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Memoria de Candelaria: el 2 de febrero ya tenía historia

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Familia de varias generaciones caminando hacia la Basílica de Candelaria al atardecer, evocando la memoria familiar y el significado del 2 de febrero.

La memoria de Candelaria no se decreta: el 2 de febrero ya vive en la gente

Hay fechas que aprendemos mirando un calendario y otras que conocemos mucho antes de saber siquiera qué día de la semana caen. Llegan a nosotros por nuestros padres, por nuestros abuelos, por una conversación escuchada de pequeños, por aquellas guaguas que salían temprano, por la ropa preparada la noche anterior, por alguien que decía que ese año había que ir a Candelaria.

Algunas personas llegaban por fe. Otras acompañaban. Otras acudían porque siempre se había hecho en casa. Y muchas, con los años, dejaron de hacerlo, pero nunca olvidaron lo que significaba aquel día. Así funciona la memoria de Candelaria: no necesita que nadie la declare oficialmente porque estaba allí mucho antes de que las instituciones decidieran qué hacer con el 2 de febrero.

Y quizá ese sea precisamente el aspecto que estamos olvidando en esta polémica.

Hay fechas que guardan personas

Pensemos por un momento en nuestras propias familias. Quizás en una abuela que tenía especial devoción por la Virgen; en un padre que no era particularmente religioso, pero acompañaba cada año; en aquella tía que encendía una vela; en los vecinos que organizaban el viaje; en quienes caminaban durante horas hasta Candelaria. O simplemente en alguien que relacionaba inevitablemente febrero con aquel lugar y aquella tradición.

Muchos de ellos ya no están. Pero continúan apareciendo, de una manera extraña y hermosa, cuando regresamos a determinados lugares, escuchamos determinadas canciones o llega una fecha que los devuelve, aunque solo sea durante unos segundos, a nuestra memoria.

Eso también es patrimonio. No aparece necesariamente en un inventario ni necesita estar protegido detrás de una vitrina. Es ese patrimonio invisible que una sociedad recibe de las generaciones anteriores y que, casi sin darse cuenta, entrega a las siguientes.

La celebración de la Candelaria tiene, además, una trayectoria histórica que no estamos imaginando ahora para reforzar un argumento. El propio Gobierno de Canarias recoge que la Virgen de Candelaria es la Patrona General de Canarias y que sus festividades se celebran el 2 de febrero y el 15 de agosto. El Ayuntamiento de Candelaria mantiene igualmente el 2 de febrero como una de las grandes fechas de la celebración.

Pero ni siquiera esos siglos de historia explican por completo lo que ocurre, porque una cosa es la historia escrita y otra mucho más difícil de medir: la historia vivida.

El 2 de febrero vive en la gente: Familia de varias generaciones ante la Basílica de Candelaria, representando los recuerdos compartidos, la tradición y los vínculos familiares del 2 de febrero.

No hace falta creer para comprender

Conviene detenerse aquí porque algunos de los comentarios surgidos después de nuestras anteriores publicaciones planteaban una objeción perfectamente legítima: ¿por qué una celebración religiosa debe condicionar una decisión civil?

La respuesta merece ser clara: no tiene por qué hacerlo. Una sociedad democrática debe respetar escrupulosamente la libertad religiosa y también el derecho a no profesar ninguna religión. Nadie debería sentirse obligado a compartir una devoción, participar en una ceremonia o atribuir significado espiritual a una imagen.

Pero de ahí no se desprende que debamos comportarnos como si las tradiciones religiosas nunca hubieran generado cultura, memoria, costumbres o vínculos sociales. Podemos no ser creyentes y emocionarnos dentro de una catedral construida hace ocho siglos. Podemos no compartir una determinada fe y reconocer el extraordinario valor de una procesión, una romería o una celebración que nuestros antepasados incorporaron a la historia de un territorio.

La memoria de Candelaria pertenece en primer lugar a quienes sienten su dimensión religiosa, naturalmente. Pero ha desbordado hace mucho los límites estrictos de la religión para convertirse también en un elemento cultural y afectivo de Canarias.

Reconocerlo no convierte al Estado en confesional. Lo convierte, simplemente, en respetuoso con su propia historia.

Tenerife merece un día propio

Por eso me gustaría invertir por completo el argumento que ha acompañado esta controversia. Estoy a favor del Día de Tenerife y creo que una isla con nuestra historia, nuestra identidad y nuestra diversidad puede perfectamente disponer de una jornada para reconocerse colectivamente.

