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Ingeniería del caos político: la España que anticipó Da Empoli

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Sala de control digital con múltiples pantallas que analizan redes sociales, datos y reacciones ciudadanas, como símbolo de la ingeniería del caos político.

Ingeniería del caos político: por qué Da Empoli explica la España de 2026

Hay libros que explican bien su tiempo y otros que, unos años después de publicados, parecen haber entendido algo que todavía no éramos capaces de ver con claridad. Los ingenieros del caos, de Giuliano da Empoli, pertenece a esta segunda categoría.

Da Empoli no describe simplemente el ascenso de Donald Trump, Matteo Salvini, el Movimiento 5 Estrellas, los promotores del Brexit o la nueva derecha digital. Su verdadera aportación consiste en mirar detrás del escenario. Allí donde desde fuera parece haber improvisación, exabruptos, provocaciones y políticos incapaces de controlar sus palabras, encuentra estrategia, datos, tecnología y especialistas en comunicación.

La editorial Oberon resume precisamente el núcleo del libro: detrás del aparente desorden populista trabajan propagandistas, ideólogos, científicos y expertos en Big Data que intentan modificar las reglas tradicionales de la política.

Pero lo verdaderamente inquietante es comprobar cuánto se parece aquel diagnóstico al ecosistema político de 2026. No porque exista necesariamente una habitación secreta desde la que alguien controle cada polémica, sino porque hemos construido un sistema informativo en el que la indignación, el conflicto, el miedo y la identidad tienen enormes ventajas competitivas.

Eso es lo que denominaré aquí ingeniería del caos político.

El caos puede ser una estrategia

La política tradicional aspiraba, al menos formalmente, a transmitir competencia, serenidad, previsibilidad y capacidad de gobierno. El político debía parecer alguien capaz de ordenar una realidad compleja.

La lógica digital ha introducido un incentivo diferente. A veces, provocar puede resultar más rentable que explicar. Una frase escandalosa genera titulares; el titular produce respuestas; las respuestas provocan indignación; la indignación multiplica la distribución y, cuando todo termina, millones de personas conocen al protagonista.

Da Empoli comprendió que el caos podía dejar de ser un defecto de la comunicación política para convertirse en una técnica.

Aquí hay que introducir una cautela importante. No toda polémica está diseñada. No todo político que dice una barbaridad responde a una sofisticada estrategia de datos. Tampoco puede reducirse el comportamiento electoral de millones de ciudadanos a una supuesta manipulación algorítmica. Las personas tienen intereses, ideologías, experiencias, frustraciones y razones propias.

La cuestión es otra: cuando el sistema premia determinados comportamientos, quienes mejor aprenden a explotarlos adquieren una ventaja.

Y eso cambia la política.

Infografía que muestra el proceso desde el malestar social hasta la polarización mediante mensajes provocadores, algoritmos y viralización emocional.

Primera lección: la indignación se ha convertido en materia prima

Una de las intuiciones más poderosas de Los ingenieros del caos es que el enfado ciudadano no tiene necesariamente que ser moderado. Puede ser recopilado, segmentado, alimentado y orientado.

Durante décadas, los partidos intentaban construir mayorías integrando intereses diferentes. La política democrática obligaba a negociar. Había que convencer a personas que no pensaban exactamente igual.

La comunicación digital permite otra posibilidad: localizar comunidades previamente irritadas y ofrecerles mensajes extremadamente específicos.

El inmigrante, el feminismo, los impuestos, los okupas, Cataluña, los políticos, los funcionarios, los sindicatos, Bruselas, los ecologistas, los medios de comunicación o cualquier otro colectivo pueden convertirse en el objeto alrededor del cual se organiza una identidad política.

No hace falta que todos compartan el mismo miedo. Basta con que cada grupo reciba el estímulo adecuado.

La ingeniería del caos político funciona mejor cuando consigue transformar un problema complejo en una emoción simple.

Segunda lección: ya no es imprescindible convencer

Aquí aparece otro cambio profundo.

La propaganda clásica pretendía que creyéramos algo. Buena parte de la comunicación política digital busca primero algo más elemental: que reaccionemos.

Compartir indignados también distribuye un mensaje. Contestar enfurecidos también aumenta su visibilidad. Ridiculizar una provocación puede ayudar involuntariamente a convertirla en tendencia.

