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Miedo democrático: cuando la libertad vuelve a parecer vulnerable

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Persona caminando de noche por una calle urbana en penumbra, junto a carteles sobre libertad, memoria y derechos, como símbolo del miedo democrático ante la pérdida de libertades.

Miedo democrático: cuando la libertad vuelve a parecer vulnerable

Hay un miedo democrático que empieza a resultarme difícil de disimular. No es miedo a perder unas elecciones, ni a que gobierne una opción política distinta a la mía. Eso forma parte de la democracia. Lo que me inquieta, de una manera cada vez más profunda, es otra cosa: que una parte de nuestras sociedades esté empezando a normalizar de nuevo la idea de que algunos derechos sobran, algunas libertades molestan y algunas personas deberían volver a vivir con cuidado, con silencio o con miedo.

Lo digo desde una posición progresista, sí, pero también desde una convicción democrática elemental. No me preocupa solo que la extrema derecha pueda recortar derechos sociales si alcanza el poder. Eso ya sería suficientemente grave. Me preocupa que, además, pueda cambiar el clima moral de un país hasta convertir en sospechosa la libertad del otro.

Porque la pérdida de derechos no siempre empieza con una ley brutal. A veces empieza con una burla. Con una etiqueta. Con una campaña de desprestigio. Una mentira repetida hasta que parece sentido común. Con la idea de que la igualdad es un exceso, que el feminismo es una amenaza, que la memoria democrática es una manía, que los migrantes son un problema, que los sindicatos son un estorbo, que los periodistas críticos son enemigos y que los servicios públicos son una carga.

Ahí empieza la oscuridad.

No es solo economía: es libertad

La derecha democrática puede defender políticas conservadoras, reducir impuestos, discutir el tamaño del Estado o tener una visión distinta sobre la economía. Esa discrepancia es legítima. La democracia vive de la pluralidad, no de la uniformidad.

La extrema derecha, sin embargo, introduce algo distinto. No solo plantea un programa económico o una agenda institucional. Construye una cultura política basada en la sospecha, el resentimiento y la división moral de la sociedad. Siempre hay un enemigo. Alguien al que culpar. Siempre hay un grupo al que señalar para que otros se sientan protegidos.

Por eso conviene no mirar únicamente las propuestas sobre sanidad, educación, dependencia, vivienda, pensiones o derechos laborales. Claro que importan. Importan muchísimo. Pero el riesgo va más allá. Lo que está en juego es también la libertad de vivir sin ser señalado por amar de una determinada manera, por pensar de otra, por tener otro origen, por defender derechos, por manifestarse, por enseñar, por escribir, por investigar o por expresar una identidad que no encaja en la moral estrecha de quienes se creen dueños de la nación.

La pregunta de fondo no es solo qué servicios públicos quedarían en pie. La pregunta es qué tipo de vida sería posible en una sociedad donde la diferencia volviera a ser tratada como amenaza.

El miedo democrático no nace de la nada

Este miedo democrático no surge de una imaginación calenturienta ni de una nostalgia retórica por viejas luchas. Hay señales internacionales que obligan a tomarse en serio el deterioro de las libertades. Freedom House advirtió en su informe de 2026 que la libertad global cayó en 2025 por vigésimo año consecutivo, con deterioro de derechos políticos y libertades civiles en 54 países y mejoras solo en 35. (Freedom House)

V-Dem, uno de los proyectos académicos más relevantes sobre medición democrática, también ha alertado de que casi una cuarta parte de los países atraviesa procesos de retroceso democrático o autocratización, y de que seis de los diez nuevos casos identificados en su informe de 2026 pertenecen a Europa y Norteamérica. (V-Dem)

No estamos, por tanto, ante un miedo democrático local ni ante una obsesión partidista. La democracia liberal, los derechos civiles y los contrapesos institucionales están sometidos a presión en muchas partes del mundo. Y cuando esos procesos avanzan, rara vez lo hacen anunciándose como una dictadura. Suelen presentarse como defensa del pueblo, restauración del orden, protección de la patria o lucha contra supuestos privilegios.