Una fecha que permita hablar de nuestra cultura, de nuestra gente, de nuestros científicos, artistas, trabajadores, agricultores, deportistas, emigrantes, empresarios, movimientos sociales o de cualquiera de las muchas personas que han contribuido a construir la Tenerife actual.

Eso es precisamente lo que explicó el Cabildo de Tenerife cuando fijó el 2 de febrero como Día de Tenerife: la intención era que la isla se reconociera a sí misma y homenajeara a quienes habían contribuido a su progreso social, económico, cultural, deportivo, científico y comunitario.

Me parece una buena idea. Precisamente por eso creo que merece una fecha propia, una fecha cuyo relato nazca ligado al propio Día de Tenerife y no tenga que convivir desde su nacimiento con una celebración anterior, muchísimo más arraigada y cargada ya de significado.

Porque escoger el 2 de febrero no fortalece necesariamente el Día de Tenerife. Puede terminar debilitándolo.

Una fecha con historia y arraigo: Composición de la Basílica de Candelaria, peregrinos, velas y recuerdos familiares para mostrar el arraigo histórico y cultural del 2 de febrero en Canarias.

El problema no es si pueden convivir

Cuando surgieron las críticas, el Cabildo defendió que no veía incompatibilidad entre ambas celebraciones. El vicepresidente insular, Lope Afonso, sostuvo públicamente que la festividad de la Candelaria y el Día de Tenerife podían coincidir.

Materialmente, tiene razón: claro que pueden. En una misma jornada pueden organizarse una misa, un acto institucional, un concierto, una entrega de reconocimientos y cincuenta actividades distintas. Pero esa no es la verdadera cuestión.

La pregunta es mucho más sencilla: ¿era necesario? Disponíamos de todo un calendario. ¿Por qué crear una nueva conmemoración insular precisamente sobre una fecha que ya poseía un significado histórico propio?

Aquí aparece una contradicción especialmente llamativa. El propio Cabildo justificó la elección del 2 de febrero precisamente por coincidir con la festividad de la Virgen de Candelaria, destacando expresamente la vinculación de esta figura con la identidad, la historia y la cultura de Tenerife.

Es decir, la institución reconoce el enorme peso simbólico de la fecha y, precisamente por tenerlo, decide utilizarla para construir encima una nueva celebración. Ahí reside el desacuerdo.

Tenerife merece un día propio: Paisaje de Tenerife con calendario, vecinos y la Basílica de Candelaria, defendiendo un Día de Tenerife propio en una fecha distinta al 2 de febrero.

Las instituciones administran el calendario, no la memoria

Una administración puede aprobar una declaración institucional, decidir que determinado día se dedique a una causa, organizar actos, entregar distinciones y construir alrededor de una jornada un nuevo relato colectivo. Pero hay algo que ninguna institución puede hacer mediante un acuerdo: fabricar retroactivamente la memoria, la memoria de la Virgen de Candelaria.

El 2 de febrero ya significaba algo antes de convertirse en Día de Tenerife. No porque lo diga quien escribe estas líneas, sino porque lo reconocía el propio Cabildo cuando anunció su decisión, lo recoge el Gobierno de Canarias al explicar la historia de la festividad y lo documentan también las instituciones locales vinculadas a Candelaria.

Y, sobre todo, lo saben muchas familias canarias sin necesidad de consultar ningún documento oficial.

Por eso esta discusión trasciende a creyentes y no creyentes. Estamos hablando también de cómo deben comportarse las instituciones ante los símbolos que reciben de generaciones anteriores.

Modernizar una sociedad no significa empezar cada mañana desde cero.

Una pregunta para nuestras madres y nuestros abuelos

Antes de continuar discutiendo sobre resoluciones, declaraciones y compatibilidades, quizá deberíamos hacer algo mucho más sencillo: preguntar en casa. Preguntarle a nuestra madre qué recuerda del 2 de febrero, a nuestro padre, a nuestros abuelos si tenemos todavía la inmensa fortuna de poder hacerlo.

Preguntarles qué significaba Candelaria cuando eran pequeños, si fueron alguna vez, quién los llevó, qué recuerdan de aquel día. Las respuestas serán diferentes: algunos hablarán de religión, otros de costumbres familiares, otros quizá digan que jamás fueron y habrá quien responda que no significa absolutamente nada para él.