Eso significa que incluso el adversario puede convertirse en distribuidor gratuito.

No es una impresión puramente subjetiva. Un estudio publicado en 2025 sobre 265.122 mensajes de las cuentas de diez partidos españoles en Twitter/X entre 2015 y 2023 encontró un aumento general de distintos indicadores de toxicidad y observó además que mayores niveles de toxicidad aparecían asociados a una mayor interacción. El trabajo encontró diferencias entre partidos y situó a Vox con los valores más elevados en prácticamente todos los indicadores analizados.

Conviene leer correctamente ese resultado: una asociación entre toxicidad e interacción no demuestra que cada mensaje agresivo haya sido diseñado deliberadamente para obtener alcance. Pero sí confirma que existe un entorno donde el enfrentamiento puede recibir una recompensa comunicativa.

Y cuando existe una recompensa, tarde o temprano alguien aprende a optimizarla.

Tercera lección: el intermediario pierde poder

Antes, un político que quería hablar con millones de ciudadanos necesitaba atravesar algún filtro: periódicos, radios, televisiones, periodistas, entrevistas o ruedas de prensa.

Ese sistema tenía defectos enormes. Los medios también tienen intereses, sesgos, líneas editoriales y concentraciones de poder. Nadie debería idealizar aquel mundo.

Pero existía una intermediación profesional.

Hoy un dirigente, un activista o un influencer puede comunicarse directamente con cientos de miles de personas. El mismo estudio sobre comunicación política española señala que esta desintermediación benefició, en momentos distintos, a fuerzas tan diferentes como Podemos y Vox, que pudieron difundir narrativas políticas sin depender de los medios tradicionales.

Por eso sería equivocado pensar que la tecnología posee una ideología propia. Las herramientas pueden ser utilizadas desde la izquierda, la derecha o cualquier movimiento social.

Lo importante es observar qué tipo de comunicación favorece su arquitectura.

Los actores de la ingeniería del caos
Esquema visual de los principales actores del caos político digital: líderes provocadores, equipos de datos, plataformas, influencers y audiencias polarizadas.

De informar a competir por segundos de atención

El Digital News Report 2026 del Reuters Institute aporta una pieza decisiva para entender el cambio. Por primera vez, las redes sociales y las plataformas de vídeo han superado globalmente a la televisión y a las webs y aplicaciones de los medios como fuente de noticias: un 54 % de los encuestados afirma utilizarlas para informarse.

Además, un 27 % de la muestra mundial recibe semanalmente información procedente de creadores de contenido informativo, es decir, personas o grupos cuya actividad se desarrolla fundamentalmente dentro de redes sociales y plataformas de vídeo.

En España ya analizamos esta transformación en Informe Digital News 2026: las claves para España. El problema no consiste en que las redes sean necesariamente malas fuentes. En ellas existen periodistas excelentes, científicos, especialistas y ciudadanos capaces de aportar información extraordinaria.

El cambio verdaderamente importante es quién decide qué vemos.

Cada vez con mayor frecuencia no abrimos deliberadamente un periódico y elegimos una noticia. Abrimos una plataforma y un sistema de recomendación selecciona qué contenido aparece delante de nosotros.

Ese pequeño desplazamiento representa una revolución política que favorece la ingeniería del caos.

Cuarta lección: construir enemigos resulta extraordinariamente eficaz

El populismo necesita una frontera emocional clara entre un «nosotros» y un «ellos».

No basta con discrepar del adversario. Hay que presentarlo como una amenaza.

El oponente deja entonces de ser alguien equivocado para convertirse en alguien ilegítimo. Los periodistas pasan a ser propagandistas. Los jueces que incomodan son activistas. Los científicos forman parte de intereses ocultos. Las organizaciones sociales viven de subvenciones. Las instituciones europeas quieren quitar soberanía. Los inmigrantes reciben privilegios. Los feministas pretenden destruir determinadas formas de vida.

Cada relato puede variar, pero la estructura permanece.

Esto explica por qué las guerras culturales son tan útiles. Permiten convertir cuestiones extraordinariamente complejas en conflictos morales donde solo parecen existir dos posiciones: estar conmigo o estar contra mí.