La historia enseña que las palabras importan. Mucho. Cuando un poder político consigue que una parte de la ciudadanía acepte que determinados colectivos tienen demasiados derechos, el siguiente paso suele ser discutir si merecen tenerlos.

Infografía sobre cómo se erosiona una democracia, con escenas que representan el señalamiento de enemigos internos, el desprestigio de instituciones, la normalización del odio y el recorte de derechos.

La oscuridad no vuelve de golpe

Una de las trampas del autoritarismo contemporáneo es que no siempre llega con tanques, uniformes o censura explícita. A veces entra por la puerta del hartazgo. Por la promesa de poner orden. Por el desprecio a la complejidad. La conversión de la política en un combate emocional donde pensar se considera debilidad y odiar se presenta como valentía.

La oscuridad no vuelve de golpe. Primero se ridiculiza al vulnerable. Después se desacredita a quien lo defiende. Más tarde se cuestiona la legitimidad de los jueces, los medios, las universidades, los sindicatos, las asociaciones civiles o las instituciones internacionales. Finalmente, cuando la sociedad ya está suficientemente anestesiada, se recortan derechos en nombre de la mayoría.

Amnistía Internacional, en su informe anual publicado en abril de 2026, identifica entre las tendencias globales la represión de la disidencia, la discriminación, la injusticia económica y climática, y el mal uso de la tecnología como amenazas relevantes para los derechos humanos. El informe analiza preocupaciones en 144 países durante 2025. (Amnesty International)

La tecnología añade, además, una dimensión inquietante. Ya no hablamos solo de prohibir, sino de vigilar. De identificar. De rastrear. Castigar social o administrativamente la presencia en determinados espacios. En Hungría, el Parlamento Europeo documentó cómo una ley aprobada en marzo de 2025 restringió actos públicos vinculados a la diversidad LGTBI y modificó normas sobre derecho de reunión y reconocimiento facial. (Parlamento Europeo)

Ese ejemplo no debe usarse de forma simplista para decir que todo país va a recorrer el mismo camino. Pero sí sirve para recordar algo esencial: las libertades civiles pueden retroceder dentro de marcos formalmente legales. La ley también puede ser utilizada para estrechar la vida.

Cuando el diferente vuelve a ser sospechoso

Lo que más me preocupa de la extrema derecha no es solo su dureza verbal. Es su capacidad para desplazar los límites de lo aceptable. Hace unos años, determinadas expresiones de desprecio parecían socialmente inadmisibles. Hoy se emiten en tertulias, se viralizan en redes y se convierten en munición electoral.

El migrante deja de ser una persona y pasa a ser una amenaza. La mujer que denuncia desigualdad se convierte en una exagerada. El joven precarizado es acusado de no esforzarse. La persona trans es presentada como un peligro. El activista climático es caricaturizado como enemigo del progreso. El funcionario público pasa a ser un privilegiado. El sindicalista, un parásito. El periodista crítico, un propagandista. El maestro, un adoctrinador.

Ese lenguaje no es inocente. Prepara el terreno. Una sociedad no acepta de repente la pérdida de derechos. Antes necesita convencerse de que quienes los pierden no son del todo merecedores de ellos.

Por eso no basta con defender la democracia cada cuatro años. También hay que defenderla en la conversación pública, en el modo en que hablamos del diferente, en la resistencia cotidiana frente a la mentira y en la capacidad de no reírle las gracias al odio cuando se disfraza de incorrección política.

Derechos sociales y libertades individuales van juntos

A veces separamos demasiado los derechos sociales de las libertades individuales. Como si una cosa perteneciera a la economía y la otra a la moral. En realidad, forman parte del mismo edificio democrático.

Sin sanidad pública, la libertad del enfermo pobre es una palabra hueca. Sin educación pública, la igualdad de oportunidades se convierte en literatura. Cuando no hay derechos laborales, la libertad del trabajador depende demasiado del miedo a perder el empleo. Sin políticas de dependencia, muchas familias quedan atrapadas en una vida de sacrificio invisible. Sin igualdad real, muchas mujeres siguen pagando un precio añadido por vivir, trabajar, cuidar o decidir.