También esa respuesta merece respeto, porque defender una memoria colectiva no significa exigir unanimidad. Una sociedad plural se construye precisamente aceptando que no todos sentimos igual, mientras procuramos no borrar aquello que posee un significado profundo para una parte importante de nuestra comunidad cuando existen alternativas perfectamente posibles.

Una movilización que pide algo bastante sencillo

De ese malestar surgió la iniciativa ciudadana que solicita modificar la fecha. La petición «Día de Tenerife, sí. NO a celebrarlo el 2 de febrero» deja algo muy claro: no reclama eliminar el Día de Tenerife. Pide elegir otra jornada para que ambas celebraciones dispongan de su propio espacio.

Es también la posición que hemos defendido desde este blog. Ya analizamos anteriormente por qué el 2 de febrero tenía un significado propio antes de la decisión del Cabildo y, posteriormente, respaldamos la petición ciudadana para proteger la memoria de Candelaria y trasladar el Día de Tenerife a otra fecha.

Hoy quiero ir un poco más allá. No se trata únicamente de ganar una discusión, ni siquiera de conseguir que una administración reconozca que pudo equivocarse. Se trata de que entendamos qué estamos protegiendo.

La petición ciudadana actualmente abierta ofrece a quienes comparten esa preocupación una manera de expresarlo. Su propio planteamiento insiste en algo fundamental: Tenerife merece tener un día propio, pero puede celebrarlo en otra fecha.

Escuchar también es cuidar Tenerife: Abuelos, padres e hija compartiendo fotografías antiguas juntos.

Cambiar de opinión también es gobernar

En política existe una extraña tendencia a considerar cualquier rectificación como una derrota. No debería ser así. Escuchar, revisar una decisión y corregirla cuando genera un conflicto innecesario debería entenderse como una demostración de madurez institucional.

No estamos hablando de derribar una infraestructura construida ni de revertir una política pública después de invertir millones de euros. Estamos hablando de un calendario.

Tenerife puede conservar perfectamente su Día de Tenerife y puede hacerlo incluso mejor. Puede buscar una fecha capaz de explicar algo propio de la isla, construir alrededor de ella un relato compartido y convertirla poco a poco en una tradición nueva sin necesidad de superponerla sobre ninguna anterior.

Hacerlo no significaría que nadie hubiera ganado ni perdido. Ganaría Tenerife.

Algún día alguien volverá a preguntar

Dentro de cincuenta años quizás una niña pregunte a su abuelo por qué el Día de Tenerife se celebra el 2 de febrero. Ese abuelo tendrá que contarle que mucho antes de existir aquella celebración ese era ya el día de la Virgen de Candelaria y su memoria.

Quizá la niña formule entonces la pregunta que resume todo este debate: ¿y por qué eligieron precisamente ese día?

Es difícil encontrar una respuesta verdaderamente convincente. Por eso todavía estamos a tiempo de construir otra.

Podríamos contarle que Tenerife quiso tener una fecha propia, que hubo una discusión, que muchas personas pidieron respetar el significado anterior del 2 de febrero, que las instituciones escucharon y que finalmente se encontró otro día en el que todos pudieran reconocerse sin necesidad de desplazar simbólicamente nada de lo que habíamos heredado.

Sería una historia bastante más hermosa.

Porque la memoria de Candelaria no pertenece exclusivamente a una institución, a una Iglesia, a un partido político ni siquiera a una generación. Pertenece a quienes creen y a quienes simplemente recuerdan, a quienes todavía peregrinan y a quienes dejaron de hacerlo hace décadas, a quienes tienen una fotografía antigua de sus padres en aquella plaza, a quienes encendieron una vela y a quienes acompañaron sin rezar.

También pertenece a quienes descubrieron mucho más tarde que algunos recuerdos de la infancia permanecen dentro de nosotros aunque cambien nuestras convicciones.

Un pueblo necesita futuro, pero también necesita saber de dónde viene. Y quizá respetar el 2 de febrero consista simplemente en eso: dejar un pequeño espacio en el calendario para que quienes ya no están puedan seguir acompañándonos.

Firma y comparte la petición: Día de Tenerife, sí; pero en otra fecha.

Para más información visita la web: 2defebrero.es

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