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Cincuenta años de libertad: recordar también defiende democracia

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Personas de distintas generaciones caminan juntas por una plaza española al atardecer, con una bandera nacional al fondo, evocando convivencia democrática y memoria compartida.

Cincuenta años de libertad: recordar también es defender el presente

Hay conmemoraciones que no deberían servir para envolver el pasado en solemnidad, sino para mirar el presente con más lucidez. Cincuenta años de libertad no son solo una fecha redonda ni una agenda institucional de actos culturales. Son, sobre todo, una invitación a preguntarnos qué hemos hecho con aquella democracia que costó tanto recuperar, qué amenazas la erosionan hoy y qué responsabilidades tenemos quienes hemos vivido buena parte de nuestra vida bajo derechos que otros no pudieron disfrutar.

España ha puesto en marcha la conmemoración “España en Libertad. 50 años”, con actividades culturales, educativas y divulgativas orientadas a recordar la recuperación de las libertades y la consolidación democrática tras la dictadura. El programa oficial incluye actos en distintos territorios y mantiene actividad en 2026. (España en Libertad)

La pregunta de fondo, sin embargo, no es si conviene recordar. La pregunta es qué clase de país seríamos si dejáramos de hacerlo.

Cincuenta años de libertad no son una nostalgia

La memoria democrática no consiste en vivir atrapados en el pasado. Esa es una caricatura demasiado cómoda, repetida muchas veces por quienes prefieren una ciudadanía sin contexto. Recordar no es quedarse atrás. Recordar es saber de dónde venimos para no aceptar como normal lo que nunca debería volver a normalizarse.

Durante demasiado tiempo, una parte del debate público ha tratado la memoria como si fuera una molestia. Se dice que hay que mirar al futuro, como si el futuro pudiera construirse sobre el olvido. Se apela a la concordia, pero a veces se hace para no incomodar a nadie, ni siquiera a quienes todavía relativizan la dictadura, blanquean el autoritarismo o convierten los derechos conquistados en una simple anécdota histórica.

La democracia española no nació de la nada. Tampoco fue un regalo. Fue el resultado de luchas sociales, renuncias, miedos, pactos, movilización ciudadana y deseo colectivo de respirar en libertad. Hubo personas anónimas que se jugaron mucho más de lo que hoy suele reconocerse. Gente que defendió sindicatos, partidos, cultura, lengua, derechos laborales, igualdad, prensa libre y espacios de convivencia cuando hacerlo podía tener consecuencias graves.

Reducir todo eso a una fecha institucional sería injusto. Pero despreciarlo sería mucho peor.

La democracia también se desgasta

Hecho verificable: España vive desde hace décadas en un marco constitucional democrático, con elecciones libres, pluralismo político, libertades públicas y pertenencia plena a la Unión Europea. Interpretación necesaria: eso no significa que la democracia esté garantizada para siempre.

Las democracias no suelen desaparecer de un día para otro. A menudo se erosionan lentamente. Primero se degrada el lenguaje. Después se normaliza la mentira. Más tarde se convierte al adversario en enemigo. Finalmente, una parte de la ciudadanía empieza a aceptar que la libertad solo vale cuando sirve a los suyos.

Por eso la memoria democrática no es un lujo cultural. Es una vacuna cívica. Nos recuerda que los derechos pueden perderse, que la convivencia necesita instituciones limpias, que la prensa libre no puede confundirse con campañas de intoxicación y que la justicia social no es un adorno sentimental de la democracia, sino una de sus condiciones de estabilidad.

Una democracia donde millones de personas sienten que no llegan a fin de mes, donde los jóvenes ven la vivienda como una frontera imposible, donde los servicios públicos se deterioran y donde la política se convierte en una guerra emocional permanente, acaba siendo una democracia más vulnerable.

La libertad formal importa. Mucho. Pero una sociedad democrática también necesita igualdad suficiente para que esa libertad no sea solo una palabra hermosa escrita en los discursos.

Infografía sobre cincuenta años de libertad en España, con escenas fotorrealistas de ciudadanía, instituciones, derechos sociales y retos democráticos actuales.

Lo que se está contando mal

Hay una forma tramposa de hablar de estos cincuenta años: presentar la democracia como una etapa cerrada, casi como una obra ya terminada. Bajo esa mirada, bastaría con celebrar lo conseguido, felicitarse por el camino recorrido y pasar página.

Esa lectura es cómoda, pero incompleta.

La democracia no es una vitrina. Es una tarea diaria. Se sostiene con instituciones creíbles, medios responsables, ciudadanía crítica, derechos sociales, educación pública, memoria compartida y una cultura política capaz de reconocer la legitimidad del adversario. Cuando todo se reduce a propaganda, grito o cálculo electoral, la democracia se empobrece.

También se cuenta mal cuando se pretende que recordar la dictadura divide. Lo que divide no es la memoria. Lo que divide es la desigualdad en el reconocimiento de las víctimas, la banalización del autoritarismo y la negativa a llamar a las cosas por su nombre.

Una sociedad madura puede mirar su historia sin miedo. Puede reconocer sus heridas sin convertirlas en arma arrojadiza. Puede celebrar sus avances sin ocultar sus sombras. Eso no debilita la convivencia. La fortalece.

Recordar para defender lo común

Mi opinión es clara: estos cincuenta años de libertad deberían servir menos para la autocomplacencia y más para una pedagogía democrática honesta. No basta con decir que somos libres. Hay que preguntarse si cuidamos las condiciones que hacen posible esa libertad.

Defender la democracia hoy significa combatir la desinformación, proteger los servicios públicos, garantizar derechos, respetar la diversidad, cuidar el lenguaje político y no aceptar que el odio se disfrace de valentía. También significa reconocer que la memoria democrática pertenece a todos, no a un partido ni a una sigla.

España no necesita una memoria de parte. Necesita una memoria decente. Una memoria que recuerde a quienes no tuvieron voz, que explique a las nuevas generaciones lo que significó vivir sin libertades y que ayude a comprender por qué la democracia exige algo más que votar cada cierto tiempo.

Porque el olvido no es neutral. Casi nunca lo es. Cuando una sociedad olvida demasiado, otros escriben el pasado por ella.

Cierre

Cincuenta años después, la libertad no debería celebrarse como una reliquia, sino como una responsabilidad. La democracia española ha avanzado mucho, pero no está blindada contra la mentira, la desigualdad, el cinismo ni la nostalgia autoritaria.

Recordar no es mirar atrás con melancolía. Es mirar alrededor con criterio. Es entender que lo conquistado puede deteriorarse si no se cuida. Y es asumir, con serenidad pero sin ingenuidad, que la democracia no se hereda intacta: se defiende, se mejora y se transmite.


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