En España existen ejemplos bastante ilustrativos de esta aplicación de la ingeniería del caos político. Un trabajo académico publicado en 2026 por investigadores de las universidades de Cádiz y Sevilla estudió la gira universitaria España Combativa de Vito Quiles y la interpretó como una estrategia que convertía el propio conflicto en contenido político, reforzando una narrativa de antagonismo entre bloques.

Ya había abordado en este blog el papel de Vito Quiles dentro del ecosistema de comunicación de la ultraderecha. Lo interesante ahora es observarlo desde la perspectiva de Da Empoli: el escándalo no necesariamente interrumpe la estrategia de comunicación. Puede ser la estrategia de comunicación.

Comparativa entre el modelo informativo tradicional, basado en periodistas y medios, y el actual, dominado por algoritmos, plataformas y audiencias fragmentadas.

Pero no todo vale para explicar la política española

Aquí creo que conviene apartarse de las interpretaciones demasiado cómodas del libro.

Sería tranquilizador pensar que detrás del deterioro democrático existe simplemente un pequeño grupo de manipuladores extraordinariamente inteligentes. Si fuera así, bastaría con desenmascararlos.

La realidad es más incómoda.

La ingeniería del caos político puede explotar una frustración, pero normalmente no la inventan desde cero. Una persona preocupada por la vivienda, la precariedad, la inmigración, la seguridad, los servicios públicos o su futuro económico no deja de tener problemas reales porque alguien intente manipular políticamente esas preocupaciones.

Una democracia que responde a cualquier malestar ciudadano diciendo simplemente «te han manipulado» terminará perdiendo al ciudadano.

La izquierda debería comprender especialmente esta advertencia. Combatir la desinformación no puede sustituir a ofrecer seguridad económica, vivienda accesible, servicios públicos sólidos, perspectivas laborales y un proyecto convincente de futuro.

La mejor vacuna contra los ingenieros del caos no consiste únicamente en desmentirlos. También consiste en reducir el combustible social con el que trabajan.

Existe una asimetría que tampoco debemos ocultar

Reconocer que estas técnicas pueden ser utilizadas desde cualquier ideología no obliga a fingir que todos las utilizan con la misma intensidad.

El estudio antes citado sobre toxicidad política encontró diferencias significativas y situó a Vox por encima del resto de partidos analizados en prácticamente todos los indicadores considerados. Los investigadores relacionan además parte de esa comunicación con estrategias emocionales vinculadas al miedo, la ira, la inmigración y la construcción de adversarios políticos o sociales.

Ese dato merece atención.

No porque permita afirmar que cada votante de Vox haya sido manipulado —sería absurdo y profundamente antidemocrático—, sino porque ayuda a identificar una estrategia comunicativa especialmente bien adaptada a determinados incentivos del entorno digital.

En mi opinión, una parte de la nueva derecha ha entendido mejor que otros espacios políticos que en las redes la emoción viaja más deprisa que el matiz.

Y esa ventaja tiene consecuencias.

Quinta lección: destruir la confianza puede ser suficiente

Quizá el objetivo más peligroso de la ingeniería del caos político no sea conseguir que una persona crea una mentira concreta.

Puede bastar con lograr que deje de creer en cualquiera.

Si todos los periódicos mienten, todos los políticos roban, todos los científicos están comprados, todos los jueces actúan políticamente, todos los datos son manipulables y cualquier imagen puede haber sido generada artificialmente, desaparece algo fundamental para una democracia: una mínima realidad compartida.

He tratado esta cuestión anteriormente al hablar del derecho de rectificación frente a la mentira digital y del problema de los deepfakes y el derecho a una realidad reconocible.

Una sociedad democrática puede vivir perfectamente con opiniones enfrentadas.

Lo que difícilmente puede soportar es que sus ciudadanos ya no puedan ponerse de acuerdo siquiera sobre qué ha ocurrido.

Da Empoli escribió antes de la inteligencia artificial generativa

Hay además una dimensión que convierte el libro en todavía más inquietante.

Cuando Da Empoli desarrolló estas ideas, la inteligencia artificial generativa actual todavía no había transformado la producción masiva de textos, imágenes, voces y vídeos.

Hoy producir contenido político persuasivo es muchísimo más barato.

También es posible generar miles de variantes de un mensaje, adaptar argumentos a públicos diferentes, fabricar imágenes convincentes, clonar voces o crear vídeos falsos con una calidad creciente.