Pero también ocurre al revés. Sin libertad de expresión, de reunión, de conciencia, de orientación sexual, de identidad, de prensa o de protesta, los derechos sociales quedan indefensos. Porque cuando la ciudadanía tiene miedo, no solo miedo democrático,, reclama menos. Cuando la sociedad civil se encoge, el poder avanza. Cuando disentir se vuelve peligroso, la injusticia se administra con menos resistencia.

El Parlamento Europeo alertó en abril de 2026 sobre violaciones de derechos fundamentales, retroceso democrático, interferencias políticas en la justicia, reducción del espacio cívico, amenazas a la libertad de prensa y ataques a los derechos de las mujeres y a la igualdad LGTBIQ+ en la Unión Europea. (Parlamento Europeo)

Ese diagnóstico no debería dejarnos indiferentes. Europa no está vacunada contra sus propios fantasmas. España tampoco. Ninguna democracia lo está.

Infografía que muestra la relación entre derechos sociales y libertades individuales, con escenas de sanidad, educación, cuidados, expresión, identidad y protesta democrática.

No es miedo a debatir; es memoria

Conviene decirlo con claridad: no se trata de tener miedo al debate. La democracia exige discusión, alternancia, crítica al Gobierno, pluralidad ideológica y control del poder. Lo contrario sería una democracia débil y complaciente.

El temor es otro. Es miedo a que se confunda la libertad de expresión con el derecho a humillar. Es miedo a que la crítica política derive en persecución personal. A que la memoria de quienes vivieron oscuridad, clandestinidad y represión sea tratada como una molestia del pasado. Es miedo a que una generación que no conoció determinadas formas de miedo empiece a jugar con ellas como si fueran una estética de rebeldía.

Hay palabras que parecen antiguas hasta que vuelven. Clandestinidad. Represión. Censura. Delación. Miedo. Silencio. Exilio interior. No deberíamos pronunciarlas con ligereza, pero tampoco deberíamos esperar a que sea tarde para reconocer sus primeros ecos.

La libertad no desaparece siempre con estruendo. A veces se va retirando de la vida cotidiana. Una persona deja de decir lo que piensa. Otra evita mostrar lo que es. Un profesor cambia una clase para no meterse en problemas. Una asociación cancela un acto. Un periodista mide cada palabra. Una familia aconseja a su hija que no se exponga. Un trabajador calla. Un vecino mira hacia otro lado.

Y un día descubrimos que seguimos teniendo elecciones, pero hemos perdido confianza para vivir en libertad.

Defender la democracia antes de que duela

No escribo esto desde la desesperanza. Al contrario. Lo escribo porque creo que todavía estamos a tiempo de nombrar el peligro sin exagerarlo y de defender la democracia sin convertirla en una consigna vacía.

Defender la democracia no es solo votar. Es proteger los servicios públicos. Es sostener los derechos sociales. Cuidar el lenguaje. Es combatir la desinformación. Es exigir instituciones limpias. Rechazar la corrupción, venga de donde venga. Es no aceptar que se convierta a los vulnerables en chivos expiatorios. Es recordar que la libertad de uno no se fortalece recortando la dignidad de otro.

Como progresista, temo que la extrema derecha no quiera simplemente gobernar de otra manera. Temo que quiera redefinir quién merece pertenecer plenamente a la comunidad democrática. Y cuando una fuerza política empieza a repartir carnés morales de ciudadanía, la libertad deja de ser un derecho compartido y se convierte en un privilegio condicionado.

Ese es el verdadero abismo.

No hablo de un futuro inevitable. Hablo de una advertencia. Las sociedades pueden rectificar. Las democracias pueden fortalecerse. La ciudadanía puede despertar antes de que el miedo se instale. Pero para eso hace falta mirar de frente lo que ocurre.

El miedo democrático no debe paralizarnos. Debe servirnos para recordar que nada importante se conserva solo. Ni los derechos sociales. Ni las libertades individuales. Tampoco la igualdad. Ni la convivencia. Ni esa posibilidad, tan sencilla y tan inmensa, de vivir sin pedir permiso para ser quienes somos.

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