Menor afluencia en Candelaria: cuando las circunstancias alteran una tradición
Quien haya estado otros años en Candelaria durante la noche del 14 de agosto o la mañana del día 15 seguramente percibió algo diferente esta vez. Había peregrinos, devoción, encuentros familiares y todos los ingredientes de una celebración profundamente arraigada en Canarias. Pero faltaba parte de aquella marea humana que tradicionalmente convierte durante unas horas las carreteras, caminos y accesos a la Villa Mariana en una inmensa peregrinación colectiva.
No es solo una impresión. La información publicada durante la propia jornada habló expresamente de una menor afluencia en Candelaria, aunque a primera hora de este 16 de agosto todavía no he encontrado un balance oficial definitivo que permita establecer con rigor cuántas personas acudieron finalmente y cuánto descendió la asistencia respecto a otros años. Cadena SER relacionó directamente esa menor presencia con las restricciones que afectaron a los senderos forestales.
Conviene empezar precisamente por ahí, porque sería demasiado fácil construir sobre las imágenes del sábado una conclusión precipitada: que Candelaria pierde fuerza, que la tradición envejece o que los canarios ya no peregrinan como antes. Puede que existan transformaciones sociales que merezca la pena estudiar, pero lo ocurrido este 15 de agosto no permite demostrar ninguna de esas cosas.
Lo que sí permite comprobar es algo mucho más concreto: cuando las condiciones normales de una peregrinación masiva se modifican durante las horas inmediatamente anteriores a su celebración, la asistencia también cambia.

Los peregrinos tomaron su decisión antes de que terminaran las restricciones
Existe un dato fundamental para comprender lo sucedido. El Cabildo de Tenerife había restringido preventivamente desde la tarde del 13 de agosto el tránsito por numerosos senderos y pistas forestales tradicionalmente utilizados para llegar hasta Candelaria. No se prohibió toda peregrinación: quedaron disponibles alternativas como el Camino Viejo de Candelaria y determinados recorridos por carretera. Pero buena parte de las rutas utilizadas por quienes parten desde municipios del norte y desde diferentes zonas de medianías quedó afectada. El Cabildo justificó la decisión por el elevado riesgo de incendio forestal y la concentración de personas prevista en esos espacios.
La alerta por riesgo de incendios en Tenerife finalizó oficialmente a las 08:00 horas del sábado 15 de agosto, momento a partir del cual pudieron levantarse aquellas restricciones. Así lo comunicó la Dirección General de Emergencias del Gobierno de Canarias.
Administrativamente puede decirse, por tanto, que el día 15 los senderos volvieron a estar disponibles. Sociológicamente, sin embargo, esa afirmación explica muy poco.
La gran afluencia a Candelaria se produce fundamentalmente durante el día 14 y, sobre todo, durante su tarde y su noche. El propio Ayuntamiento de Candelaria define los días 13 y 14 como el periodo fundamental de este movimiento masivo a pie. Cuando los caminos se reabrieron a las ocho de la mañana, miles de potenciales peregrinos habían tomado su decisión muchas horas antes.
Una caminata que puede suponer decenas de kilómetros no se improvisa después del desayuno. Se acuerda con familiares y amigos, se prepara el calzado, se organiza el agua y la comida, se decide el punto de salida y, en muchos casos, se planifica también cómo regresar.
Quien el jueves o el viernes entendió que su recorrido habitual no podía realizarse probablemente canceló. La reapertura del sábado por la mañana no podía recuperar automáticamente esas decisiones.
El efecto de un mensaje preventivo que era necesario
A esto se añadió otro factor menos visible pero probablemente muy importante. Durante los días anteriores a la fiesta, las informaciones estuvieron inevitablemente dominadas por el calor, el riesgo de incendios, el cierre de caminos y las recomendaciones sanitarias.
No hay nada que reprochar en ello. Las administraciones tienen la obligación de anteponer la seguridad de las personas y la protección del monte a cualquier celebración, por importante que esta sea. Si existe un riesgo significativo de incendio, cerrar un sendero puede ser exactamente lo que debe hacerse.
