado alguno que interpretar.

Ahora sí.

Y algunas de aquellas preguntas tienen respuesta.

Las concentraciones sirvieron para expresar solidaridad con Ceuta. Eso ocurrió y sería mezquino negarlo.

Pero también fueron utilizadas para exigir la dimisión de Sánchez, pedir responsabilidades penales y reforzar la ofensiva política contra el Ejecutivo.

Lo que resulta mucho menos evidente es que consiguieran transformar esa estrategia en una demostración social incontestable.

El extraño día después

Y aquí llegamos al elemento que más me interesa.

Los medios también votan todos los días, aunque no introduzcan una papeleta en una urna.

Votan cuando deciden qué noticia abre, cuál ocupa una fotografía enorme, cuál merece un editorial, cuál se mantiene durante horas y cuál comienza a descender rápidamente por la página.

No es una conspiración. Es jerarquización periodística.

Por eso resulta interesante observar qué ocurrió a la mañana siguiente.

La Razón centraba su sección de España en la comparecencia de Sánchez en el Congreso para explicar la gestión de la crisis.

El Español había desplazado buena parte de la atención hacia el informe policial sobre la entrada en Ceuta y la supuesta actuación de agentes marroquíes.

OKDiario mantenía la crisis de Ceuta como asunto central, pero la movilización competía inmediatamente con otros frentes políticos y policiales.

Conviene ser escrupuloso aquí.

No podemos demostrar que esos medios redujeran la importancia de las manifestaciones porque considerasen decepcionante la participación.

Afirmarlo sería atribuir una intención sin pruebas.

Además, la comparecencia de un presidente del Gobierno en el Congreso sobre una crisis de esta magnitud tiene indudable relevancia informativa.

Pero podemos formular una observación mucho más sencilla.

Si las concentraciones hubieran producido una imagen absolutamente arrolladora, capaz de demostrar que «España se ha levantado contra Sánchez», esa imagen habría constituido un activo político y periodístico extraordinario.

Y, sin embargo, apenas unas horas después, el foco volvía a desplazarse hacia otros frentes.

No prueba un fracaso.

Pero tampoco se parece demasiado al día después de una movilización histórica.

Las portadas también cuentan manifestantes

Hay una vieja tendencia política a medir las manifestaciones con una calculadora distinta según quién las convoque.

Cuando la calle es nuestra, cada metro cuadrado demuestra que habla el pueblo.

Cuando la ocupa el adversario, sólo representa a una minoría movilizada.

No deberíamos caer en ese juego.

La manifestación por Ceuta movilizó a cientos de miles de personas en España. Es un hecho suficientemente importante como para no minimizarlo.

Pero cientos de miles distribuidos por un país de casi cincuenta millones de habitantes tampoco convierten automáticamente una jornada de protestas en un plebiscito nacional.

Entre «fracaso absoluto» y «España se levanta» existe un territorio bastante amplio.

Probablemente ahí esté la verdad.

Quiosco de prensa y plaza vacía al día siguiente de las protestas, con una síntesis del cambio del foco mediático tras las manifestaciones.

Una lección también para la izquierda

Sería un error que el progresismo interpretara el resultado con suficiencia.

Hay preocupación real por la inmigración.

Hay ciudadanos que consideran insuficiente la respuesta del Estado en Ceuta.

Españoles preocupados por la relación con Marruecos.

Hay desconfianza hacia el Gobierno.

Y hay muchas personas que, sin compartir las posiciones más extremas de Vox, creen que España debe controlar eficazmente sus fronteras.

Ignorar ese malestar sólo sirve para entregárselo políticamente a quienes ofrecen las respuestas más simples.

En «Política migratoria democrática: la salida para Ceuta» defendí precisamente que controlar las fronteras y respetar los derechos humanos no son posiciones incompatibles. Una democracia tiene la obligación de hacer ambas cosas.

La izquierda no necesita negar el problema para combatir la xenofobia.

Necesita ofrecer soluciones mejores.

El éxito que necesitaba ser indiscutible

Quizá ahí esté la clave.

La jornada del 2 de septiembre no necesitaba simplemente reunir mucha gente para alcanzar el objetivo político que algunos habían depositado sobre ella.

Necesitaba ser incontestable.

Necesitaba producir esas imágenes que no requieren discusión sobre cifras, superficies o fuentes policiales. Además necesitaba que la mañana siguiente España siguiera hablando de las plazas llenas.

Ceuta sí consiguió algo parecido dentro de Ceuta.

En el resto del país hubo una movilización extensa, desigual y políticamente significativa. En algunas ciudades fue grande y en otras, modesta. Sin embargo en Barcelona, muy pequeña en relación con su población.

Eso merece respeto y análisis.

Lo que no merece es que transformemos automáticamente a cada persona que salió a apoyar a los ceutíes en un voto imaginario contra Pedro Sánchez.

Ni que quienes no salieron de casa desaparezcan del mapa.

Las manifestaciones son una expresión imprescindible de la democracia. Pero no son elecciones.

Y cuando alguien pretende convertirlas en un plebiscito, tiene que aceptar también que después miremos los números, comparemos las expectativas y observemos las portadas.

Esta vez, quizá lo más revelador no sea solamente cuánta gente salió a la calle.

Quizá sea la rapidez con la que algunos necesitaron volver a hablar de otra cosa.

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