El 2 de febrero sigue conduciendo a Candelaria: una firma para proteger nuestra memoria
Hay fechas que se anotan en un calendario y fechas que se guardan en algún lugar más profundo. El 2 de febrero pertenece a estas últimas. Para muchas personas de Canarias está unido a una madre, a unos abuelos, a una promesa, a una caminata, a una vela encendida o a un recuerdo familiar que nunca se ha borrado.
No todas esas personas son creyentes. Algunas lo fueron y dejaron de serlo. Otras nunca han participado en una ceremonia religiosa. Sin embargo, reconocen la imagen, comprenden el significado de la fecha y sienten que la Virgen de Candelaria forma parte del paisaje humano de estas islas.
Por eso quiero pedirte algo sencillo: que leas, firmes y compartas la petición impulsada por la Plataforma Cívica 2 de Febrero. No es una iniciativa contra el Cabildo de Tenerife, contra ningún partido ni contra quienes apoyan la creación de un Día de Tenerife.
Es una petición para corregir, desde el respeto, una decisión que probablemente nació con una buena intención, pero que no midió todo el significado emocional de la fecha elegida.
Firma aquí la petición para que el Día de Tenerife se celebre en otra fecha.
El 2 de febrero no es solamente un día religioso
La fe ocupa un lugar central en la celebración de la Virgen de Candelaria. Negarlo sería injusto con quienes han mantenido viva esta devoción durante generaciones. También sería absurdo intentar defender la fecha ocultando o rebajando su dimensión religiosa.
Pero el 2 de febrero es mucho más que una ceremonia dentro de una basílica.
Es el sonido de las campanas y de los voladores. Es la plaza mirando al mar. Son las personas que llegan desde distintos municipios, algunas después de caminar durante horas. Es la ropa preparada la noche anterior, la fotografía guardada en una cómoda y la promesa que alguien hizo cuando la vida se volvió difícil.
Es también la memoria de quienes emigraron y llevaron consigo una pequeña imagen, una estampa o una forma de nombrar la esperanza. La devoción a la Candelaria atravesó el Atlántico junto a generaciones de canarios y se incorporó a comunidades de América. Estudios históricos han analizado esa relación entre la advocación, la emigración y la construcción de identidades canario-americanas.
Las tradiciones religiosas populares nunca han vivido encerradas en los templos. Se mezclan con la música, las familias, las comidas, los caminos, los relatos y la memoria oral. Con el tiempo, terminan formando parte del patrimonio colectivo, también para quienes no comparten la fe que las originó.
Defender esta fecha no exige creer. Exige reconocer.
Una memoria que comenzó mucho antes que nosotros
La vinculación histórica entre Candelaria y el 2 de febrero se remonta a los primeros años posteriores a la conquista de Tenerife. La documentación histórica recoge la celebración de una procesión en honor de la Virgen durante esa jornada y la progresiva consolidación de su culto.
El Santuario de la Virgen de Candelaria y su convento están reconocidos, además, como Bien de Interés Cultural. Ese reconocimiento confirma que nos encontramos ante una realidad que desborda el ámbito privado de las creencias. Forma parte del patrimonio histórico y cultural de Canarias.
Durante siglos, cada generación recibió esta tradición de la anterior. Unas personas la vivieron desde la fe. Otras la incorporaron como costumbre familiar, referencia cultural o sentimiento de pertenencia.
Así se forma una memoria colectiva. Nadie la decreta. Nadie la posee por completo. Se construye lentamente, con millones de pequeños gestos que casi nunca aparecen en los documentos oficiales.
El 2 de febrero ha llegado hasta nosotros porque hubo personas que lo conservaron. Ahora nos corresponde decidir cómo queremos entregárselo a quienes vendrán después.

El Día de Tenerife es una iniciativa legítima
Tenerife merece disponer de una jornada en la que reconocerse. La isla tiene historia, identidad, cultura y suficientes razones para homenajear a quienes han contribuido a su progreso.
El Cabildo explicó que el Día de Tenerife pretende convertirse en una celebración de la identidad insular, la cohesión social y el reconocimiento a personas y entidades destacadas. Es un propósito legítimo y valioso.
No tengo razones para pensar que la elección del 2 de febrero respondiera a una intención de borrar o menospreciar la festividad de la Virgen de Candelaria. Probablemente ocurrió lo contrario. Se escogió esa jornada porque el propio Cabildo la consideró profundamente arraigada en la memoria de Tenerife.
Ahí se encuentra, precisamente, el error.
La fecha no era significativa porque estuviera esperando convertirse en el Día de Tenerife. Era significativa porque ya estaba vinculada a la Virgen de Candelaria y a siglos de memoria religiosa, cultural y familiar.
El Cabildo quiso apoyarse en una emoción compartida para reforzar una nueva conmemoración. Sin embargo, al hacerlo, superpuso un significado institucional sobre otro que existía desde mucho antes.
Reconocer este error no obliga a buscar culpables. Solo exige escucharnos.
Rectificar también es gobernar
Vivimos un tiempo en el que cualquier desacuerdo parece destinado a convertirse en una batalla. Se buscan adversarios, se levantan trincheras y se interpreta cada rectificación como una derrota.
Esta petición propone exactamente lo contrario.
No pide eliminar el Día de Tenerife. No pretende humillar al Cabildo ni cuestionar a las personas reconocidas durante su celebración. Tampoco quiere convertir la Virgen de Candelaria en patrimonio exclusivo de una ideología, una organización religiosa o una sensibilidad política.
La petición solicita que el Día de Tenerife se traslade a otra fecha. Nada más y nada menos.