La Consejería de Sanidad recomendó además a los peregrinos hidratarse frecuentemente, protegerse del sol, utilizar ropa y calzado adecuados, descansar y evitar realizar la caminata cuando determinadas enfermedades pudieran agravarse con el esfuerzo. Las recomendaciones fueron difundidas expresamente en vísperas de la peregrinación.
Todo eso era responsable. Pero también produce un efecto perfectamente comprensible.
Una persona joven y acostumbrada a caminar puede decidir cambiar su itinerario. Una persona mayor, alguien con problemas de salud o una familia que pensaba acudir con niños puede decidir simplemente quedarse en casa. Entre la tradición y una sucesión de mensajes sobre calor, incendios, senderos cerrados y precauciones sanitarias, una parte de la población elegirá la prudencia.
La afluencia en Candelaria no puede analizarse ignorando ese contexto.
No hubo una suspensión total, pero tampoco una peregrinación normal
Aquí conviene evitar los dos extremos. No sería correcto afirmar que se impidió peregrinar a Candelaria. Miles de personas caminaron hasta la Villa Mariana y existieron rutas alternativas. Tampoco hubo, según las primeras informaciones, incidencias graves que empañaran la jornada.
Pero tampoco puede describirse 2026 como un año normal y después comparar mecánicamente sus cifras con las de una peregrinación sin restricciones.
TITSA había preparado incluso un refuerzo de 20.000 plazas adicionales para facilitar los desplazamientos, mientras que la línea especial desde Izaña quedó suspendida precisamente por las restricciones de acceso. Esa combinación refleja bien lo ocurrido: se preparó un gran dispositivo para una celebración multitudinaria, pero simultáneamente las circunstancias meteorológicas obligaron a limitar algunos de sus accesos tradicionales.
Por eso, cuando conozcamos la cifra definitiva, habrá que manejarla con bastante más cuidado que un simple «fueron menos».
La pregunta interesante será: ¿cuántos menos y por qué?

¿Está decayendo la tradición? No tenemos elementos para afirmarlo
Existe naturalmente una transformación de las costumbres religiosas y sociales. Sería absurdo negarlo. Las generaciones actuales no viven la religión de la misma manera que sus abuelos y una parte considerable de la sociedad canaria mantiene una relación mucho más secularizada con las celebraciones tradicionales.
Pero Candelaria nunca ha sido exclusivamente una estadística de práctica religiosa.
Hay quien camina por fe, quien lo hace por una promesa, quien acompaña a su familia, quien repite una costumbre que comenzó con sus padres y quien simplemente participa de una tradición cultural que siente como propia sin necesidad de considerarse creyente.
Precisamente por eso he defendido en este blog que la memoria de Candelaria desborda el ámbito estrictamente religioso. Una tradición puede cambiar y seguir viva. Puede perder parte de su componente confesional y conservar una enorme capacidad para reunir generaciones, recuerdos e identidad colectiva.
Para sostener que existe un declive real en la afluencia a Candelaria necesitaríamos una serie de años comparables: mismos accesos, ausencia de alertas excepcionales, condiciones meteorológicas semejantes y cifras fiables de peregrinos y visitantes.
No disponemos de eso. Al contrario, las restricciones relacionadas con el riesgo de incendios se han repetido en los últimos años, incluido 2025.
Convertir, por tanto, la menor afluencia en Candelaria de este sábado en una prueba de pérdida de arraigo sería confundir una impresión con una evidencia.
El cambio climático está en la ecuación, pero no explica por sí solo lo ocurrido ayer
Hay además una cuestión que debemos abordar sin exageraciones pero tampoco mirando hacia otro lado.
No puede afirmarse científicamente que el cambio climático haya causado directamente que el 15 de agosto de 2026 acudieran menos peregrinos. El razonamiento sería demasiado simple: un episodio concreto depende de múltiples factores meteorológicos, administrativos y sociales.