Esto no significa que estemos inevitablemente condenados a una democracia sintética. Significa que el coste tecnológico de fabricar propaganda ha disminuido radicalmente mientras la capacidad humana para prestar atención continúa siendo exactamente la misma.

La batalla será cada vez menos por disponer de información y más por conseguir nuestra atención.

Infografía sobre alfabetización mediática, transparencia algorítmica, periodismo riguroso, regulación democrática, servicios públicos y ciudadanía crítica frente a la manipulación digital.

Europa empieza a comprender el problema

La reacción europea resulta interesante porque muestra que estos riesgos ya no se consideran una extravagancia académica.

La Ley de Servicios Digitales de la Unión Europea obliga a las grandes plataformas a evaluar y mitigar determinados riesgos sistémicos derivados del funcionamiento de sus servicios. Entre ellos figuran los riesgos relacionados con la difusión de contenidos ilegales, derechos fundamentales, procesos electorales y campañas coordinadas de desinformación.

El Código de Conducta sobre Desinformación se integró además en el marco del DSA como referencia para determinadas obligaciones de mitigación.

Y en enero de 2026 la Comisión Europea abrió una nueva investigación formal sobre X y amplió el examen de sus obligaciones relacionadas con los sistemas de recomendación.

Esto tampoco significa que Bruselas disponga de la solución definitiva. Regular algoritmos sin afectar a la libertad de expresión será uno de los grandes problemas democráticos de nuestra época.

Pero existe una diferencia esencial entre regular opiniones y exigir responsabilidad sobre los mecanismos que las distribuyen.

No necesitamos un Ministerio de la Verdad

La respuesta democrática no puede consistir en decidir desde el Estado qué opiniones pueden pronunciarse.

Eso sería incompatible con la sociedad abierta que precisamente queremos proteger.

Una democracia madura debe soportar opiniones desagradables, radicales, equivocadas y profundamente críticas con sus instituciones. La libertad política sirve sobre todo para proteger el discurso incómodo, no únicamente aquello con lo que estamos de acuerdo.

Lo exigible es otra cosa: transparencia sobre publicidad política, identificación de contenidos artificiales cuando corresponda, acceso de investigadores a los sistemas de las grandes plataformas, mecanismos frente a campañas coordinadas, responsabilidad ante contenidos ilícitos y posibilidad real de conocer cómo funcionan los sistemas de recomendación que organizan buena parte de nuestra conversación pública.

La libertad de expresión no debería confundirse con un supuesto derecho a disponer de una maquinaria opaca de amplificación ilimitada.

La batalla democrática será también una batalla por nuestra atención

Después de leer a Da Empoli queda una sensación incómoda: quizá seguimos interpretando buena parte de la política digital con categorías del siglo XX.

Todavía discutimos principalmente sobre partidos, candidatos, periódicos y televisiones cuando una parte creciente de la conversación pública está organizada por plataformas privadas, algoritmos de recomendación, influencers, vídeos breves, memes y comunidades digitales.

El poder ya no consiste únicamente en controlar instituciones.

También consiste en decidir qué asunto ocupará nuestra indignación mañana.

Por eso conviene entender la ingeniería del caos político. No para caer en una nueva teoría conspirativa donde todo está dirigido por oscuros estrategas, sino precisamente para evitarla. El fenómeno es más sencillo y, quizá por eso, más peligroso: hemos creado un ecosistema donde determinados comportamientos políticos obtienen recompensas extraordinarias.

El insulto obtiene atención. La provocación produce distribución. El miedo crea comunidad. El enemigo refuerza identidades. Y la mentira, cuando logra tocar una emoción profunda, puede recorrer medio país mientras la verdad todavía está buscando sus fuentes.

La respuesta progresista y democrática no debería ser imitar ese modelo con nuestros propios enemigos y nuestras propias falsedades.

Debe ser exactamente la contraria: recuperar el valor del dato, del argumento, de la conversación, de las instituciones que funcionan y de una política capaz de solucionar problemas reales.

Porque la democracia nunca ha necesitado que todos pensemos igual.

Pero sí necesita algo mucho más modesto y mucho más importante: que todavía seamos capaces de discutir sobre una realidad que podamos reconocer juntos.

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