Hay muchos días posibles para celebrar la identidad insular. Solo existe un 2 de febrero con la profundidad histórica, espiritual y sentimental que ha adquirido Candelaria.
Rectificar no debilitaría a la institución. Demostraría que sabe escuchar. También confirmaría que las decisiones públicas pueden revisarse cuando una parte de la sociedad expresa un malestar razonado.
Una administración democrática no pierde autoridad al reconocer que pudo actuar con precipitación. La fortalece cuando antepone la convivencia a la obstinación.
Una causa para creyentes y no creyentes
Me gustaría que esta petición fuera firmada por quienes rezan ante la Virgen de Candelaria. Pero también por quienes no rezan.
Que la firmen quienes cada año acuden a la basílica y quienes llevan décadas sin entrar en una iglesia. Que la apoyen personas de izquierdas, de derechas, nacionalistas, regionalistas o sin vinculación política alguna.
También quienes nacieron en Tenerife, quienes llegaron después y quienes viven lejos, pero todavía sienten que una parte de su hogar permanece frente al mar de Candelaria.
No estamos defendiendo una frontera religiosa. Estamos protegiendo una memoria común.
La sociedad canaria puede ser plural, moderna y aconfesional sin desprenderse de aquellas tradiciones que explican su historia. Una democracia madura no necesita destruir el pasado para incluir a quienes piensan de forma diferente.
Puede conservarlo, interpretarlo con libertad y transmitirlo sin imponer creencias.
La Virgen de Candelaria puede ser una presencia espiritual para muchas personas y, al mismo tiempo, una referencia histórica y cultural para otras. Ambas aproximaciones son legítimas. Ninguna necesita anular a la otra.
La fecha también pertenece a las demás islas
Hay otra razón para actuar con sensibilidad. La Virgen de Candelaria no ha sido entendida históricamente como una referencia exclusiva de Tenerife.
Su patronazgo y su presencia cultural alcanzan al conjunto del archipiélago. El propio Ayuntamiento de Candelaria describe el 2 de febrero como una jornada de encuentro, esperanza y unión para Canarias.
Convertir esa fecha en el Día de Tenerife introduce una lectura insular sobre una celebración que posee una dimensión canaria más amplia. No tiene por qué existir una intención excluyente para que surja ese efecto simbólico.
El problema no es que ambas celebraciones no puedan celebrarse durante las mismas veinticuatro horas. Materialmente, pueden hacerlo.
La cuestión es qué nombre terminará ocupando el espacio institucional, mediático y público. Las administraciones disponen de campañas, presupuestos, ceremonias y una capacidad de comunicación muy superior a la de una tradición sostenida por familias y comunidades.
El desplazamiento no tendría que producirse de repente. Podría llegar poco a poco, casi sin que nadie lo decidiera expresamente.
Prevenirlo ahora es más sencillo que lamentarlo después.

Firmar no es enfrentarse: es pedir que se escuche
La petición creada por la Plataforma Cívica 2 de Febrero ya ha comenzado a reunir apoyos. Su mensaje es claro: Tenerife puede tener su día, pero debería celebrarlo en otra fecha.
Firmarla no significa atacar a nadie. Significa participar.
Es decirle al Cabildo que una decisión puede revisarse sin convertir el asunto en una crisis política. Es pedirle que convoque al diálogo, escuche a los municipios, consulte a especialistas y busque una alternativa capaz de reunir un consenso más amplio.
También es recordar que las instituciones administran el presente, pero deben hacerlo respetando las memorias que recibieron.
Ya expliqué en una entrada anterior sobre el Día de Tenerife y el 2 de febrero por qué la fecha no podía considerarse una casilla vacía del calendario. Ahora toca dar un paso más y convertir aquella reflexión en una acción cívica, serena y democrática.
Una firma puede parecer un gesto pequeño. Sin embargo, todas las grandes rectificaciones comienzan cuando suficientes personas expresan, con educación y perseverancia, que existe una opción mejor.
Que cada celebración brille con su propia luz
El Día de Tenerife merece encontrar una fecha capaz de contar su propia historia. No necesita tomar prestada la emoción acumulada por otra celebración.
La Virgen de Candelaria también merece que el 2 de febrero conserve su significado central. No porque la tradición deba permanecer inmóvil, sino porque existen símbolos cuyo valor depende de la continuidad.
Podemos resolver este desacuerdo sin vencedores ni vencidos. Basta con separar las fechas, respetar ambas celebraciones y agradecer al Cabildo que abra un proceso de diálogo.
No se pide borrar nada. Se pide cuidar.
No se reclama un privilegio. Se reclama sensibilidad.
No se trata de imponer una fe. Se trata de reconocer una memoria que pertenece a creyentes, a no creyentes y a generaciones de canarios que encontraron en Candelaria un lugar al que regresar.
Por eso te pido que firmes.
Hazlo por tus creencias, si las tienes. Hazlo por tus padres o por tus abuelos. Por aquella persona que caminaba hasta la plaza, por quien encendía una vela en silencio o por quien pronunciaba el nombre de la Virgen cuando necesitaba encontrar fuerzas.
Y también puedes hacerlo, sencillamente, porque comprendes que una sociedad sin memoria termina perdiendo una parte de sí misma.
Firma y comparte la petición: Día de Tenerife, sí; pero en otra fecha.
El 2 de febrero no necesita que nadie le conceda importancia. La recibió de quienes estuvieron antes que nosotros.
Ahora nos corresponde protegerla.



