Pero tampoco debemos ignorar el problema de fondo. La ciencia climática establece con claridad que el calentamiento antropogénico está aumentando la intensidad y frecuencia de los episodios de calor extremo en muchas regiones, y el Mediterráneo figura entre las zonas especialmente vulnerables. El IPCC ha documentado el incremento de las olas de calor asociado al cambio climático en la región mediterránea.
Cuando una peregrinación masiva atraviesa espacios forestales en pleno mes de agosto, esa realidad obliga inevitablemente a introducir la adaptación climática dentro de su planificación.
Eso es precisamente lo que analizamos ayer en «Peregrinación en febrero: Candelaria ante el cambio climático», al abordar el debate abierto sobre la posibilidad de potenciar también las caminatas durante el mes de febrero. La discusión es legítima y probablemente inevitable.
Pero una cosa es estudiar cómo proteger una tradición frente a un clima que está cambiando y otra muy diferente utilizar la baja asistencia de un año condicionado por restricciones como demostración de que agosto ha dejado de funcionar.
El viento terminó completando una jornada anómala
La meteorología introdujo todavía otro elemento durante el propio día 15. El fuerte viento obligó a suspender la procesión de la Virgen prevista después de la eucaristía solemne. La imagen llegó únicamente hasta el pórtico de la Basílica y el recorrido previsto por las calles no pudo realizarse por razones de seguridad, según informó Radio Televisión Canaria.
Naturalmente, aquello no explica que durante la noche anterior hubieran acudido menos caminantes. Sería cronológicamente imposible.
Sí confirma, sin embargo, que estamos valorando una edición de las fiestas en la que las condiciones meteorológicas interfirieron en varios momentos y de distintas maneras.
Ese contexto importa cuando dentro de unos meses alguien mire una tabla y compare simplemente 2025 con 2026.

Cuidado con convertir una circunstancia en argumento
La alcaldesa de Candelaria, Mari Brito, ha precisado después de las primeras informaciones que su propuesta no consiste en eliminar la peregrinación de agosto. Al contrario, la considera «inamovible» y plantea impulsar una segunda peregrinación en febrero, cuando previsiblemente las condiciones para caminar por el monte son más favorables. El propio Ayuntamiento de Candelaria ha anunciado que trabajará sobre la posibilidad de dos peregrinaciones anuales.
Esa propuesta merece su propio debate. Y deberá hacerse atendiendo a la seguridad, al cambio climático, a la historia de las celebraciones y también al significado específico que ya posee el 2 de febrero.
Pero convendría no mezclar argumentos.
La afluencia en Candelaria de este 15 de agosto no demuestra que febrero necesite sustituir, complementar o competir con agosto. Demuestra algo mucho más sencillo: una peregrinación cambia cuando se cierran algunas de sus principales rutas, cuando las personas reciben durante varios días advertencias de riesgo y cuando la decisión de no salir se adopta antes de que desaparezca oficialmente la alerta.
Antes de diagnosticar una decadencia, esperemos los datos
Cuando el Ayuntamiento, los servicios de seguridad o TITSA faciliten los balances definitivos será posible afinar este análisis. Sería especialmente útil conocer no solo el número estimado de asistentes, sino también los viajeros transportados, los accesos utilizados y la evolución respecto a años anteriores.
Entonces podremos empezar a distinguir entre una reducción coyuntural y una transformación social más profunda.
Hasta ese momento, prudencia.
Candelaria no necesita que exageremos su fortaleza ni que anunciemos apresuradamente su decadencia. Necesita algo bastante más respetuoso: comprender cómo está cambiando una tradición que pertenece a muchas generaciones y encontrar la manera de preservarla sin poner en riesgo a las personas ni al territorio.
Porque lo ocurrido el 15 de agosto puede acabar dejando una enseñanza mucho más interesante que una cifra de asistentes. Las tradiciones no viven aisladas de la realidad. Se adaptan al clima, a la sociedad y a las circunstancias de cada época.
Pero adaptarse no significa olvidar de dónde vienen ni aprovechar una dificultad puntual para reescribir apresuradamente su significado.
Eso también forma parte de cuidar Candelaria.



















