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Roma no paga traidores: La lección de Trump

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Por qué Trump ha desplazado a María Corina Machado del tablero venezolano

La política internacional es, ante todo, un escenario de intereses, no de amistades. A menudo, en la vorágine de la pasión ideológica, olvidamos que las grandes potencias operan bajo la lógica fría del Realpolitik. En los últimos días, hemos sido testigos de un giro sutil pero devastador en la estrategia de Donald Trump hacia Venezuela, uno que deja a una figura central en la estacada: María Corina Machado.

Para quienes analizamos la sociología del poder, este movimiento no es sorprendente. Responde a una máxima histórica tan antigua como cruel: «Roma no paga a traidores». Y en este contexto, la insistencia en una intervención extranjera ha cobrado un precio político inasumible.

El pragmatismo de Trump frente al idealismo intervencionista

Donald Trump nunca ha sido un ideólogo clásico; es un transaccionalista. Su doctrina «America First» choca frontalmente con la idea de enviar tropas estadounidenses a morir en suelo extranjero para «construir naciones». Aquí radica el error de cálculo fundamental de un sector de la oposición venezolana.

Durante años, figuras como María Corina Machado han coqueteado, e incluso solicitado abiertamente, la aplicación del TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca) o la doctrina de la «Responsabilidad de Proteger» (R2P). Eufemismos diplomáticos que, en la práctica, abren la puerta a una invasión militar extranjera.

Desde una perspectiva progresista y de defensa de los Derechos Humanos, la solicitud de una intervención militar en el propio país es una línea roja. No solo por la devastación humana y ambiental que conlleva cualquier conflicto bélico, sino porque anula la soberanía popular. Pero para un nacionalista como Trump, la lectura es otra. Quien está dispuesto a entregar las llaves de su país a un ejército extranjero es una herramienta útil temporalmente. Pero nunca un socio fiable a largo plazo.

Roma no paga traidores

La utilidad caduca del «socio» local

La historia está plagada de líderes que, buscando liberar a sus naciones, confiaron ciegamente en la intervención de imperios ajenos. Solo para ser descartados cuando la geopolítica cambió de rumbo.

Trump, en su retorno a la esfera de poder, parece haber calculado que:

  1. El coste del conflicto es alto: Una guerra en Venezuela desestabilizaría el mercado energético global en un momento donde la transición energética y los precios del petróleo son vitales.
  2. La migración es la prioridad: Su enfoque es frenar la migración, y una intervención armada solo generaría millones de nuevos refugiados.
  3. La figura desgastada: Machado, al apostar todo a la carta de la presión externa máxima, se ha quedado sin maniobra interna efectiva para una negociación pragmática.

Al dejarla fuera de la ecuación futura, Trump está aplicando la lógica imperial romana. El informante, el que facilita la entrada, o el que pide la invasión, pierde su valor intrínseco una vez que el imperio decide que es más rentable negociar con el dueño de la casa (o simplemente ignorarlo) que incendiarla.

Soberanía y Paz: La única salida viable

Como defensores de la democracia y la resolución pacífica de conflictos, debemos ser críticos con la deriva autoritaria, pero implacables contra la idea de que la solución a los problemas de Venezuela vendrá de un marine estadounidense.

La insistencia en la «opción de fuerza» no solo ha alienado a los sectores moderados, sino que ha convertido a líderes políticos en piezas prescindibles para Washington. La verdadera «traición» a la patria, en términos sociológicos, es la incapacidad de concebir una solución que no pase por la bota extranjera pisando el suelo nacional.

Conclusión: El fin de la ilusión injerencista

La exclusión de María Corina Machado de los planes futuros de la administración republicana debe servir de lección para toda América Latina. La soberanía no se delega.

Roma (Washington) utiliza lo que necesita, pero desprecia a quienes no son capaces de resolver sus propios conflictos sin clamar por tutelaje externo. El futuro de Venezuela debe ser escrito por los venezolanos, mediante el diálogo, la recuperación institucional y la democracia, lejos de las fantasías bélicas que, como hemos visto, tienen fecha de caducidad en los despachos del poder global.

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